A Fondo A Fondo
domingo 17 de abril de 2016

Sorprendió con su regreso a la política cuando la daban por muerta

La vuelta de la ex presidenta sacudió el tablero político nacional. La veían presa y copó con un gran acto proselitista los tribunales que la citaron y la investigan. Va por el liderazgo del PJ y de la oposición

Después de atravesar los tormentosos días de la grieta, la crispación, las interminables cadenas nacionales, la guerra en los medios, la campaña eterna, la enésima elección, la agónica definición por penales para la presidencia, la argentinidad finalmente había vuelto a sus indelebles preocupaciones: la inflación, el precio del dólar, quién paga ajuste, el aumento de las tarifas, Griesa, don Singer y sus buitres, los salarios, Tevez en la Selección, etcétera, etcétera, etcétera.
Ella había desaparecido de la escena pública. Por cuatro meses permaneció callada, recluida, encerrada en la casona de su recóndito Calafate. Casi no se la veía.
Tal era así que el peronismo se animó a olvidarla dando golpes de timón a favor de la "gobernabilidad", inesperados hasta para el propio presidente Mauricio Macri.
El kirchnerismo inclusive se partía en el Congreso, y Máximo, el burgués heredero, no era ni la sombra de su madre.
Los medios apenas mostraban alguna que otra fotografía de ella, casi de incógnito por la vía pública, gorro de invierno, lentes oscuros, mientras ardían las pantallas con la caída en la cárcel y en dominó de los viejos laderos de su difunto marido y socios de los negocios familiares: Lázaro Báez, Daniel Pérez Gadín y Ricado Jaime se estrellaban en la ruta del dinero K o de los trenes chatarra.
A ella, mientras tanto, la daban por retirada, crucificada y encarcelada, decían que "estaba desesperada" por el cerco judicial que le caía encima de un momento a otro. La veían esposada.
Pero, animal político de probada sagacidad, Cristina, en realidad, aguardaba silenciosa y agazapada para dar el zarpazo. Y lo dio.
Experta en encontrar fortaleza en la debilidad, con fría claridad en el gran teatro de la política, transformó su imputación en un regreso triunfal.
Ignífuga, incombustible, impermeable, inmune a lo que venga, Cristina volvió con todo, a pesar del escándalo de corrupción que envuelve a ella y a su familia, y de las investigaciones judiciales que se le vienen encima en manada.
A pesar de que la acusan de haber lavado millones, de operaciones con el dólar a futuro para beneficio propio, como dio a entender el economista Aldo Pignanelli, a pesar del poder real de la Justicia para meterla presa, ella volvió y fue el acontecimiento político de la semana.

Porque el dato explosivo no fue que Cristina Fernández de Kirchner haya sido imputada (ya estaba hiperanunciado) ni que la mayor parte del peronismo no la haya acompañado (la interna por el poder del PJ ya comenzó) ni la cantidad de gente que convocó, que en los medios penduló con impunidad de 25.000 a 300.000, según las apatías y simpatías.

El dato central es que Cristina volvió a la arena política con ínfulas de conducir y claras intenciones de dar batalla: nada fue casualidad.

Lo hizo después de darle cuatro meses de ventaja al gobierno de Cambiemos y al PJ, que aún no encuentra un líder y ejerce en un consenso prooficialista, bajo la necesidad de los gobernadores del partido de sobrevivir y hacerse de fondos a futuro.

Cristina volvió para todos y todas, despertando odios y adoración, críticas y elogios, dividiendo aguas.
Lo demostró con hechos concretos: desde la mística del regreso hasta dejar trascender que no vuelve a El Calafate, que se queda a vivir en Buenos Aires.

Convocó a los legisladores peronistas (fueron sólo los kirchneristas) e inauguró el Instituto Patria, nueva sede del kirchnerismo, en donde trabajarán sus incondicionales Oscar Parrilli y Carlos Zanini.
Y denunció formalmente al juez Claudio Bonadio ante el Consejo de la Magistratura, pidiendo su destitución por la investigación que lleva en su contra.

Si el relanzamiento de Cristina tiene éxito o no, si el PJ la sigue o la deja, si tiene chances de presidir de nuevo el país, son tribulaciones hoy impredecibles. Es ni más ni menos que hacer futurología.

La sorpresa ha sido su vuelta, su regreso cuando todos daban por descontado, que ya imputada y golpeada por la actual situación judicial que la rodea, volvería derrotada a sus dominios en El Calafate.
El nuevo escenario implica que Mauricio Macri, en vivo y en directo desde ahora, tendrá a Cristina Fernández en la oposición.

El regreso
La jugada del regreso de Cristina fue de alta escuela para la política nacional.

La ex presidenta sabía la atención que concentraría su asistencia a los tribunales en los medios de comunicación.

Habría periodistas acreditados y transmisiones en vivo, algo que si ella hubiera querido contratar para un acto político le habría costado millones.

En cambio, aprovechó esa gran cobertura mediática por la imputación y montó un retorno a toda orquesta, que terminó siendo transmitido gratis y en vivo para todo el país, por su obvio valor periodístico y de actualidad y también por las cuentas pendientes de algunos.

Todo planificado. Desde la convocatoria militante hasta el impensado escenario que se levantó frente a los mismísimos tribunales de Comodoro Py, donde tienen su sede los jueces que la acusan y la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
Apareció ahí para dar un discurso presidencial en donde diría con tono apocalíptico: "Me meterán presa pero no me podrán callar", todo un mensaje, porque callar es ni más ni menos que abandonar la política.
Volvió con aires de presidenta, lo que definitivamente ni detractores ni acólitos pudieron ignorar.
Llegó a Buenos Aires abriéndose paso entre un gran operativo de seguridad, retó a los policías que la separaban de "su pueblo", saludó y besó, lució radiante, sonriente y despreocupada. "¿De algo me tendría que preocupar?", sobró con ironía.

Salió y bailó en el balcón y frente a la Justicia ciega, a veces para ser justa y otras para no ver, tomó la calle con su gente y copó los alrededores y los tribunales como cuando gobernaba el país.
Lo hizo allí, en la sede de lo que ella identifica como "el Partido Judicial", al que le adjudica una balanza descalibrada por oscuros intereses.

Montaje que, según innumerables testigos, contó con fuertes recursos y logística: en Buenos Aires afirman que les pagaban $500 a los militantes para asistir.
En Mendoza, según fuentes directas, les ofrecían $900 a los que no alcanzaban a entregarse por pura convicción, para encerrarse 50 horas en un colectivo y "hacerle el aguante a la compañera Cristina", por el tiempo que hiciera falta, frente al Poder Judicial de la Nación.
Como dijo alguna vez un experimentado militante peronista mendocino: "Para movilizar gente hay que pagar, porque aunque estén convencidos no se mueven. Gratis, sólo salían a la calle por Perón".
En Avellaneda, partido bonaerense colindante, al sur de la Capital Federal y cuyo intendente es kirchnerista, se amontonaron centenares de colectivos con militantes que venían a acompañar a Cristina.
De ello dio testimonio una buena cantidad de oyentes en las radios porteñas.
La ciudad estaba empapelada por el operativo retorno y en las escuelas municipales la comuna instruía a liberar a las maestras para que asistieran al acto.
La cuestionable modalidad generó indignación en muchos padres. Llovieron denuncias públicas pero al mundo K no sólo no se conmovió.
El ejemplo de Avellaneda demostró que muchos intendentes y las bases kirchneristas en todo el país se movieron con fuerza, fiel a su origen peronista, para darle un gran marco al operativo retorno.
Semejante parafernalia montada por "Cristina vuelve" no es monopolio del kirchnerismo, que es el que mejor lo hace, sino de la política nacional.
Porque así se construye la política en Argentina, para bien y para mal. Como pasa en el fútbol, donde el partido se planifica y disputa con táctica, estrategia, creatividad, gambeta, pierna fuerte, codazos, trampas, a veces unos repudiables pesos para el árbitro y hasta algún gol con la mano.
La política es todas esas cosas buenas y malas, y llegar a la ciudadanía, hacerse oír por las masas, provocar su reacción, exige un gran montaje teatral, además de las virtudes propias e imprescindibles del carisma.
Cristina volvió. Y en la jornada de su regreso plantó de nuevo bandera en el escenario político nacional.
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