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sábado 22 de octubre de 2016

Carolina Herrera, 35 años de aristocrática belleza

Viste a famosas pero su secreto está en seducir a fortunas anónimas

Contaba el cronista y escritor de moda Michael Gross tras pasar la Nochevieja de 1986 en casa de Carolina y Reinaldo Herrera que la deliciosa anfitriona les había sorprendido con un detalle de lo más chic: les había hecho comer 12 uvas justo antes de la medianoche. Esta anécdota resume cómo la diseñadora venezolana, cuya firma cumple 35 años, es capaz de vestir de sofisticación incluso a las 12 campanadas españolas y convertirlas en el plan más cotizado de Nueva York.

Carolina Herrera celebra sus siete lustros en la moda. Sin embargo, parece que han sido más, porque es pilar fundacional de la industria tal y como la entendemos. Que, como muchas otras divas, se quita años en un gesto coqueto. Pero no: se equiparó rápido como guardiana de las esencias de la aristocracia (un concepto que en Nueva York solo podía ser de importación) a un Valentino y a un Óscar de la Renta que tenían casi 10 años más y habían empezado más de dos décadas antes.

Había sido retratada por Andy Warhol en los setenta, era habitual en el Studio 54, trabajaba para Emilio Pucci, pero no como diseñadora sino como relaciones públicas, y era una habitual de las listas de mejor vestidas. Como escribió una vez André Leon Talley, cuando aparecía era como si las aguas del mar Rojo se abrieran. Era icono de la moda sin enfundarse un dedal. Dado que nació entre algodones en Caracas como María Carolina Josefina Pacanins y Niño y vistió con 15 años su primer Lanvin, resumió una vez: "Mi ojo está acostumbrado a ver cosas bonitas". Llegado el momento, se dio cuenta de que si tenía que encargarse de hacerlas ella misma, así sería.

Fue la icónica editora de Vogue Diana Vreeland, la misma que puso a posar con elefantes a Dovima para Richard Avedon, quien le sugirió en 1981 que hiciera su propia colección. Y así, a los 42 años, con cierto síndrome del aburrimiento adinerado, debutó con aires de vaca sagrada con un desfile en el Metropolitan Club. "Tuvimos música en directo interpretada por Cole Porter y todo Nueva York estaba allí (...) Bianca Jagger y Steve Rubell estaban. A él no le dejaron entrar por no llevar corbata, así que fue a Bergdorf Goodman, se compró una y volvió", recordaba en las páginas del New York Times.

Fue fundamental el impulso que le dio el vestido que hizo para Caroline Kennedy en 1986, pero puede decirse que, casi desde el principio, todo el mundo asumió que Carolina Herrera jugaba en la liga de los grandes. Y no hace falta decir que, pese a que su nacimiento como diseñadora compartió comadrona con el cardado y la hombrera, desde el principio se instaló en lo atemporal.

Si algo demuestran los actos de festejo de este aniversario —desde la edición de un lujoso libro editado por Rizzoli que llegará a España próximamente y presentado ya ante la crème de la crème en Nueva York, a la exposición que cierra este fin de semana en Savannah, Georgia— es que las épocas se difuminan en la evolución de la diseñado-ra. "La moda no dura. Lo que no cambia y lo que siempre voy buscando es la belleza", es el mantra de CH.

A esa búsqueda de lo bello suma un afilado olfato comercial. Tiene claro que, pese al espaldarazo que Jackie Onassis, Michelle Obama, Sarah Jessica Parker o Penélope Cruz hayan dado a sus diseños, la sostenibilidad está en seducir a las fortunas anónimas. O más aún: en aquellas mujeres que solo se atreven una vez en la vida a gastarse una cantidad inusitada en un vestido de gala y saben que la opción infalible lleva el nombre de Carolina Herrera. Luego llegaron los perfumes y su apertura al mercado masculino. Y así, en 2000 abrió su propia tienda en la calle 75 con Madison. Y es que tras la muerte de Óscar de la Renta, las retiradas de Valentino o Ralph Lauren y las salidas de las más jóvenes Diane von Fürstenberg y Donna Karan, ya solo queda ella al pie del cañón. Alguien que, a pesar de representar la élite, siguió desfilando en las carpas del Lincoln Center en la Semana de la Moda de Nueva York hasta que las desmantelaron, sin querer seguir a los demás popes que preferían encontrar sus propios espacios. A sus 77 años sabe que no quiere enrocarse en su microcosmos sino estar ojo avizor a lo que sucede en el mundo, pues otro de sus mandamientos es: "Mantén siempre los ojos bien abiertos. Es la manera de que la belleza te encuentre".

Fuente: El País
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