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martes 24 de mayo de 2016

El Copperfield del arte moderno

Leandro Erlich, el artista porteño que el año pasado le sacó la punta al Obelisco, presentó Ascensores en arteBA 2016 y causó sensación. Charla a fondo con el amante de la ilusión óptica. "En mis obras, el truco no es lo importante".

El porteño Leandro Erlich es un mago. Su juego no es pintar, moldear o siquiera emular belleza, lo suyo es engañar o, al menos, generar dudas en el espectador sobre cómo es capaz de hacer lo que hace.

Siguiendo ese objetivo, a lo largo de su carrera creó una piscina a través de la cual se puede caminar sin mojarse (Pileta), un lago de barcos sin agua (Puerto de memorias) y, más recientemente, le sacó la punta al Obelisco y la trasladó a la puerta del MALBA (La democracia del símbolo), dejando boquiabiertos a porteños de todas las edades.

Según sus propias palabras, esa sorpresa, ese descubrimiento de algo que no era como se pensaba, no busca engañar al espectador sino despertar la sensación de que todo puede ser de otra manera.

Como artista elegido por Chandon para su exclusivo espacio dentro de la feria arteBA 2016 que concluyó ayer en Buenos Aires, el artista expuso Ascensores y causó gran recepción entre el público.

Tanto así que su obra fue la más replicada en las redes sociales durante el encuentro de arte contemporáneo.

El arte de Erlich es la ilusión óptica, haciendo uso de trucos visuales que no tienen nada de espontáneo sino que tienen varias horas de cálculos, pruebas y medidas. Para ello, ha trabajado con equipos especializados, profesores y hasta estudiantes del área de robótica de la Universidad de Tres de Febrero, de Buenos Aires.

Su trabajo, primeramente, consiste en la idea y luego sus ideas lo han consagrado en el mundo, habiendo expuesto a sus 43 años en algunas de las bienales y espacios más importantes de todo el planeta.

El creador, que vive en Uruguay con su esposa e hijos, dialogó con Diario UNO en el marco de arteBA sobre su concepción del arte, que nada tiene que ver con pinceles o arcilla.

–¿Cuál fue la motivación detrás de "Ascensores"?
–Me inspiran los espacios cotidianos y arquitectónicos a los que estamos completamente habituados, pero que no nos demandan mayores reflexiones. Sin embargo, nuestra vida pasa dentro de ellos, como es el caso del ascensor. Me interesa plantear de qué manera estos espacios cotidianos construidos por el hombre pueden en realidad ser diferentes a aquello que estamos habituados. En este caso, lo primero que provoca es una sorpresa, pero a partir de esa sorpresa, de ese extrañamiento, hay una inevitable necesidad por empezar a conocer cómo son las cosas, cómo están hechas y, finalmente, ver que esa realidad, que nosotros creíamos que era de una manera pero en realidad era de otra, nos somete a un proceso crítico. Además, la obra es accesible, porque la gente puede participar y no hace falta saber o haber estudiado para poder disfrutarla, porque es lúdica.

–¿De qué manera participa la gente en esta obra?
–La participación tiene que ver con encontrar en un espejo el reflejo no de uno, sino del otro. Es decir, cuando uno entra al ascensor, descubre que no hay espejos, por lo que en vez de encontrarse a sí mismo, se encuentra con la persona que entró al ascensor de al lado o de enfrente. Uno puede imaginar que, como decía Jorge Luis Borges, uno es el otro. Por otro lado, cada vez que veo que alguien entra a uno de los ascensores y se saca una selfie, reafirmo que la obra está generando un diálogo con nuestra contemporaneidad.

–¿Te gusta observar lo que la obra provoca en la gente o qué hacen dentro de ella?
–Francamente, no. No es que no me importe o no tenga expectativas con respecto a la recepción que la obra pueda tener, pero la obra plantea una situación en la que ya está premeditado lo que van a hacer o cómo se van a comportar. No tengo interés en verlos ni estudiarlos como si fueran un experimento. Cuando vengo a la inauguración, ya estoy pensando en el próximo proyecto.

–¿Te interesa que se descubra cómo es el truco o cómo se hizo? Como pasó en el caso de "La democracia del símbolo", en la cual interviniste el Obelisco...
–Es evidente que el truco no es lo importante, porque en poco tiempo, no puedo decir exactamente en cuántos segundos, te das cuenta de que lo que estás viendo no responde a lo que vos pensás o esperás. Eso es lo que ayuda a que uno se quiera involucrar con la experiencia. Es un aspecto hasta seductor de la obra para atraparte, pero ese aspecto también tiene una carga interpretativa, porque uno no puede evitar pensar que estos artilugios en la vida misma existen, nos rodean. El truco es un punto de partida y no el punto de llegada.

–¿También buscás que el público perciba que la realidad que los rodea no es la que ellos creen?
–Lo más jodido de la realidad y lo más complejo de ella es hacernos creer que es una situación confinada, que está atada a un orden social o a lo ineludible.

"Me inspiran los espacios cotidianos, los espacios arquitectónicos a los que estamos completamente habituados, pero que no nos demandan mayores reflexiones"

"Cuando una obra provoca sorpresa, ese extrañamiento genera una inevitable necesidad por conocer cómo son las cosas y cómo están hechas"

"Lo más jodido de la realidad y lo más complejo de ella es hacernos creer que es una situación confinada, atada a un orden social o a lo ineludible"

El obelisco sin punta
La democracia del símbolo El año pasado, Leandro Erlich dejó atónitos a los porteños cuando le sacó la punta al Obelisco y la ubicó en la puerta del MALBA. El periodismo salió a buscar el truco del mago y develó la técnica que había usado mediante un drone.

obelisco-sin-punta.jpg

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