Diario UNO
Miércoles, 24 de diciembre de 2008

El camino que lleva de Nazareth a Belén

Un corresponsal de la BBC reeditó el viaje de Navidad realizado por José y María en el Nuevo Testamento.

Cripta de la iglesia de la Natividad de Belén, considerado el lugar donde estaba el pesebre donde nació Cristo.

Aleem Maqbool, corresponsal de la BBC,  escribe un diario en Internet durante su trayecto de Nazaret a Belén, reeditando el viaje de Navidad realizado por José y María en el Nuevo Testamento.

24 de diciembre por la tarde, hacia la plaza del pesebre

El último día de nuestra travesía comenzó en el pacífico entorno de los llamados Campos de los Pastores, cerca de las cuevas que, según se cree, eran utilizadas por los pastores como refugio.

Pero a medida que se acerca la hora en que las celebraciones alrededor del mundo llegan a su punto máximo, aquí en Belén aumenta el ruido y la atmósfera se vuelve cada vez más agitada.

Nos encontrábamos a metros del preciso lugar en el que, según se cree, luego de su largo viaje, María y José colocaron en un pesebre a su bebé Jesús

Al subir la última calle empedrada y empinada hacia el centro de Belén sentí alivio. Sada (mi burro número cinco) y yo logramos pasar entre las bandas que marchaban, algunas de boy scouts, otras de músicos con gaitas. Finalmente divisamos a la izquierda la plaza frente a la Iglesia de la Natividad, y a la derecha la Plaza del Pesebre.

Nos encontrábamos a metros del preciso lugar en el que, según se cree, luego de su largo viaje, María y José colocaron en un pesebre a su bebé Jesús.

Cientos de fieles han estado llegando aquí en las últimas horas antes de la misa de medianoche - el clímax de los preparativos y el momento en el que consideraré completa mi travesía.

Martes al final del día 23 de diciembre, entrando a Belén


"Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. De pronto se les apareció un ángel del Señor, la gloria del Señor brilló alrededor de ellos y tuvieron mucho miedo. Pero el ángel les dijo: "No tengáis miedo, porque os traigo una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos. Hoy ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontraréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre."

Estoy en el pueblo de Beit Sahour (donde se cree que tuvo lugar el episodio en el Evangelio de Lucas, que relato arriba, Lucas 2, 8-12). Beit Sahour se encuentra apenas a una corta caminata de distancia de la Plaza del Pesebre (conocida por los turistas como Manger Square) en Belén. Me siento muy emocionado de estar casi en el fin de mi travesía, pero me siento tan cansado que me es difícil conectar con mis sentimientos.

Mientras cada hueso de mi cuerpo registraba el lento avance por las duras calles pavimentadas con piedras en Jerusalén, trataba de recordar las sensaciones de hace unos días, cuando viajaba por la calma de olivares. Al tiempo que hacía fila para cruzar el torniquete metálico del ultimo retén israelí, pasaba revista en mi cámara a fotos de hermosas colinas y aldeas, tomadas durante mi travesía.

La gente de Belén habla a menudo de sentirse sofocada por el muro que encierra parte de la ciudad, penetrando en su territorio, y también por los asentamientos judíos que están siendo construídos cerca de aquí en tierra palestina ocupada

Ahora, en el principal punto de entrada, a pie, a Belén, esas colinas parecían muy lejanas. Para pasar el retén tuve que caminar pasando un puesto de soldados israelíes y atravesar una brecha, con forma de puerta, en una enorme pared gris de concreto. La pared es parte del muro que Israel ha estado construyendo en los últimos años, según dice, para protegerse de atacantes suicidas u otros atentados. Para los palestinos, el muro es una forma que Israel utiliza para apropiarse de más terrenos.

La gente de Belén habla a menudo de sentirse sofocada por el muro que encierra parte de la ciudad, penetrando en su territorio, y también por los asentamientos judíos que están siendo construídos cerca de aquí en tierra palestina ocupada.

Hacia el final de la tarde llegué hasta un campo en Beit Sahour donde me esperaban no uno, sino doce burros. Estaba visitando una clínica ambulante administrada por el único santuario para burros en la región. Los pobladores habían traído a sus burros para ser examinados por un experto.

Simon Lowe, de la organización Refugio para Burros en la Tierra Sagrada, me habló de los espantosos casos de abuso que había visto (animales a los que se castiga, a los que incluso se prende fuego, o que -más comúnmente- son simplemente abandonados). Su organización recoge estos animales y les ofrece un refugio de por vida.

Nunca soñé que diría esto, pero hoy, que debí caminar, extrañé no tener un burro acompañándome en mi travesía. Serán obstinados, pero su natural humildad, combinada con el ocasional ataque de terquedad (usualmente bien justificada) hace que para mí sean seres admirables. Mi acompañante número cinco está listo para que emprendamos la última parte de nuestro viaje.

Martes 23 de diciembre, Jerusalén

Se cree que Al-Bireh, al norte de Ramala, era uno de los lugares de parada de las caravanas que transitaban en la época del viaje de navidad de María y José.

También se dice que fue aquí donde -en un viaje que hicieran doce años más tarde- la pareja se dio cuenta que habían dejado por accidente a Jesús en Jerusalén.

Muchos palestinos del lugar, al menos en apariencia, están determinados a no mostrar preocupación, incluso por la grave situación humanitaria que se vive en la Franja de Gaza

En estos días lo que se puede ver son las ruinas de una iglesia bizantina, en donde se acumula la basura. Al lado de ellas se erige una mezquita.

El evangelio de San Lucas describe que este lugar estaba "a un día de viaje" de Jerusalén, mi próxima parada en esta travesía.

Tomé rumbo al sur, junto con mi anciana burrita, a través de un territorio que conozco bastante bien. Ramala es la ciudad en la que he vivido por más de año y medio.

A pesar de todo el caos y el conflicto que se vive en otras partes de los territorios palestinos, Ramala lucha para permanecer protegida, encerrada en sí misma.

Tres campos de refugiados están incorporados a la ciudad; asentamientos judíos se expanden en las colinas que la rodean; el acceso a Jerusalén, Belén u otras partes del norte de Cisjordania se ha vuelto algo extremadamente difícil.

Aún así, la construcción de nuevos bloques de edificios residenciales puede verse como un indicio de que comienza a vivirse un crecimiento económico.

Socialmente, la ciudad también ha tratado de resistir.

Una salida nocturna a cualquiera de los muchos elegantes restaurantes y bares de la ciudad puede hipnotizar a los más acaudalados de Ramala, hasta hacerlos llegar a creer que todo está de lo mejor.

Muchos palestinos del lugar, al menos en apariencia, están determinados a no mostrar preocupación, incluso por la grave situación humanitaria que se vive en la Franja de Gaza.

Pero en el fondo, todos reconocen que el futuro de Ramala sigue siendo muy frágil.

Acá tuve que decirle adiós a la cuarta burrita.

Según me dijeron las autoridades israelíes, necesitaba un permiso para poder grabarla en video dentro de Jerusalén, un trámite que podría demorar hasta treinta días.

La verdad no me puse muy triste. A pesar de que se portó muy bien, esta burrita blanca era muy lenta. Tendré que buscar un nuevo animal cerca de Belén.

Sin mucho retraso atravesé el retén de Kalandia, con sus torniquetes, colas y máquinas de rayos X, y me dirigí al centro de Jerusalén.

Más adelante me topé con otro retén por el que no me dejaron pasar. Pero esto no me causó grandes inconvenientes, ya que como conozco la zona, tomé otro camino y seguí sin problemas.

El camino de navidad que siguieron María y José sufrió otro desvío un poco más adelante, ya que me acerqué a uno de mis restaurantes favoritos en el suburbio de Beit Hanina.

Poco después me encontraba en las puertas de la Vieja Ciudad de Jerusalén, las mismas que por siglos han recibido a los muchos peregrinos que llegan hasta aquí.

Las estrechas calles empedradas de ancestral barrio cristiano (donde pasaría la noche) están decoradas con luces de colores. Era imposible dejar de sonreír, incluso con todo el cansancio que sentía.

Esta mañana Santa Claus (San Nicolás) visitó la Vieja Ciudad, regalando árboles de navidad.

En realidad se trataba de Issa, un muy conocido ex jugador de baloncesto local, haciendo una obra de buena voluntad en nombre de la municipalidad de Jerusalén.

"¡Paz para todos los hombres!", decía lleno de alegría mientras ayudaba a la gente a seleccionar su árbol ideal.

Lunes 22 de diciembre, Al-Bireh

"Si la gente piensa que mi forma de pensar es extremista, entonces está bien, soy una extremista", me dice Batya Medad. "No tengo ningún problema con eso".

Batya vive en el asentamiento judío de Shilo, en el medio de Cisjordania (aunque a Batya no le gusta utilizar ese término y prefiere referirse a la zona con los nombres que aparecen en la Biblia: Judea y Samaria).

Todos los países del mundo, excepto Israel, consideran que los asentamientos como éste donde vive Batya son ilegales, construidos en terreno palestino ocupado. Cuando se lo menciono me responde molesta.

"Nosotros (los judíos) somos los únicos con historia acá, nosotros estuvimos aquí primeros y debemos estar aquí ahora. Es inmoral decir que no podemos", dice.

Batya se sintió de inmediato en casa cuando se mudó de Nueva York a Shilo. Batya
"No me interesa lo que piense el mundo. A ellos no les importó cuando los nazis se volvieron contra los judíos y cuando fuimos asesinados. Así que ¿por qué debería importarme?".

Batya y su esposo, Yisrael, nacieron y crecieron ambos en Nueva York, pero se mudaron acá en 1970. Ella asegura que nunca tuvo un sentido de pertenencia cuando vivía en Estados Unidos, pero que se sintió como en casa desde el primer momento que llegó aquí.

Se asume que políticos israelíes y palestinos, con el auspicio de la comunidad internacional, están trabajando para poner fin a la ocupación israelí y para la creación de un Estado palestino independiente.

Sin embargo, Batya cree que el proceso de paz no llegará a ninguna parte y que su futuro en Shilo no está amenazado.

De Shilo continué rumbo al sur, a lo largo de una ruta que se cree que María y José, así como varios profetas antes que ellos (incluido Abraham) pudieron haber transitado.

En las recientes décadas este escenario ha cambiado considerablemente.

En muchas de las cimas de las colinas se podían ver las relucientes casas de los asentamientos judíos, con sus techos rojos. Más abajo estaban las poblaciones palestinas, estructuradas de una forma más azarosa, menos ordenada.

No existe gran interacción entre ambas comunidades, sólo tensión.

Fue una caminata bastante incómoda, especialmente por las miradas reticentes tanto de los colonos judíos como de los pobladores palestinos.

Los colonos con los que me topé en la vía -uno o dos de ellos con armas- parecían asumir de inmediato que yo era palestino y por eso, quizás, un atacante potencial. "Salam aleikum" (saludo en árabe que significa que la paz esté contigo) me dijo uno de los que se me acercó, en lo que parecía ser una prueba.

Decidí que en estas circunstancias, un "hola" podría ser más acertado que la tradicional respuesta musulmana. De inmediato él se retiró más calmado.

Los palestinos, que me escucharon hablando en inglés en mi teléfono, al parecer asumieron que era un colono inmigrante. "Mustoutan, mustoutan" ("colono, colono"), escuché gritar a un joven mientras corría a casa para encerrarse luego de verme.

La burrita número cuatro me estaba esperando un poco más adelante. Es toda blanca, desde la cabeza hasta la cola, menos una parte en su flanco derecho, áspero y oscuro. Le pregunté a su dueño qué era eso.

Él me contó que esa burrita venía del campo de refugiados de Kalandia, cercano a Ramala. Hace unos cuantos años, cuando los enfrentamientos entre los jóvenes de ese campo y los soldados israelíes eran más frecuentes, la burrita se golpeó contra unas llantas que ardían y se quemó el pelaje. Pero afortunadamente no sufrió ningún daño permanente, me dijo.

La burrita parecía estar bien entrenada. No fue sino hasta que empecé a caminar con mi nueva compañera que me di cuenta de que había un problema: era muy lenta. Hablé de nuevo con el dueño, pero me dijo que ella pasaba de los veinte años, así que no se podía hacer nada para apurarla. Yo decidí seguir.

Al caer la noche, finalmente llegué a Bir Zeit, donde me iba a quedar con la familia Kassis, que son cristianos (aproximadamente la mitad de la población es musulmana, la otra mitad cristiana).

Me invitaron a degustar un plato típico palestino, maklouba (que quiere decir "al revés"), una maravillosa mezcla de arroz, carne y yoghurt. Mientras comíamos, conversé con la señora Kassis y el mayor de sus dos hijos (el otro estaba afuera con unos amigos de la universidad).

Me contaron que su antigua casa y la tierra que la rodeaba había sido confiscada por el ejército israelí, porque se encontraba muy cerca de un retén ubicado en norte del pueblo. No hubo compensación alguna, agregaron.

Al principio de este año, el hijo menor fue arrestado por el ejército en una redada hecha a las 03:00 de la madrugada. Su hermano me dijo que lo habían dejado seis meses en custodia sin cargos (algo que el ejército israelí llama "detención administrativa").

Aleem vivió varios momentos tensos en esta parte de su recorrido.

Mientras comíamos alguien llamó a la puerta. La señora Kassis fue a atender y regresó a la cocina radiante, con un papel en la mano.

"Es mi permiso de Israel para poder viajar a Jerusalén por Navidad", dijo orgullosa. Pero su hijo no estaba tan impresionado.

"Es triste que nos emocionemos por estos pequeños detalles mientras todo lo demás anda tan mal", me explicó.

Pasé la noche en casa de la familia Kassis y partí rumbo al sur, vía al-Bireh. Esta anotación la escribí desde un pequeño café allí, lleno de hombres mayores, jugando a las cartas y bebiendo té.

La burrita me espera en la puerta. Veremos que tal le va, pero por lo lenta que es, puede que sea posible que nos perdamos la Navidad en Belén. Creo que tendré que cambiarla por un animal más joven.

Tarde, miércoles 17 de diciembre, Zababdeh


"Esta es una hermosa ciudad moderna, ¡y usted se pone ahí con un burro! ¿Qué está tratando de decir? ¿Qué le pasa?".

Claramente, no todos estaban tan contentos como yo de conocer a mi nuevo acompañante de viaje en el centro de la ciudad de Jenín.

El anciano pensó que yo estaba tratando de mostrar a Jenín como un lugar atrasado. El hombre no quizo aceptar mi explicación de la natividad, y se marchó murmurando acerca de cuán engañosos son los medios extranjeros.

No cabe duda de que la gente que vive aquí es muy sensible con su ciudad. Jenín tiene la fortuna de situarse en el corazón de algunas de las tierras más fértiles de la región, y se había venido desarrollando durante la década de los 90s.

Pero desde entonces, el camino ha sido duro para la ciudad.


Tienes suerte de que no te hayan disparado
Residente de Jenín
En los últimos años, redadas frecuentes por parte del ejército israelí para matar a activistas radicales (como la que mencioné ayer), y una nueva barrera que la separa de otros centros de población como Nazaret en el norte de Israel, han dejado a Jenín mal parada y con una economía destrozada.

Pero el gobierno palestino insiste en que algunas cosas están mejorando aquí, especialmente en términos de seguridad.

Para ver si eso es cierto que no puede haber mejor lugar que mi siguiente parada en la ruta: el gran campo de refugiados de Jenín, al oeste de la ciudad.

Hasta hace poco, era un bastión de radicales, incluso después de que grandes partes del campo fueran destruidas en una invasión israelí hace seis años. Fue ahí donde me esperaba la camioneta de transmisión satelital con el equipo de radio que me hacía falta.

A pocos kilómetros al sur, entre las villas, donde dos caminos tranquilos se cruzaban, había un vendedor de comida solitario.

Ya en la tarde, me senté sobre el pasto y compartí una mazorca de maíz tierno con mi burra. Ella no lo dice, pero creo que somos amigos.

El día culminó con el más hermoso paisaje que he visto hasta ahora. El albergue desde el que escribo está enclavado en lo alto de una colina, con terrenos plantados de olivos desdoblándose en todas direcciones, bajo un cielo claro estrellado.

Espero con ansias el amanecer.

Miércoles 17 de diciembre, Jenín

Estoy ya en el tercer día de este viaje. Hemos avanzado unos 40 kilómetros desde que salimos desde Nazaret rumbo al sur y como saben nos encontramos en Jenín, un pueblo por el que probablemente María y José también pasaron.

Esta ciudad solía tener un mercado vibrante, pero en el último par de años ha sufrido bastante por las frecuentes incursiones del ejército israelí. En la anotación de ayer en la tarde justo hablaba de una.

Aleem cuenta con un nuevo acompañante en su travesía.

Eso también se debe a que es un lugar en el que que se considera que existe mucha militancia.

Sin embargo, las autoridades palestinas señalan que tienen la situación bastante controlada y que las cosas están empezando a mejorar en Jenín. No sólo en términos de seguridad sino también en materia económica.

Ahora, en este tercer día de nuestra travesía tenemos un nuevo medio de transporte, nuestro tercer burro.

Recuerdan que el primero no quiso seguir caminando y que el segundo tuvo que quedarse en un retén del ejército israelí antes de entrar en Cisjordania. Esperemos que nos acompañe por el resto de viaje.

Nuestro próximo destino será un campo de refugiados de gran tamaño que se encuentra justo en las afueras de Jenín. Siga acompañándonos en este viaje.

Martes 16 de diciembre, Jenín


La mañana comenzó con una hermosa caminata, pero culminó con un crudo recordatorio de que este camino nos lleva a través de una zona de conflicto que tiene un impacto en la vida de muchas personas cada día.

Los últimos kilómetros antes de llegar al retén nos hizo pasar por una serie de pequeñas comunidades, una vez más, divididas en algunas predominantemente judías y otras que son una mezcla entre cristianos y musulmanes, como este poblado de Mokeble, la última parada antes de la barrera que separa Israel de Cisjordania.

Han pasado dos días de caminata desde que dejé Nazaret, y estoy contento con el avance que se ha hecho hacia el sur, con o sin burro.

El camino a Jenin desde la frontera de Cisjordania con Israel comenzó desolado esta tarde. Alguna vez, ésta era un área de mucha actividad comercial, pero todas las tiendas fueron destruidas en una invasión israelí hace seis años.

Después de un rato, sin embargo, ver a los lejos las laderas verdes y algunas villas en lo alto de las colinas alivió un poco la tensión de lo sucedido por la mañana y aceleré mi paso.

Al comenzar la ligera subida hacia Jenín, estaba convencido de que si María y José hicieron el viaje a Belén, como dice la Biblia, debieron haber pasado por aquí. El paisaje parecía empujarme en dirección del pueblo, llamado En Gannim en la Biblia.

Atardecía ya cuando llegué al centro del pueblo, donde, a juzgar por la cantidad de basura que se recogía, se estaba cerrando un día de mucho mercado.

Un amigo me había aconsejado que me tomara una taza de café turco en la cafetería más antigua de Jenin, Al Nabatat, "Las Plantas". No había más que grupos de sillas de plástico rojas y blancas alrededor de un pequeño edificio de concreto.

Lunes 15 de diciembre: Nazareth y Afula


Estoy por empezar donde, de acuerdo con la tradición, María y José comenzaron su travesía. Se piensa que Nazaret era, hace 2000 años, una pequeña aldea agrícola.

Los restos de lo que mucha gente cree era el hogar de María están consagrados en una enorme basílica.

Al subir la colina, otra iglesia alberga ruinas excavadas de lo que se supone era el taller de carpintería de José.

Mi guía, Najib, me dijo con orgullo que la de San José ha sido siempre su iglesia local, y que ahí fue bautizado.

Se piensa que Nazaret se mantuvo como un pueblo principalmente cristiano hasta 1948. En esa fecha empezó a recibir un enorme flujo de refugiados, conforme la gente de los pueblos árabes vecinos -sobre todo, musulmanes- huían o eran forzados a dejar sus casas, cuando se creó el Estado de Israel.

Mientras que bastante gente que vive aquí no tiene problema en que les llamen "árabe-israelíes", muchos, de incluso generaciones más jóvenes, se identifican a sí mismos como palestinos.

La gente en los establecimientos de comida de la calle principal me dijo que muchos jóvenes deciden irse del lugar.

Se suponía que el tema de este diario no era la burra, pero el animal ha dictado tanto el primer paso de este viaje que no puedo empezar a escribir de otra cosa.

Esta mañana, Cynthia, la burra que conocí y con la que intenté crear confianza, decidió que no quería dar un solo paso fuera de su pueblo.


La falta de compromiso de Cynthia hizo que el viaje continuara sin ella.
Quizá la asustó el pesado tráfico en las carreteras que van al centro de Nazaret, así que más que forzarla, optamos por otra burra, sin nombre.

Muy pronto quedó claro que, a diferencia de los pueblos en la Franja de Gaza o en el norte de Cisjordania, a los burros no se les ve mucho en Nazaret.

Niños y adultos se vieron atraídos por la nuestra, y llegaron a saludarla y, en algunos casos, a pasar un buen rato platicando con el animal, mientras ésta masticaba feliz del saco de heno fuera de la Iglesia de la Anunciación.

Cuando, por fin, comenzamos nuestro camino al sur, los coches desaceleraban y la gente saludaba a gritos por las ventanas.

"Así que va a Belén", bromeó una mujer en árabe. Me fue imposible contestar pues me hallaba tratando de controlar a un animal que estaba, en ese momento, sin duda, controlándome a mí.

En las pendientes de Nazaret todo se volvía más lento, pues mi compañera de viaje sentía la magnética atracción de todo lo que fuera verde y con forma de hoja para masticar.

No fue sino hasta que llegamos a Balfurya, una comunidad israelí nombrada en honor de conde de Balfour -quien en 1917, como canciller, declaró el respaldo del gobierno británico a la idea de una patria judía en la Palestina histórica- que sentí que, finalmente, la burra y yo habíamos llegado a un entendimiento.

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