A Fondo
Domingo, 19 de febrero de 2012Es el ejemplo de los de arriba...
Mendoza carece de una ejemplaridad de su dirigencia que inunde a la sociedad. Tanto el poder político como la Justicia piensan sólo en ellos.
Jaime Correas
jcorreas@arlink.net.ar
En estos últimos días, en medio del inicio de las paritarias para todos los sectores, estalló el escándalo de los legisladores nacionales que se autovotaron la duplicación de las dietas. Con alguna falta de timing político, el gobernador Pérez puso el tema de su propio salario y el de los altos funcionarios en medio de este insano debate. La carencia de oportunidad no es porque el gobernador esté equivocado en lo que dijo –todo lo contrario, tiene razón plena–, sino porque su verdad en este momento se enfanga en medio de una pelea que reúne todas las falacias e hipocresías habidas y por haber. Por su investidura, el primer mandatario debería haber evitado el ingenio verbal del “mendocinismo que tiene más de cinismo que de mendo”. Hasta que deje el Sillón de San Martín, Pérez es conductor del cinismo y del mendo, ¿o él cree que fue elegido sólo por una de las dos caras de esta moneda? ¿Tiene claro por cuál?
El fondo de este debate de los sueldos es que se decide por la investidura y se paga a las personas. Se analiza por el lado de lo que debería ganar un diputado o senador, es decir, alguien que tiene entre manos temas vitales para el conjunto de la población, y se le termina pagando a un conjunto de personas que, salvo honrosas excepciones, no deberían haber llegado a esos lugares si es allí donde se deciden cosas básicas para la sociedad.
La Nación, en general, y Mendoza, en particular, han tenido parlamentarios de gran nivel y hoy, otra vez, con raras excepciones, es difícil hallar uno que no debiera pagar para estar ahí. El resto de la sociedad no demuestra cotidianamente ser mucho mejor y de hecho, de su seno salen los que hacen las leyes. El bajo cumplimiento de las normas puede dar fe de la situación social, sin embargo, cada mortal se siente con derecho a estigmatizar a los políticos. Y no está tan mal porque en última instancia son los que les pagan esas famosas dietas que leudan en tiempo récord.
En síntesis, el debate es difícil porque se mide por el lado de la investidura y la población contrasta esa medición con los destinatarios reales de las dietas, que no hacen mucho mérito para justificar su lugar institucional. La mera superactualización dietaria exime de otros ejemplos.
A lo que lleva inevitablemente este panorama es a la pregunta que muchos se hacen cuando se explicitan estas visiones. ¿Cómo se cambia?
El menú es muy amplio a la hora de escuchar propuestas para revertir lo malo. Van desde los paredones de fusilamiento hasta la educación, pasando por los cambios culturales y los escraches.
No suele escucharse que quizás el mejor remedio sería el ejemplo de los que están más arriba. Mientras desde los más altos niveles de decisión y de autoridad se tienen ciertas y determinadas actitudes, es difícil imaginar que hacia abajo se modifiquen conductas.
Para analizar, un ejemplo. En Alemania acaba de renunciar el presidente puesto por Angela Merkel, porque un diario dio a la luz una denuncia de tráfico de influencias. Si se hiciera el juego de las diferencias, se llegaría a la conclusión de que los alemanes a diferencia de los argentinos tienen una prensa en la cual confían y que ha hecho todo para que eso suceda, la máxima autoridad no puede hacer nada a la hora de bancar a su pollo, el que se va sabe que si no lo hace, la Justicia lo embocará y no hay canciller que lo salve ni magistrado que mire para otro lado luego del telefonazo del influyente. La opinión pública no está anestesiada y ese poder de la prensa es, en realidad, el del conjunto de la sociedad que mira con atención y sin distraerse. Todo esto genera un ejemplo desde arriba que inevitablemente debe inundar al resto de la sociedad. Merkel no salió a decir que la prensa miente, ni que va a esperar que una Justicia que nunca llegará se haga cargo, ni el funcionario miró para otro lado sin dar respuestas a las acusaciones. Son muchas las diferencias, pero sobre todo, a los alemanes no les cabe duda de que el diario dice la verdad y de que si el funcionario no se va, la Justicia lo va a despedazar. Ese funcionamiento hace que todos, sin excepción, se cuiden mucho más. Y eso se construye de muchos modos, pero sobre todo, con el ejemplo de los de arriba que no usan de sus posiciones para obtener ventajas.
Volviendo a lo local. Si el gobernador quiere realmente reformar la Constitución porque cree que es vital para la provincia, debe empezar por despejar toda duda de que hace algo en beneficio propio y renunciar explícitamente a que una posible reelección lo pueda abarcar a él. ¿Por qué? Porque no es de buenos jugadores empezar un partido con ciertas reglas y pretender cambiarlas para favorecerse en medio del juego. Si no se está dispuesto a dar ese ejemplo, nada de lo que se diga o se haga tiene crédito. Ahora, si a cambio de una posible reelección propia se está dispuesto a dar la indefinida de los intendentes o un diseño electoral que no sea para mejorar el sistema y hacerlo más transparente sino para beneficiar al propio grupo, es difícil después esperar que los ciudadanos estén dispuestos a respetar las buenas formas cuando ven que sus dirigentes supeditan la mejoría del sistema a sus apetencias personales. No se puede pedir al conjunto lo que no hace la cabeza.
Algo similar pasa con los jueces. ¿Cómo va a confiar en la Justicia y estimar a los magistrados una sociedad que ve que tienen un celo particular cuando se trata de sus propios salarios y que usan para ellos una creatividad intelectual de la que carecen para darle a la sociedad pruebas de que viven en un contexto de justicia?
Lo más llamativo es que se invoca la intangibilidad del sueldo de los jueces como argumento, como si pagar impuestos o aportar a la obra social fuera un modo de presión que ejerce otro poder sobre los magistrados para torcer su voluntad y restarles libertad de acción. Pero lo aún más significativo es que ningún hombre o mujer de leyes de Mendoza haya explicado hasta ahora el disparate conceptual que es eso. Pareciera como si quisieran dejar el argumento en pie con la esperanza de que algún día les sirva para algo.
Es otro caso de ejemplaridad negativa. Si quienes tienen entre manos la Justicia actúan de ese modo injusto, es imposible que todos los que están abajo sean justos y crean en el sistema. La actitud lleva a pensar que es lo mismo un burro que un gran profesor, si igual están en el mismo lodo todos manoseados.
No se debe olvidar, sin embargo, que a Mendoza todavía le queda una esperanza: la Corte. El Alto Tribunal tiene en sus manos la oportunidad histórica de mostrar que no es un organismo paquidérmico, que no marca un rumbo y que no sólo sirve para albergar señorones sin compromiso con su sociedad. Habrá que leer con puntos y comas su resolución sobre el recurso de inconstitucionalidad presentado por seis jueces y tres altos funcionarios judiciales. Lo habitual, a lo que han acostumbrado los tribunales locales a los mendocinos, es a que nunca deciden sobre el fondo de la cuestión. Siempre encuentran eufemismos para patear la pelota afuera sin implicarse ni moral ni intelectualmente. En este caso si no rechazan el recurso explicando con claridad por qué es absurdo plantear la intangibilidad en un caso como este, estarán diciendo que en realidad sí se ha afectado la intangibilidad, aún cuando no den curso al pedido. Será una lástima y otro ejemplo negativo. Uno más.
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