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sábado 05 de marzo de 2016

Demasiado preocupados por "el qué dirán on line"

La necesidad de aprobación en las redes esconde problemas de autoestima y depresión.

No son todos. Pero son muchos. Está bien, somos muchos. Queremos el like, el retuit, el corazoncito, el me gusta y que suba el número de seguidores en nuestras cuentas de cualquier red social. ¿Está bien? Creo que no.

Más del 90% de los argentinos tiene una cuenta en Facebook. En poco tiempo, Instagram acumula dos millones de usuarios en el país. Los tuiteros argentos crecieron 18% en comparación con el año pasado y, en pocos años, whatsApp pasó de ser una red casi desconocida a ser tan popular como para convertirse en la preferida de los grupos de madres de las escuelas, por poner un ejemplo.

¡Ah! Y hace poquito tiempo whatsApp estrenó la posibilidad de marcar con un corazoncito (me gusta) sus publicaciones.

En el mundo de los like sometemos a aprobación todo aquello que nos pasa cotidianamente. Ya no guardamos fotos para compartir con la parentela más cercana. Las imágenes, los estados y todo tipo de publicación son para los contactos, de quienes van a provenir sus pulgares arriba.

Para lograr esa aprobación somos capaces de tomarnos 15 minutos para sacar la foto perfecta y cool de unos simples tragos en la mesa de un bar con amigos. También nos perdemos medio recital de cualquier banda o artista y los goles de un partido de fútbol con tal de lograr la imagen que muestre lo bien que la estamos pasando (aunque en realidad nos lo estamos perdiendo). Y hay cosas peores: por ejemplo, yo vi la foto de un grupo de chicas en el cine que mostraba a sus contactos que estaban por empezar a ver 50 sombras de Grey, película espantosa si las hay.

Sin embargo, el like, el corazoncito, el retuit llegan para realimentar ese costado copado, cool, cholulo, anarquista, pacifista, político, feminista, ecologista, inteligente, ridículo, humorístico, etcétera que queremos mostrar o mostramos sin darnos cuenta. Esto ayuda a lo que se llaman tecnoadicciones.

De acuerdo con un estudio de Harvard, la aprobación virtual nos ofrece una recompensa simbólica que activa una parte del cerebro –núcleo accumbens–, en la cual se procesan sentimientos gratificantes como la comida, el sexo y ciertas drogas. Es decir, que ya no se trata de postear, sino también de recibir una especie de galletita para perros, con forma de corazón o de pulgar para arriba.

La otra cara de la moneda de este pasajero placer es cuando los likes no llegan. Peor aún, si aparecen burlas y comentarios negativos. La experiencia es de tristeza, depresión y aislamiento. Especialistas como Pablo Rossi, licenciado en psicología de la fundación Manantiales, o Laura Jurkowski, licenciada en psicología, directora de la organización Reconectarse, ya hablan de "depresión Facebook", que se profundiza cuando se miran las vidas de los demás en otros perfiles aparentemente felices, exitosos y, por supuesto, lleno de likes.

Las redes no son buenas ni malas. Depende de quiénes las usen. Un arma de fuego para practicar el deporte tiro por sí sola no hace nada. Dependerá de si la empuña un deportista o un francotirador.

Los especialistas señalan que existe una predisposición a relacionarnos de buena o mala manera con las redes sociales.

Quienes quieren imperiosamente likes, generalmente, tienen grandes problemas de autoestima y de búsqueda de aprobación, por lo que disfrazan sus fotos y muestran una vida que no es la real, dicen los que saben. "Dime de qué te jactas y te diré de qué careces", dice mi madre.

Actualmente, las consultas en los centros de adicciones por las tecnoadicciones han crecido 50%. El 70% de los pacientes son mujeres y deciden consultar cuando se sienten aisladas, tienen dificultades en el trabajo o para estudiar y reciben el reproche de sus allegados.

A todo esto hay que sumarle problemas físicos, como dolores cervicales, insomnio, dificultades visuales y dolores en los dedos por pasar horas tecleando en el smartphone.

¿Te gusta? A mí no.
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