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domingo 12 de junio de 2016

"El error más común es confundir felicidad con alegría"

"No dejamos a los otros, ni nos dejamos a nosotros mismos vivir al ritmo que cada uno necesita las etapas del duelo y el dolor", sostuvo Pilar Sordo.

El teléfono llama y una alegre tonada chilena se escucha en el auricular, desde el otro lado de la cordillera. Después de solucionar algunos problemas con la diferencia horaria –de apenas una hora, pero que requiere una cierta cantidad de arreglos y definiciones operativas– por fin Pilar Sordo cuenta en qué consistirá su visita a Mendoza, que por cierto, se repetirá en octubre.

La conferencia, para la que ya se agotaron las entradas, será mañana y el martes en un hotel 5 estrellas y tiene como eje temático un estudio producido por la psicóloga chilena sobre la felicidad.

Para ella, ser feliz es una decisión, una construcción y no un estado que nos asalta porque sí, como un golpe de suerte. Por lo tanto, es una actitud que lleva tiempo y esfuerzo y convive, ciertamente, con otros sentimientos que no tienen "tan buena prensa".

Una decisión
Pilar es clara al referirse a este tema. "La felicidad es una decisión que se toma conviviendo con los problemas. Por supuesto que se requiere de ciertos ingredientes. Uno de los más importantes es el de ser agradecidos, y darnos la posibilidad de centrarnos en lo que tenemos y no en lo que me falta. Otro de los ingredientes principales para esto es el sentido del humor, es lo que nos salva, hay que tomar estos componentes, apropiarnos de ellos y hacernos cargo cada día de trabajarlos".

En este que parece ser un camino a recorrer, y no un regalo que alguien pone en nuestras manos y que sólo hay que abrir, la psicóloga hace una diferencia entre conceptos que no conviene entremezclar. "Uno de los grandes errores es confundir la felicidad con la alegría, entretenimiento; tendemos a creer que la vida debe ser eso, divertirnos todo el tiempo, esto se lo enseñamos a nuestros hijos y ahí es cuando cometemos este error. Podemos ser felices en el duelo, mientras estamos tristes y llorando, porque la felicidad es más bien un estado de plenitud".

La profesional y exitosa escritora deja caer una palabra sobre la que la conversación da vueltas y vuelve: el duelo, sin que este sea equivalente a muerte física. A veces se trata del final de una relación, otras, de un trabajo que perdimos, o el distanciamiento con una persona querida. Hasta el hecho de mudarnos puede generar un duelo que hay que vivir en sus distintas etapas, en lugar de escaparnos de él. Resistirse equivale a permanecer en sus arenas movedizas más de la cuenta.

El punto es que, tal y como dice Pilar, el dolor molesta. Nos aleja, nos expulsa lejos de quien está sufriendo porque no sabemos qué hacer con esa persona. Entonces, tratamos de negar la situación. Lo mismo hacemos con nuestros propios procesos de dolor. "En Occidente somos bien negadores.

Tendemos a apurar a la gente que está triste para que no joda, nos molesta la risa muy fuerte, también el llanto, nos cuesta conectar con esa parte de los sentimientos. No dejamos ni nos dejamos vivir al ritmo que cada uno necesita estas etapas", dice.

El problema para la autora es que tenemos mal la definición de fortaleza: "Creemos que ser fuertes equivale a no expresarnos. Y se es fuerte cuando se puede sacar lo que sucede dentro de nosotros, cuando nos permitimos sufrir y estar felices sin que nada se interponga en esto".

Pero qué sucede cuando las personas nos quedamos estancadas en una de estas etapas del duelo. Sucede, según Sordo, que terminamos avanzando igual, pero los costos que pagamos son muy altos.

Los duelos con los niños
Si hay una situación difícil de abordar con los niños son las pérdidas. Es tanto o más doloroso para el adulto que lo acompaña que para el chico que debe pasar por la situación traumática. No es extraño que para tratar de evitar el padecimiento emocional les mintamos, o disfracemos, tergiversemos, cambiemos o expliquemos con ideas mágicas o fantásticas lo que no tiene explicación.

Para la psicóloga, estas son equivocaciones por las que se pueden pagar altísimos costos. "Con un niño es súper importante la contención afectiva, que no se le niegue la posibilidad de conversar, de manifestar lo que le está sucediendo, y sobre todo, hablarle con la verdad. Si se trata de un duelo familiar, no es bueno que se escondan los sentimientos de los demás. Si por ejemplo, la mamá siente angustia y llora, tiene que compartir esto con su hijo, porque esto lo habilita a él también a poder expresarse", asegura.

El malestar como zona de confort
Así como la felicidad es una decisión, vivir en la angustia también lo es. Esto para la autora es la zona de confort. Sucede que en nuestra cultura, ser feliz, estar bien, genera culpa. Es casi como que hay que pagar algún costo por estos momentos de felicidad, explica, "la culpa es inherente a nuestra cultura judeocristiana. Para las religiones occidentales, venimos a un valle de lágrimas. Se boicotea la felicidad para tener un enemigo al frente, que mitigue ese sentimiento de culpa, y si no existe, lo buscamos".

Lo cierto es que la cultura occidental ha ido cambiando esto, de a poco. "Sin embargo, seguimos asociando a una persona de mal genio con una persona seria, creíble, confiable, sólida y madura. Que tiene verdaderas preocupaciones. Mientras que alguien que anda por ahí cagado de la risa es un peligro. Hay que retarlo, pedirle que de una buena vez madure. Lo consideramos liviano y de poco contenido". La conclusión es que vivimos casi en un estado de insatisfacción permanente, del que ya no queremos salir porque el afuera de ese sentimiento nos da desconfianza. Es tranquilizador, porque es más cotidiano, sentirse molesto y disgustado casi todo el tiempo.

"La felicidad –recalca– es una decisión de vida, y como tal, da trabajo, cuesta. Hay que esforzarse. Y esto nos genera una demanda que no siempre estamos dispuestos a encarar".

Cómo se hizo la investigación
Pilar Sordo cuenta que la investigación sobre la felicidad fue la única de sus trabajos de producción previos a la escritura de los libros que encaró al revés que las demás. Siempre, y en honor a su nacionalidad, las comienza en Chile, y luego las extrapola a los demás países de habla hispana, como una especie de validación de los resultados. Esta vez la investigación comenzó en México, y en el último país donde la realizó fue en el suyo. Antes de comenzarla, Pilar tuvo una conversación reveladora con su abuela, de 92 años por ese entonces.

La anciana miró los resultados que se habían obtenido en otros países –como Guatemala, Ecuador y Colombia, donde existen organismos públicos dedicados a bregar por el bienestar de las personas, prodigándoles algunas pautas para mejorar su estándar de vida, independientemente de su nivel social y económico– y reflexionó. "¿Por qué a las personas de tu generación no se les nota la felicidad, si tienen todo lo que a nosotros nos hubiera gustado tener?", le preguntó. La psicóloga encaró el trabajo en Chile con esta pregunta inicial, "¿por qué no se nos nota la felicidad?".

Sordo descubrió resultados interesantes en el trabajo realizado en Chile, que se extendió durante cuatro años y se llevó adelante de Arica a Punta Arenas e involucrando a ciudadanos y ciudadanas de 5 a 90 años, de tres niveles socioeconómicos diferentes.

Los resultados, expresados con el sentido del humor propio de la escritora chilena, fueron recabados en el libro que compartirá con los mendocinos.
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