afondo - Aníbal Fernández Aníbal Fernández
sábado 30 de abril de 2016

El show del adjetivo y de la grandilocuencia

El palabrerío y el decir rimbombante es una forma de esconder la realidad. Por qué ahora se dice "personas en situación de calle".

Hay una tendencia a complicar con palabrerío las cosas simples. A "optimizar" en lugar de mejorar o a "recepcionar" en cambio de recibir.
Existe un sector del periodismo que tiende a caer en esas redes del hablar alambicado o tecnicista en lugar de expresarse como lo hace la mayoría de la gente. Esto es, con un decir correcto, sobrio, promedio.
En Mendoza uno de los ejemplos más recientes es eso de llamar "personas en situación de calle" a los sin techo.
Es un giro tan rebuscado que también podría llegar a considerarse falso. Es decir, una forma de esconder la realidad.
La palabra tontamente florida no mejora la realidad ni la nivela hacia arriba.
Si yo salgo a caminar por la calle Colón y luego doblo por San Martín, ¿estoy "en situación de calle"?
¿Los gremialistas que ayer protestaban en el centro son personas "en situación de calle"?

Aquellas vice

Es lo que suele llamarse "el síndrome de la vicedirectora" –no porque se pretenda menospreciar a nadie–, sino porque antes en las escuelas primarias a muchas de las vice les gustaba dar discursos rimbombantes para no ser menos que la señorita directora.
Desde hace unos años y bajo el respetable propósito de no discriminar se ha caído en exageraciones. Así es como ciego es hoy una mala palabra, igual que sordo.
Lo que antes se decía con una palabra hoy requiere de seis u ocho.

En capilla

El periodismo siempre ha tenido como objetivo conectar con el habla de la gente y al mismo tiempo con los saberes de la lengua.
Por eso es triste ver la facilidad con que a veces la prensa se deja ganar por los tecnicismos de capillas o de grupos.
Incluso, le diría que cuando estos últimos puedan tener algo de razón, siempre hay que tratar de sopesar cómo toman eso los lectores u oyentes.

Ese lugar

Ejemplo: en Mendoza el Frank Romero Day siempre fue "el anfiteatro", sobre todo desde que se empezó a usar de manera fija para la Fiesta de la Vendimia, en los '60.
Fíjese, lector, que el anfiteatro se inauguró en diciembre de 1950 con el Canto de San Martín, con Perón y Evita en la platea, y los diarios de esa época designaban al lugar como teatro griego, pero ese término nunca prendió en la gente. El público lo designó anfiteatro.
Durante 60 años los mendocinos le dijimos así y éramos felices con él.
Ese edén se echó a perder hace algún tiempo, cuando algún vivaracho redescubrió que técnicamente no es un anfiteatro (propio de la cultura romana), sino que sigue las líneas de un teatro griego.
Enceguecidos por el relumbrón, primero los locutores y después muchos periodistas, empezaron a hablar y a escribir sobre el teatro griego.
Felizmente sin suerte porque los hablantes mendocinos no les dieron bolilla. Y cada marzo siguen yendo "al anfiteatro".

El maestro

Con otro ejemplo, Borges explica de manera magistral parte de esto que estamos analizando.
El Martín Fierro –dice– es la obra de un intelectual con mucha preparación: José Hernández. Sin embargo, en ese texto el que relata toda la historia es un gaucho, que habla y piensa como gaucho.
En cambio, dice Borges, los payadores u otros vates populares menos formados que Hernández hacen hablar a los gauchos como gente culta o de ciudad porque creen que así le suben el nivel a sus decires.

Adjetivo superstar

La verba florida en el acto escolar es una costumbre y se soporta.
Pero el show del adjetivo y de la grandilocuencia en periodismo, actividad que pide concisión, rigor y verdad, es insoportable.
Cuando yo era alumno y nos hacían participar en los actos escolares, los discursos de las maestras solían ser una antología de ampulosas frases hechas, que no llamaban la atención de ningún alumno.
Hasta que aparecía una de esas señoritas más preparadas y, como cultura también es posibilidad de un mejor acceso a la sensatez, entonces nos hablaba de los próceres como gente de carne y hueso, y nos contaba lo que aquellos hombres significaban para el país con palabras sencillas, pero potentes.
Esas pocas maestras son a las que sigo recordando.

Miente, miente

Esto mismo es lo que soportamos a diario en la política.
Por lo general, una montaña de palabras para esconder la realidad.
Los 12 años de kirchnerismo han sido un muestrario de cómo usar las palabras para confundir y para decir cosas distintas a las que la realidad insistía en imponer.
Discursos de tres horas de la ex presidenta para edificar un relato que la realidad desmontaba palmo a palmo. Y catedráticos como Kicillof que escondían las cifras de pobreza "para no estigmatizar a los pobres".
Ricardo Jaime, Julio De Vido, Aníbal Fernández, Cristina Elizabet Fernández, Guillermo Moreno, Axel Kicillof, Máximo Kirchner, Carlos Zannini, Carlos Kunkel, sin olvidar, claro, al extinto Néstor Kirchner que nos enseñó que "la única forma de hacer política es con plata".
"Mendoza, espíritu grande" fueron las tres palabras que eligió el ínclito Francisco Paco Pérez para definir a su gestión. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.
En realidad, el espíritu prácticamente no existió.
Sí, el despilfarro, que fue mucho y que aún lo estamos padeciendo.
Sensación de inseguridad, decía Aníbal para esconder el aumento del delito. "La izquierda te da fueros", afirmaba Néstor Kirchner blanqueando por qué se recostaba en ese sector con el que poco y nada tenía que ver.
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