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martes 05 de abril de 2016

Dorothy, la de la lengua afilada

Nacida en Nueva Jersey en 1893, autora de cuentos y poemas y guionista de Hollywood en la posguerra, se instaló de muy joven en la ciudad de los rascacielos para convertirse en su principal cronista.

Mucho antes de que la escritora Candace Bushnell ganara fama con sus columnas sobre la vida de las féminas de Nueva York, que luego daría origen a la famosa serie de TV Sex and the city, Dorothy Parker mostraba al mundo cómo sentían, vivían y pensaban las mujeres de su época, léase principios del siglo XX.

Nacida en Nueva Jersey en 1893, autora de cuentos y poemas y guionista de Hollywood en la posguerra, se instaló de muy joven en la ciudad de los rascacielos para convertirse en su principal cronista. Tan cáustica como inteligente, aseguraba que lo primero que hacía al levantarse era lavarse los dientes y afilarse la lengua.

Por lo general, sus relatos –especialmente los de Colgando de un hilo– hacen zoom en historias mínimas de hombres y mujeres marcados por los desencuentros emocionales, el alcohol o las locuras propias de cada género.

Sutil observadora, Parker no mezquina humor negro, acidez y hasta cierta conmiseración con los protagonistas de sus historias; como si al final quisiera decirnos que todos tenemos nuestros puntos flacos y casi las mismas defensas frente a los imponderables del corazón.

El título Colgando de un hilo opera como una metáfora de la incomunicación en tiempos en que un smartphone hubiera hecho estragos. En aquellos agitados años '20, de ley seca, jazz y mafias hiperactivas, el teléfono era para Parker, mejor dicho para sus criaturas, ese puente por lo general roto entre una mujer a la que le iba la vida en un simple llamado y un hombre demasiado perdido en sí mismo.

Si bien esta colección de cuentos, publicados en famosas revistas como The New Yorker, Vanity Fair y Vogue, entre otras, no representa lo mejor de la autora, sí sirven como amable introducción al universo de esta dama que murió como vivió: en un hotel de Nueva York, acompañada por su perro y con una copa de whisky escocés en su mano. Y sí, con su lengua más afilada que nunca.
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