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sábado 12 de marzo de 2016

El registro vital de un pueblo transformado por el neoliberalismo

Por primera vez publica en nuestro país la destacada autora boliviana Giovanna Rivero. Lo hace con su nueva novela, 98 segundos sin sombra

En la novela 98 segundos sin sombra, la escritora boliviana Giovanna Rivero, autora de culto de la narrativa latinoamericana, se pone en la voz de una impaciente adolescente para dar vida a un "registro vital", como dice, sobre la subjetividad y la transición política, social y económica en un pueblo transformado por la llegada del neoliberalismo.

Seleccionada como uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina por la Feria del Libro de Guadalajara, Rivero (Santa Cruz, Bolivia, 1972), vive en Estados Unidos desde 2007, cuando se instaló para hacer un doctorado en literatura hispanoamericana en la Universidad de Florida.
"Uno plantea el juego pero la vida planta los peones", dice sobre su permanencia impensada al norte del continente.

Con su última novela, 98 segundos sin sombra (Random House–Caballo de Troya), Rivero publica por primera vez un libro suyo en la Argentina y el círculo de "comunicación y de imaginaciones" se completa: "Desde muy niña he leído literatura argentina, de modo que siempre he tenido una conexión muy grande". Este año su libro llegará a Bolivia, espera.

Se trata de una obra escrita como diario íntimo, narrada en la voz de una adolescente en plena búsqueda de identidad, que vive en un pueblo boliviano también en plena transformación, modificado por el neoliberalismo de los años '80. "El diario era el depósito de la intimidad emotiva. Yo no sé si ahora, con la aparición de otras formas de registro vital, como Facebook, siga siendo utilizado, pero en los '80 era un depósito", sostiene Rivero.

Su autora es Genoveva, una joven iracunda, curiosa, observadora; su padre, un troskista enojado con la vida burguesa, siempre con ganas de suicidarse; su madre, una insatisfecha incomprendida, pero querible; Clara Luz, la abuela mística, llena de historias y sabiduría, a punto de morir; Inés, la amiga anoréxica, y Nacho, el hermano discapacitado: un "cactus bebé", como lo llama. "Somos una familia extraña", reconoce Genoveva, la narradora de esta historia.

"Quise mirar la familia desde los ojos de una muchacha y desde esos ojos intensos su familia es monstruosa –explica Rivero–, pero quizá si lo vemos desde la mirada adormecida del adulto, es una familia clase media típica. Lo que hice fue empatizar con la absoluta fragilidad del personaje, no conocer las coordenadas históricas, sino sentirlas; quería ser fiel a la voz de esta muchacha a su sensibilidad".

Por eso no es una narrativa que revisa el pasado, es una narrativa que explora otra sensibilidad, como dice la escritora, y para lograrlo se despojó de todo lo que biográficamente conocía. A la novela la comenzó hace mucho tiempo y recién en 2012 encontró el tono: "Para mí, es afectivo decidir con qué voz vas a narrar", apunta.

Tal vez por eso y por la clave en diario personal en la que transita la novela, Rivero confía que más que elementos autobiográficos lo que alimenta a esta trama situada en un pueblo boliviano son "biografemas" como prefiere llamar a esos rasgos "no súper precisos". Ella, nacida en Montero, también un sitio golpeado por la llegada del neoliberalismo, prefiere "la vitalidad" como criterio en vez de la verosimilitud.

"Lo que busqué –se explaya Rivero, reconocida con el Premio de Literatura de Santa Cruz en 1996– es recrear un momento en un lugar específico de Bolivia, cuando sucede la llegada brutal de otra forma de vida, de otro ethos. Esta coalición de ethos es lo que me interesaba mostrar, una coalición que puede tener su equivalente con otras sociedades latinoamericanas, no necesariamente boliviana".

Se refiere al desembarco del modelo neoliberal de este lado del Atlántico, "una época bisagra –define– entre ideologías que se sostenían por las utopías de izquierda y esta propuesta arrasadora con otros cánones de consumo, belleza, arte, formas de vida".

Por esos años aplastantes y achatados transita Genoveva, la voz protagonista de la novela, que al igual que el contexto político y económico vacila en cuál camino tomar.

"Es una dialéctica", subraya Rivero. De ahí la elección de una adolescente, edad bisagra si las hay: "Está atravesado no sólo por las dialécticas políticas que le toca vivir, sino por todas las dialécticas que supone la adolescencia, cómo se define uno en cuanto a género, qué es lo que vas a llevarte de la casa para tu vida, qué es lo que no querés como herencia. El personaje está parado ahí, en un cruce de siete caminos".

El grito desaforado, la bronca acumulada, la angustia, los instantes más felices, el enojo ensordecido, el llanto a borbotones, "no son berrinches –dice sobre su protagonista– es la subjetividad de definirse como persona en un cruce histórico. Todo el que se define pasa por un dolor, no sólo el no definirse duele y uno se define por lo que es y lo que no es".

Es que 98 segundos sin sombra juega desde el título con la impaciencia de la juventud, "con medir la vida desde el instante", en oposición a "la temporalidad tan pesada de las ideologías y de la historia: el instante es mucho más utópico que todo un proceso histórico, Genoveva es esa fuerza utópica del instante", resume Rivero.
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