afondo - Alberto Thormann Alberto Thormann
miércoles 25 de mayo de 2016

El arte extrañará a Alberto Thormann

El artista plástico y docente mendocino era un referente de la pintura contemporánea. Falleció luego de perder la batalla contra el cáncer.

Alberto Thormann tenía 57 años y una enorme carrera como artista plástico a sus espaldas. Y un futuro igualmente grande y prometedor, a juzgar por cómo seguía creciendo el prestigio de su obra. Pero no pudo ser. Las voces tristes de sus amigos confirmaban que falleció tras varios meses de luchar contra el cáncer. Sus restos fueron inhumados este martes.

Era licenciado en Artes Plásticas y, al margen de su desarrollo como artista, se desempeñó como docente en las cátedras de Dibujo I y II en la Universidad Marcelino Champagñat, y en el dictado de cursos y talleres no sólo en Mendoza.

"Siempre fue muy generoso como docente, no se guardaba ningún secreto. Le explicaba a cada uno el camino que veía más conveniente, porque él no quería que fueran Thormann, que terminaran pintando igual que él. Quería que cada uno desarrollara su talento. No quería 'descendientes', sino que encontraran su propio lenguaje", recuerda la artista plástica Sara Rosales, quien desde hace mucho años compartía con Alberto no sólo la profesión sino además una entrañable amistad.

Ese cariño se acrecentó porque los los nietos de Sara eran compañeros de colegio de los hijos de Alberto, con lo cual la cercanía entre las familias fue creciendo, los chicos facilitaron el vínculo. "Con Alberto no puedo separar la admiración que le tenía, porque lo conozco de muy joven, Inquieto, siempre investigando, sorprendiendo. Íntimamente siempre pensaba cuánta obra le quedaba por hacer", sigue contando Sara, quien admite que le va costar mucho "aceptar que ya no está".

Más allá del arte
De Thormann sus colegas destacan que, además de su obvia pasión por el arte, también era un apasionado en la defensa de los derechos de los artistas. Por eso, estaba preocupado por lograr cambios en la ley de circulación de obras de arte –norma nacional–para agilizar los larguísimos trámites que los artistas plásticos tienen que afrontar si van a vender una obra, porque además todo se centraliza en Buenos Aires. De este tema hablaba con Daniel Rueda, galerista y su marchand, quien ayer acababa de llegar de Europa y se enteró de la noticia. Thormann era uno de los seis artistas que Rueda llevó a San Sebastián (España) para integrar una muestra que estaba en el calendario oficial de esta capital cultural.

"La obra de Alberto despertó muchísimo interés. Le traía muchos contactos de personas interesadas en su trabajo, que ahora le daré a Alejandra (Civit, su esposa). En Barcelona también había despertado un enorme interés", afirma Rueda.

El galerista también recuerda que en marzo de este año, Thormann integró la muestra colectiva Varietales argentinos, donde al ser 21 los expositores había una sola obra suya.

"Cuando me fui a Europa ya estaba reservada. A la vuelta iba a terminar todo. Fue un artista que vendió muy bien, era muy exitoso", agrega.

El año pasado tuvo la oportunidad de exponer y tener contacto con el público. Por un lado, estuvo la muestra en el centro cultural Julio Le Parc Lenguajes diversos. Y por otro, compartió una inusual experiencia con el músico Marcelo López, que presentó en el teatro Independencia las canciones de Música en tu jardín, mientras Thormann creaba en el escenario, al ritmo de los acordes, lo que éstos le iban sugiriendo.

"Nos conocíamos desde la infancia, pero pasamos muchos años sin vernos. Nos reencontramos hace 10 o 12 años y queríamos hacer algo juntos. En 2014, lo encontré en la plaza España y le dije: 'Te debo un puñado de temas. Te los dejo a ver si te sale una tapa', le dije. Me mandó un montón de trabajos y ahí le propuse que pintara con nosotros, en vivo. Cuando el sábado pasado me fui a despedir de él, pensaba que estuvimos tantos años postergándolo y finalmente se dio el año pasado. Como si fuera una antología de la despedida", dice Marcelo López, que ahora extraña más que nunca esos días en que Alberto dibujaba y él tocaba el piano en casa de su abuela, en la calle Tomba.
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