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domingo 11 de junio de 2017

¿Y para qué sirven las PASO?: "Para un pomo"

Vicios electorales. Con una ciudadanía fatigada de tanto concurrir a las urnas, agosto tendrá otra ceremonia con escasa entidad

¿Para qué sirven, en el actual contexto nacional y con los partidos como están, las PASO?, pregunta el periodista Pablo Rossi.

"Para un pomo", responde Pablo Mendelevich, un especialista en asuntos políticos.

O sea, que, hablando en criollo, tal como están las cosas, las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias no sirven para nada.

Salvo para perder tiempo y dinero. Y para poner a prueba, una vez más, la santa paciencia de los argentinos.

Que es un artefacto inútil, inventado como tantísimos otros dentro del inagotable repertorio de singularidades criollas, lo comprueba el hecho de que sus dos mentores básicos, en 2009, la entonces presidenta Cristina Fernández y su ministro del Interior, Florencio Randazzo, hoy no puedan utilizarlo como un bien asintomático de la democracia.

Como un mecanismo limpio y neutral para dirimir diferencias, civilizadamente. Hidalgamente.

¿Para qué cazzo las cranearon, entonces?

El monstruo de Frankenstein
En el vasto y heterogéneo mapa electoral de la Argentina, habrá, en alguno que otro distrito, alguna PASO que tenga sentido.

Pero en la mayoría de los escenarios las primarias se harán por simple obligación reglamentaria. Porque no queda otra.

Con la nariz apretada, como un chico que se zampa un remedio que no le apetece.

Las dos principales vidrieras del país son el ejemplo palmario. En Capital, el partido del presidente Macri no le quiere dar las primarias a Martín Lousteau. ¿La excusa? Que el ex embajador en EE.UU. no pertenece a la interna de Cambiemos sino a la oposición.

En la provincia de Buenos Aires, la ex presidenta pretende el mismo veto para su ex ministro. ¿La excusa? "No queremos que Cristina se ponga a discutir con su empleado", según el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi.

Bastante pobre todo. Flaco de argumentación. Hasta infantiloide.

¿Qué son las PASO a esta altura de las circunstancias?

Son el monstruo de Frankenstein. Una presencia incómoda. Una criatura malévola que pone en entredicho a su imprevisor artífice.

La ridícula manía de votar
Votar está muy bien. Es un acto esencial de la democracia.

Pero votar en exceso, a la bartola, sin ton ni son, es un vicio. Una tara.

Una más de la vida nacional, que, treinta y pico años después, aún puja por llegar a la mayoría de edad en materia institucional.

El exceso de urnas que hubo en 2015 no sólo fue una tortura china para la ciudadanía sino que, al mismo tiempo, terminó convirtiéndose en un vía crucis político, en especial para algunos oficialismos, sus víctimas preferidas.

Hay, entre el amplio atolondramiento, algún dirigente lúcido que reconoce la magnitud del problema.
El diputado Jorge Tanús, anotado en la carrera para encabezar las listas del peronismo para los comicios de agosto/octubre, pinta un panorama descarnado: "En 2015, por falta de conducción política, fuimos a votar nueve veces en la provincia. Perdimos en todas. Y nos pasamos nueve meses distraídos con la campaña en vez de concentrarnos en gobernar, justo en un momento crucial, cuando el oficialismo debe esforzarse por dar lo mejor de sí, por mostrar su mejor cara".

Lapidario.

Consciente, por otra parte, de que la población se siente harta de la caravana electoral, Tanús presentó un proyecto para despenalizar el voto. Es decir, que el ciudadano no sufra castigos por su visita o no al cuarto oscuro.

Otros dirigentes, como el intendente de Las Heras, Daniel Orozco, coincidiendo con la vicepresidenta Gabriela Michetti, entienden que acudir a las urnas cada dos años es un embrollo para el país.
Los gobiernos (nacional, provincial o comunal, lo mismo da) no pueden asentarse ni desarrollar un mínimo plan de mediano plazo.

Permanentemente los recursos deben orientarse, desviarse hacia a las necesidades electorales.

En otras palabras, hay que distraer porciones sustantivas del presupuesto (y de energía) para poner la zanahoria delante del burro.

Con una larga tradición de populismo que sustenta y justifica cada uno de esos desvíos.

¿Qué PASO puede haber?
Como sea, en agosto volveremos a hacer cola en las escuelas, para un acto cuyo colofón será patentizar la encuesta más confiable en función del round final de octubre.

Será como la previa de los chicos en la noche, antes de entrar al boliche. Lo bueno y verdadero vendrá después.

En el radicalismo gobernante no tiene sentido una primaria abierta, porque el candidato que elija el gobernador Alfredo Cornejo (el juninense Mario Abed sigue siendo el favorito) será irrebatible. Siempre puede aparecer un Armagnague, es cierto. A los radicales les gustan esas ceremonias de ritualismo inocuo.

En el peronismo, las principales figuras son reticentes a liderar el convoy, por lo que estudian participar en segundo plano, como garantes de retaguardia.

Claman, rezan por la unidad. Aunque los jóvenes camporistas quieren dar la interna para clavar algunas picas con vistas a 2019. Y están pendientes, muy pendientes, de lo que decida Cristina en Buenos Aires. Obediencia debida, se llama.

El Frente Renovador tiene su dilema pequeño. Debe decidir entre participar junto con Cambiemos o sumarse al PJ, como les pide Massa. Siempre con pronóstico difuso.

Y la izquierda, por ahora, será la única con una PASO de verdad. Con color e interés por el resultado.
Eso sí: no habrá nueve votaciones como en 2015.
Algo es algo.
Fuente:

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