Diario UNO
Miércoles, 24 de diciembre de 2008

José Scacco, el pintor de los "cielos locos"

Recrea en sus obras la mística latinoamericana, desde el Machu Picchu a la Capilla del Rosario.

  • Distendido en su taller. "Me he pasado media vida viajando", asegura José Pepe Scacco, rodeado de las pinturas que reflejan su condición de viajero incansable.

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    Fuente: diariouno

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En los atriles, los raros firmamentos de Teotihuacan y Machu Picchu conviven con los del Cañón del Atuel, el Cordón del Plata y la Capilla del Rosario. "Yo los llamo cielos locos", cuenta su artífice, el plástico mendocino José Scacco (78). "¿Usted ha visto alguna vez un cielo así en la naturaleza?", inquiere. "No, porque no existen, por eso yo los pinto para mí", dice sentado en "su" lugar en el mundo. En medio de ese raro caos creativo que suele ser el taller de un artista, que difiere de la pulcritud de los museos y donde, sin embargo, las obras se amontonan en maravillosa armonía. Se trata de un reducto del que cuesta salir, porque la mirada es capturada una y otra vez por la laboriosa belleza de cada obra, que incita a aproximarse a la tela, para que la cercanía permita seguir descubriendo cada detalle finamente trabajado, fruto de la obsesiva entrega de su creador.

–En sus obras se advierte gran laboriosidad, un afán perfeccionista que busca no dejar nada librado a la casualidad…

–Exactamente. El tiempo, el apuro, conmigo no existen. Nunca me interesó "fabricar" obras. Cada una de ellas tiene su momento, para expresar lo que veo, lo que siento. Tengo tanto tiempo para pensar mientras trabajo en silencio aquí, en mi taller, que sigo elaborando, elucubrando lo que quiero hacer. Para qué me voy a apresurar.

–Es casi una rareza que alguien por estos días asegure no dejarse llevar por la prisa…

–Para algunos con la jubilación se acaba todo, como si lo único que quedara fuera esperar la muerte y nada más. ¡No! Ahí se inicia una nueva etapa. Me siento un hombre libre. Ya no tengo la carga de la rutina diaria, como el horario de cuando era profesor. Y recién ahora me doy cuenta del peso que eso significaba. Ahora puedo pintar ocho horas diarias, o las que quiera.

–¿Qué ve cuando mira hacia delante?

– ¡Tanto! Y tengo prohibido morirme (ríe). Es una cuestión que influye en la psique. Por ejemplo, ahora planeo una muestra grande en el Espacio Contemporáneo de Arte, una retrospectiva para el 2010, cuando cumpla los 80 años. Ya tengo el aval del subsecretario de Cultura. Y sigo trabajando para eso, todos los días. No existen los domingos ni los feriados. Al contrario, en esos días seguro se me da por levantarme a las cuatro de la mañana, cruzar el patio y venir al taller, con el termo y la música. No puedo aguantarme, porque sé que algo me está esperando acá, el trabajo. Todo es obra nueva (hace un ademán hacia las pinturas) y se elabora con el alma. Después el intelecto sirve para ordenar un poco. Pero la obra es producto de esto (se lleva la mano al corazón). Quiero tratar de hacer, no voy a decir obras de arte, porque sería una irrespetuosidad, pero sí algo interesante. Por ejemplo, cielos que nunca se ven en la realidad. Dios me dio el don de manejar la materia, el color en la pintura, entonces yo me puedo pintar un “cielo loco”. Ésa es la recompensa. Si a los demás les gusta, fantástico, y si no les gusta, no importa, lo pinté para mí. Toda mi pintura está basada en sitios que existen, a donde he ido, esas maravillas que Dios puso en la naturaleza.

–No pinta al aire libre. Guarda en su interior lo que ve y luego lo plasma con su impronta en la tela…

–Sí, luego sale con mi fantasía sobre cómo me gustaría ver ese lugar. Busco "pedazos" de lugares donde he estado. Yo me he pasado media vida viajando. Conozco mucho. Eso es lo único bueno que me voy a llevar.

–Latinoamérica se "palpa" en muchas de sus pinturas, ¿cuáles son los sitios que más lo han signado?
–México. También el Machu Picchu, conocerlo era uno de mis sueños. Ecuador, adonde llegué en uno de los viajes invitado por Guayasamín, a su museo. Evidentemente hay algo raro, que no puedo explicar: ¿por qué tengo siempre esta predilección por lo americano? Cuando con (Antonio) Sarelli, (Alfredo) Ceverino, y (Ángel) Gil componíamos el grupo Alfa, hicimos exposiciones en Europa. Todos los muchachos viajaban para acompañar cada muestra. Pero yo preferí cambiar mis idas a Europa por México, y le pedía a un querido amigo radicado en Barcelona que me cuidara la obra. Soy un enamorado de América, de esos lugares, donde hay algo místico, donde hay ese misterio producido por las grandes civilizaciones que tuvimos.

–Qué bueno es poner la mirada en Latinoamérica. En Argentina muchos artistas han sido formados mirando hacia Europa, desdeñando lo americano.

–Nosotros somos producto de Europa, pero hay que mirar también lo demás. Y viajar. Uno va al museo antropológico de México y descubre esas esculturas increíbles. Me he creado una memoria fotográfica impresionante y es como si en este momento estuviera viendo esas cabezas hechas en obsidiana negra: ¡qué trabajo escultórico! ¡Y tiene dos mil años!, o los mantos trabajados con las plumas del quetzal.

–Usted tiene una sintonía con lo místico…

–No sé si es tan así. Aunque por ahí veo obras que he hecho y me pregunto cómo las hice, por qué las hice, y lo único que digo es: "gracias, Tata Dios". Me aferro a algo. En octubre fuimos con mi señora, que siempre me acompaña, a la Laguna del Rosario. A la capilla, que le dicen "la Catedral del desierto". Cuando llegué hice esa obra, donde está lo místico. (Muestra una tela que recrea la capilla del Rosario y que proyecta hacia el firmamento una catedral de finas líneas).

–¿Cuándo, cómo, descubrió este amor?

–Desde que tuve conocimiento. Desde muy pequeño dibujaba en los pizarrones de la escuela Urquiza, en Maipú. Tengo tan grabada la cajita de zapatos con tizas de colores que me daba la directora. "Tomá, Josecito", me decía, y yo pintaba el Cabildo, la Casa de Tucumán…

–Sus primeros murales…

–Sí. Las mejores notas las tenía en dibujo y más tarde también en Historia. Leía sobre las batallas y cuando pasaba a dar la lección las dibujaba en el pizarrón. Para mí la pintura es devoción, siento un respeto tan grande por el arte, que es mi gran amor. Gracias a la pintura soy como soy.

–¿Y cómo es Pepe Scacco?

–Un poco soñador. Un poco no, bastante. Todavía creo en un montón de cosas y hay muchas otras que no me gustan. Quisiera que todo se repartiera mejor en este mundo.

Alejado de todo "ismo"


"Está el surrealismo, el posimpresionismo, el minimalismo, tantos ismos… Los críticos especializados en arte, que por lo general son los que ubican a los artistas en un determinado movimiento, no han sido unánimes con respecto a mí. En Europa uno decía que lo mío era realismo mágico; otro que era una pintura onírica; en Buenos Aires, que era cósmica y aquí en Mendoza, que hago un paisaje metafísico". Ante la pregunta ¿Y qué dice usted?, Scacco responde: "Nada, yo sólo pinto lo que mi alma me dice".

Vocación: "En la Escuela de Bellas Artes hice las dos carreras: la de dibujo técnico y la artística. Mi padre, que era siciliano, no quería que fuera artista, decía que si estaba loco, que me iba a morir de hambre. No quería ni que estudiara, sino que fuera peluquero, igual que él. Y mi madre se puso firme: "Él va a estudiar", le dijo. Primero me recibí de maestro mayor de obras, pero nunca me gustó. Después, a los 27 años, ya con hijos, volví a estudiar arte, que era lo que tenía pendiente en la vida".

Notables revoltosos: (Los artistas plásticos) Daniel Ciancio y Osvaldo Chiavazza fueron alumnos míos. Hasta hoy nos encontramos y Ciancio me pregunta: "Pepe, me quedó la duda, ¿me hubieras dado la piña?". Y yo le digo: "mejor dejalo ahí". Es una anécdota que tenemos: un día voy entrando al curso, en el segundo piso, y en uno de esos ventanales amplios de Bellas Artes veo a Ciancio con la mitad del cuerpo hacia el vacío y Chiavazza sosteniéndolo por los pies. Se les había quedado una mochila enganchada del otro lado de la ventana. ¡Los dos eran unos mocosos! y los reté muchísimo", narra risueño el profesor, ya retirado de las aulas.

Sublimar el sufrimiento: "Este cuadro es producto de un momento de gran dolor. No podía dormir y entonces lo elucubré. Es el más raro que he hecho. Fue después que el médico salió del quirófano y me dijo que mi hermana más chica tenía una enfermedad terminal", relata José mientras enseña una obra con intensos azules y violáceos.

Amistad: "Con Antonio (Sarelli) y Ángel (Gil) hace 45 años que andamos juntos", cuenta.

Raíces: "Soy un mendocino apasionado. Tuve ofertas para irme a Buenos Aires. Y cuando me negué, me preguntaron: ¡¿por qué?!, con sorpresa. Es que el día que yo no vea un cerro me muero de angustia y no pinto nunca más".

Sensibilidad: "Trato de reflejar la magia de cada lugar, con respeto por la creación de Dios. Porque antes he llorado frente las Cataratas del Iguazú o el Perito Moreno. Emocionalmente soy un desastre", ríe.

Personal


Edad: 78 años

Lugar de nacimiento: Maipú.

Fecha de cumpleaños: 5 de julio.

Estudios: egresado de la Escuela Superior de Bellas Artes.

Estado civil: casado en segundas nupcias, hace 10 años, con la catalana Margarita Camarasa (52). "La conocí en un viaje al Cañón del Atuel. Ése cuadro es suyo, lo hice para ella", dice José y señala una de sus obras que reinventa el paisaje del encuentro. "A mi señora también le gusta pintar", cuenta.

Hijos: Sergio (55), Omar (52), Sandra (45).

Nietos: nueve.

Actividad: reúne más de 100 exposiciones colectivas y 30 individuales en Argentina y el exterior. Muchas de sus obras se encuentran en museos, salas de arte y colecciones privadas de Argentina, España, Chile, Ecuador, México, Estados Unidos, Alemania, Israel, Uruguay y Brasil, entre otros.

Docencia: "Enseñé 31 años en la Escuela Provincial de Bellas Artes", expresa.

Plato preferido: "Esta pancita tiene prosapia, historial. Yo soy un chef de entre casa. Cocino de todo, me encanta. Tengo macetas con tomillo, albahaca, orégano… No hay recetas, cocinar es como pintar. A mis amigos, no sé si es porque comen gratis, pero les gusta", ríe".

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