A Fondo A Fondo
martes 26 de abril de 2016

Un pasito para atrás

Sonará inoportuno sólo ante desprevenidos. Todas las rutas en algún lugar se cruzan. Podrán unirnos o hacernos colisionar. Depende más de nosotros, nuestras destrezas y nuestra conciencia de manejo que del estado deplorable de los caminos.

Mientras se habla y con enorme frecuencia sobre billetes fugados, posibles cárceles, pastillas envenenadas y paraísos fiscales, no deberíamos saturarnos de información y desdeñar otras cuestiones que aparentan ser minúsculas o intrascendentes hasta que estallan y se transforman en tragedia.

Cuando muchos se ufanan de haber conseguido aplausos de santos buitres y otros debaten como novedad leyes laborales que inevitablemente nos recuerdan a la banelco y al fatídico 2001, el tema del transporte se va diluyendo y pierde tamaño en los medios y espesor en la crítica cotidiana. Pecado que no deberíamos permitirnos.

Irrumpió el tema de Uber y desdeñarlo no es inteligente.

Uber es el desarrollo de una plataforma tecnológica patentada por un joven californiano, Travis Kalanik, quien aún no cumple los 40 pero ya atesora 5.800 millones de dólares y su emprendimiento es el de mayor crecimiento del mundo. Su cotización en los mercados de valores está por alcanzar a la gigante Volkswagen.

No fabrica objetos. Tampoco replica productos. No es una plataforma de entretenimiento. Es un sistema para bajar e instalar en los teléfonos celulares. Una conexión virtual.

Con esa aplicación, algunos llaman para pedir un vehículo con un chofer dispuesto a trasladarlo y otro es ese chofer ocasional que pone su auto y su tiempo para ganar unos pesos. Y el precio que pagará por trabajar y disponer de su vehículo es una comisión del 20 por ciento.

¿Qué tiene de malo? Podrá preguntar con inocencia alguno; con ingenuidad otro y de manera irresponsable quienes saben que los servicios de carácter público están severamente regulados por las normas de cada país y por sus organismos de aplicación.

En el debut que Uber hizo en Buenos Aires, los pro y los contra fueron casi tantos como los que votaron al pro y los que eligieron a la contra.

La confusión no es menor. Los que denuncian enérgicamente como un atropello del gobierno la prohibición, son aquellos que tienen mayor proximidad ideológica con el gobierno. Los que aplauden la existencia de la mano invisible del mercado.

Es comprensible. En las principales ciudades de Estados Unidos en las que opera, el servicio es sensiblemente superior en calidad y menor en costos que el que prestan los enormes autos amarillos con detalles negros. Y como después de cada viaje, el conductor es calificado por el pasajero, hay un esmero atencional similar al de los remiseros argentinos en sus comienzos

Ventajas para tres o cuatro. Para el propietario del vehículo que en vez de perder el tiempo y la amortización de su auto, le da utilidad; el pasajero, que no necesita llevar efectivo (se paga únicamente a través de tarjeta), sabe con antelación qué modelo de auto, quien es el chofer , cuánto estima que demandará en tiempo y dinero; para las compañías de celulares y tarjetas, obvio ;y para este emprendedor, Travis kanalik ejemplo de progreso, tan cercano a nuestro folklore político y empresario que enfrenta acusaciones judiciales y algunas en pleno proceso, las que superan holgadamente el monto de su fortuna.

Si son tantos los que ganan ¿cuál es el perjuicio?. No mucho más ni mucho menos que la organización social de un Estado. O sea, todos.

Algunos colegas, legítimos enamorados de la eficiencia de estos sistemas y del avance tecnológico, no consideran cuestiones tan vigentes como la organización gremial (no sólo obrera sino empresaria), y seguramente desprecian con razón la obligatoriedad de reunir condiciones profesionales para transportar personas.

Indiscutible que hoy taxis y remises además de poder, deberían instrumentar las mejoras que les son demandadas. Qué duda existe que vitar la circulación de efectivo mejora la seguridad, pero además permite una recaudación tributaria óptima. Todas decisiones que pasan por conductas soberanas. Hay antecedentes y ya que solemos ser tan proclives a los ejemplos europeos, no sería ocioso imitar a Francia, quien reguló con firmeza la actuación de Uber y su vinculación con el sector de transporte público de pasajeros, o España quien todavía impide la operación y el desembarco definitivo de esta multinacional.

Casi una paradoja. Los avances tecnológicos y sociales, traen consigo un gps que nos traslada a discusiones primitivas. Hay quienes alaban al individuo como supremo irremplazable, y quienes preferimos el colectivo aunque debamos descender por la puerta trasera.
En asboluto quisiera ser más papista que Francisco Jorge Bergoglio, pero coincido, las aplicaciones no nos van a otorgar la felicidad.

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