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miércoles 20 de julio de 2016

Amigo

Sobran los dedos de una mano para contar los amigos.

Uno de los impedimentos para fomentar y disfrutar de la amistad, es la exageración y otro, la imprecisión.

En realidad, con un poco de concentración y buena memoria, cualquiera podría contar una gran cantidad de amigos con apenas un dedo.

Ya desde la época de las escondidas, con la parte anterior del codo y el brazo nos tapábamos los ojos y solíamos contar hasta cien. El que no se escondió, se embromó, decíamos. Hoy necesitamos traducirles a los chicos cuál es el significado del término embromar, aunque no hará falta muchas explicaciones sobre sus consecuencias.

Hoy abundan los augurios, deseos, invitaciones y conceptos. Mensajes que circulan a través de soportes, sistemas y aparatos, que apenas 20 años atrás, no existían. Pero además, no imaginábamos. ¿Para qué? nos hubiésemos preguntado.

Imposible especular qué sensación nos hubiese provocado en esa época que nos dijeran: che, te saludé por whats app. O, te mandé la foto por telegram. Tampoco, aunque ahora nos suene tan natural como el bostezo, podríamos interpretar qué nos querrán manifestar si nos decían: "fíjate el emoticón que te envió tu amiga", y mucho menos si te hubiesen dicho "te etiqueté".

Paradójicamente abundan en las mismas redes sociales y en estos modernísimos sistemas, mensajes nostálgicos, que rememoran momentos fascinantes y acontecimientos cotidianos idílicos. Esos que personalmente no conocí. Fiesta a la que por alguna razón no fui invitado.

Evocan juguetes como el balero, por ejemplo. Tal vez por impericia jamás tuve la fortuna de disfrutarlo.

Los de la generación equis y los digitales se lo perdieron y trataré explicarles de qué se trata el Balero.

Formidable invención de la que no pueden gozar hoy: un artefacto que constaba de tres partes. Una semi esfera, con una perforación de diámetro poco generoso. Una cuerda atada al extremo y del otro extremo, un cabo, una especie de micrófono mudo, cuyo diámetro era apenas inferior al del orificio del objeto principal. La acción, el juego, el desafío consistía en mover la manija para que la esfera se elevara y así, en la caída, procurar incrustar ese cilindro y copular el otro objeto.

Quizá podrá encontrar en su muro la evocación más emotiva sobre aquellos momentos en los que se jugaba , por ejemplo, con autos de madera.

Sincerémonos, y no me refiero a subir los precios. En aquellos años quien osara escribir en un muro, propio o ajeno, lo menos que podría recibir era una paliza de dimensiones inolvidables. Tampoco alguien hubiese salido en defensa de la ecología señalando que se había talado un árbol para fabricar un juguete básico y absurdo. Un auto cuyas ruedas jamás cumplirían su fin, ya que eran fijas. Inmóviles.

Y escriben confesando que extrañan, más aún, añoran y ponen antiguos dibujos que ilustran divertimentos tan excitantes como el tiqui taca. Rudimentario aparato. Dos pelotas de tamaño similar a las de ping pong, material resistente y ruidoso, con sendas piolas que se unían en un vértice. La cuestión se resolvía agitando con la mano la unión de las piolas y lograr que coincidieran en su baile azaroso ambas pelotas. Con esto se conseguía producir un ruido rítmico, efímero en el mejor de los casos. Probablemente quien lo practicaba sentía placer, pero a quienes tenían sensibilidad auditiva y gusto musical, sufrían, les rompía los tímpanos, y la paciencia.

Escucho y leo que ahora la amistad está devaluada. Considero que eso obedece a un criterio similar al del capitalismo. La escasez le da valor a las cosas y a las experiencias. No coincido.

Suele ocurrir. Si una obra es muy difundida y aplaudida por muchos, se duda de su belleza y profundidad. Si un artista o intelectual goza de popularidad, se lo convierte en sospechoso.

Un juicio similar existe hoy también sobre el sentimiento. Sobre la amistad. Disiento.

Así como teníamos los amigos del colegio, los del barrio y los del club. Así como ya de grandes tenemos los del fútbol, los de los viernes, los de los asados, los del trabajo, también logramos amigos a través de la tecnología. Virtuales, si se prefiere. Pero amigos. Claro que sí. Tan virtuales como aquel amigo invisible, que en definitiva, era quizá el único que te hacía un regalo y además, quien alentaba de manera más contundente nuestra imaginación.

La precariedad de la amistad no consiste el lugar en el que nos reunimos, ni la frecuencia con que nos juntamos. En muchos momentos, un tímido gesto, una escueta respuesta, inclusive un impersonal me gusta, adquieren una gravitación impresionante.

Las categorizaciones estáticas no ayudan demasiado. Procurar medirla por intensidad, cantidad de veces que nos visitamos, importe invertido en regalos, calidad de confesiones íntimas compartidas, sólo promueve esa escasez innecesaria.

Definitivamente yo celebro la multiplicación de la amistad. En todas sus formas posibles. Y puedo ser agradecido justamente porque me sobran los dedos, los dedos y las manos que me brindan cada vez que los he necesitado.

Por los muchos amigos y por la amistad al por mayor: Salud.

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