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domingo 24 de abril de 2016

A un paso de ser destituida, la líder brasileña lucha en un inminente ocaso

La Cámara de Diputados de Brasil autorizó el impeachment que eleva a juicio político a su presidenta. La decisión ahora la tienen los senadores, cuya mayoría adelantó que propiciará su despido.

En el tablero varias piezas han avanzado y, a simple vista, algunas ya se han entrecruzado en la disputa de posiciones. Otras fueron quedando afuera. Lo que está en juego en el ajedrez brasileño no es poca cosa y, a esta altura, ya casi no depende en nada de la sagacidad y estrategia de los movimientos de sus jugadores. El rey está acorralado y es inminente un jaque mate. Esa es la posición en la cual hoy se encuentra Dilma Rousseff, la presidenta que está a un paso de su destitución, alentada por un escándalo de corrupción en torno a la empresa Petrobrás que ha salpicado su mandato y la figura de varios políticos.

Llegó a este lugar gracias a un impeachment que suscitó la aprobación de un juicio político en el Parlamento. Esta figura que está en la Constitución de Brasil permite destituir a un Presidente que haya cometido un "delito de responsabilidad".
Y si se considera que lo que han apostado sobre el tablero es el poder en el Estado, es fundamental para entender el curso que siguió esta partida y saber que los peligros a los cuales se expuso la principal figura de este país se debieron, en gran parte, a sus peones, que la desprotegieron a medida que fueron quedando comprometidos con los juzgamientos en cuestión. Como así también la participación del mismo vicepresidente Michel Temer junto al líder de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, quienes propiciaron con sus movimientos que la mandataria esté casi al borde del abismo presidencial y en quienes ella hizo recaer denuncias públicas por una presunta tentativa de golpe de Estado.
Sin embargo, fueron 367 los votantes que decidieron que la causa prosiguiera en el Senado, adonde las cuentas que ya se sacan por anticipado no están para nada a favor de Dilma que no tendría más del 10% de posibilidades de salir airosa. Es que ya estarían cantados los votos necesarios para que deje de ser la Presidenta de los brasileños, a pesar de haber sido elegida democráticamente en dos oportunidades.

Panorama complicado
Brasil atraviesa una de las peores crisis a nivel económico y político de las últimas décadas. Son varias las causas que ebullen al ras de la olla y que en cualquier momento se rebalsan, quemando no sólo a los representantes del oficialismo, sino a ex presidentes y políticos en ejercicio que, amén del partido al que representan, quieren salvar su pellejo a costa de lo que sea.
Más allá de que el principal bochorno haya sido el de los sobornos millonarios en torno a Petrobrás, la más grande de este Estado, y de las acusaciones de que la campaña de reelección presidencial en 2014 recibió dinero desviado de esta petrolera y de grandes obras públicas, el principal motivo que alienta la destitución de la Presidenta radica en lo que los brasileños llaman "pedaladas fiscales".
Lo que se denuncia es el maquillaje de las cuentas públicas y de creación de partidas presupuestarias sin autorización del Congreso. Un mecanismo usado por el Tesoro Nacional para retardar el traspaso de dinero a bancos públicos y privados y a grandes administraciones para mejorar de forma engañosa las cuentas del gobierno federal. El procedimiento equivale a un "empréstito" concedido por los bancos al Tesoro, algo prohibido por la Ley de Responsabilidad Fiscal del 2000.
Que no fueron operaciones encubiertas y que no estaban directamente bajo la responsabilidad de Rousseff, sino de algunos de sus ministros o titulares de otras instituciones, es una de las defensas que el Gobierno hace de su primera mandataria. Esta razón y la falta de una acusación que la encuentre en la postura incómoda del enriquecimiento ilícito, tan típico en muchos funcionarios públicos, es el arma que ella empuña para asegurar que el juicio político no es legal aunque el disparo ya sea en vano. "¿Impeachment sin crimen de responsabilidad qué es? Es golpe", había sentenciado la economista de 68 años, discípula de Luiz Inácio Lula da Silva, a quien sucedió en 2011 siendo la primera presidenta mujer de Brasil y que logró una reelección en 2014.
"Estoy teniendo mis sueños torturados, mis derechos torturados, pero no van a matar la esperanza. Porque sé que la democracia es siempre el lado correcto de la historia", fueron algunas de las palabras que Rousseff pudo expresar ante lo que está ocurriendo. Es que tortura y derrocamiento no son novedad en su vocabulario, ni en su trayectoria política.

Trayectoria política
Dilma dio sus primeros pasos como militante con organizaciones de orientación comunista y trotskista, y en 1967, cuando estudiaba Economía en su estado natal de Minas Gerais, se incorporó al guerrillero Comando de Liberación Nacional (Colina), que buscó derrocar a la dictadura militar. Capturada en 1970, fue torturada y permaneció en detención durante tres años. Tras ser liberada, se trasladó al estado sureño de Río Grande do Sul, donde inició una nueva carrera política en el Partido Democrático Trabalhista (PDT). Allí comenzó su carrera como funcionaria pública, primero como secretaria de Hacienda de la alcaldía de Porto Alegre, y posteriormente como secretaria estatal de Energía, Minas y Comunicaciones.
En el 2001 se incorporó al PT (Partido de los Trabajadores), fundado por Lula. "Tú vienes conmigo a Brasilia", dicen que el presidente de mayor prestigio en Brasil le dijo después de ganar en 2002 su primera elección. Cual bendición, eso dio lugar a que fuera su elegida para estar al frente del Ministerio de Minas y Energía para impulsar uno de sus principales proyectos sociales, que fue el de llevar electricidad a las localidades más remotas y empobrecidas de Brasil. En su segundo mandato iniciado en 2007, Da Silva le asignó la Secretaría General del Gobierno.
Eso llevó a que la hija de un inmigrante búlgaro y una brasileña, fuera la figura ideal para sucederlo representando al PT y que, desde un principio, lograra ser la favorita del electorado reuniendo no sólo a los seguidores de Da Silva, sino sumando adeptos por su formación académica, alejada del origen sindical de su mentor.
Sin embargo, esas son instantáneas de un paisaje adonde este país lucía en la gloria económica pero que, después del tornado político, hoy lo muestran como aquel que cerró el 2015 con el 3,8% de recesión y que tiene a su líder a punto de ser destituida con bajísimos índices de popularidad.

Los costos de un divorcio de película
Más allá del empujón que le dio Luiz Inácio Lula da Silva para que hoy Dilma Rousseff sea la presidenta de los brasileños, hubo otras alianzas con partidos ideológicamente diferentes que la aventaron al poder, sobre todo en la reelección, y que en la cartelera hollywoodense podrían venderse fácilmente como una recreación de la película Durmiendo con el enemigo. Ahí aparece la figura de Michel Temer, a quien se le hace agua la boca ante la banda presidencial que, en las mejores épocas de la coalición del PT con el Partido del Movimiento Democrático Brasileño, supo ver bien de cerca ya que fue el compañero de fórmula de Dilma, aunque sea ahora su principal opositor.
Ansioso como el suplente que se levanta del banco para calentar mientras están sacando de la cancha al jugador mal lesionado que va a remplazar, Temer ya empezó a diagramar los nombres que ocuparían las principales carteras si Brasil queda a su cargo.
Con la misma casaca está jugando Eduardo Cunha, quien presidió la decisiva e histórica votación del fin de semana pasado, y quien también está acusado por la Fiscalía de detentar cuentas millonarias en Suiza alimentadas con dinero de los sobornos de Petrobrás, junto a 50 políticos más. Su poder radicó principalmente en ser el encargado de aceptar –también pudo rechazarlas- las peticiones de impeachment y fue quien le entregó el martes pasado al titular del Senado, Renan Calheiros –también salpicado por corrupción- los 36 volúmenes y 11 anexos del proceso de juicio político con fines de destitución de la Presidenta.
Esto sucedió luego de un plenario en el cual 367 votos a favor de su aprobación fueron enunciados, en una sesión que mantuvo a toda la ciudadanía brasileña expectante y en la que se vivieron pasajes ridículos, como si sus 513 protagonistas supieran que quizás por única vez iban a tener los ojos del mundo posados en ellos. El show tuvo desde escupitajos, hasta empujones, tribunas con pancartas y una seguidilla de razones dadas al momento de la votación, centradas en Dios, la familia y la moral, pero alejados del motivo que los reunía: las maniobras fiscales.
Los últimos capítulos de esta novela continuarán mañana, cuando el Senado seleccione a los 21 miembros de la comisión especial de impeachment y posteriormente elija a un presidente y un relator, quien tendrá 10 días para elaborar un informe final a ser votado por el pleno. De ser aprobado por mayoría , la Presidenta sería suspendida por 180 días a la espera de un análisis de la denuncia de del Supremo Tribunal Federal. Si fuese aprobado por dos tercios, Rousseff sería destituida y Temer asumiría hasta el 2018.
En Brasil, zona de paradisíacas playas, hoy la arena está cayendo en un reloj, marcando el tiempo que ya en descuento pareciera quedarle a Dilma gobernando este país. Y como si la sombra de la destitución ya estuviera avanzando sobre su figura, ella aprovecha cada oportunidad antes del ocaso. "Nuestro pueblo sabrá impedir cualquier retroceso", dijo ante los miembros de la ONU hace apenas dos días, en la firma del acuerdo por el cambio climático del que participó, debiendo dejar a cargo del timón al vicepresidente, quien quiere precisamente hundirle el barco.
En el léxico portugués "fenda" es el equivalente a "grieta", esa palabra tan usada últimamente en la Argentina del desequilibrio. Nada muy lejano a lo que podría definir el panorama que vive el gigante de Sudamérica que está divido entre los que abogan por la destitución de su Presidenta y los que la defienden en nombre de la democracia. Las posturas contrapuestas se trasladan a los que miran desde hace fuera. Y no es para menos. Es una de las superpotencias emergentes más importantes a nivel mundial. La que hoy deberá buscar cómo resurgir de los escombros de la ética cuando el reloj finalmente deje de correr y a la ciudadanía no le quede más que recurrir al optimismo y espíritu festivo que los caracteriza para salir adelante y barajar de nuevo en la política.

Petrobrás, la bomba política
Que el caso de corrupción que está llevando a Dilma Rousseff al borde de la destitución esté asociado a Petrobrás no es algo menor. Esta empresa fundada en 1953 es la mayor de Brasil y la estatal más grande de Latinoamérica. Por momentos el futuro del país dependió de ella y del descubrimiento de nuevos yacimientos, como en el 2006.
Fue la Operación Lava Jato la que salpicó su prestigio cuando en marzo de 2014 se hizo pública la detención de 24 personas involucradas en una red de lavado de dinero. La Fiscalía calcula que la cantidad total desviada entre 2004 y 2012 asciende a 2.400 millones de euros (10.000 millones de reales). Aunque las cifras podrían ser más altas, lo crucial es que es el mayor escándalo de corrupción de la democracia brasileña. De los presupuestos de miles de millones de reales se desviaba sistemáticamente en sobornos un porcentaje cercano al 3% para empresarios y políticos. Los presuntos delincuentes transferían sumas elevadas de dinero al extranjero, a través de una red de más de 100 empresas 'fachada' y centenares de cuentas bancarias que despachaban millones de dólares hacia China o Hong Kong. Las compañías simulaban importaciones y exportaciones con el único propósito de recibir o mandar dinero, sin comercio alguno de productos o servicios.

Los involucrados. Tres nombres fundamentales
Dilma Rousseff: fue electa en 2010 y reelecta en 2014. Esta mandataria de 68 años estaría a cargo del país hasta 2018, si es que el impeachment no logra la mayoría de votos en el Senado. Después de su reelección se desató la recesión en Brasil y se destapó el escándalo por fraude contra la petrolera estatal Petrobrás por el cual su popularidad cayó a solo 10% de los habitantes brasileños.
Michel Temer: cuando se destapó el impeachment, Michel Temer, abogado constitucionalista y quien secunda a Rousseff en el gobierno, escribió una carta donde se quejaba de ser un "vicepresidente decorativo" y, ahora, es la primera opción para suceder a la Presidenta. A los 75 años, lleva meses coqueteando con el protagonismo. Aunque la Justicia no ha presentado cargos contra él, está señalado dentro del fraude de Petrobrás.
Eduardo Cunha: el economista evangélico de 57 años sigue en la línea de sucesión presidencial, después de Temer, aunque también está acusado de corrupción y está protegido por fueros en ser juzgado por la Corte Suprema ya que es el jefe de la Cámara de Diputados. Se habla de venganza hacia Dilma por impedir que el PT apoyara el proceso que la comisión de ética le había abierto por ocultar cuentas bancarias en Suiza.

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