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domingo 19 de junio de 2016

Siete horas en el Notti o esa misteriosa paciencia

¿Qué puede hacer una madre al llegar a la guardia del hospital y encontrarse con 120 turnos adelante y un hijo con 40º de fiebre?

Algún día podría darse el efecto McDonald's en las guardias de los hospitales públicos de Mendoza.
Hablo de cuando se atiborran de pacientes, en particular de niños con fiebre, como ha ocurrido en estos días con la guardia del Notti.

¿Lo qué? Dirán algunos creyendo que estoy haciendo alguna alabanza a la comida chatarra o que deliro.

Aclaro: mi referencia es a esa extendida idea de eficiencia y rapidez en la atención al cliente que hay en esos locales de comidas rápidas, y que es algo que todavía falta mucho trecho para que sea una característica extendida a la mayoría de los negocios o de las reparticiones públicas argentinas.

Fijate
¿Vio que en McDonald's no permiten que se formen largas colas ante las cajas y que si eso ocurre aparecen en escena las supervisoras?

Estas comienzan a tomar los pedidos directamente en la cola para que el público no tenga que demorarse en retirar su menú y de inmediato pasan a gestionarlos ellas mismas en la cocina.

Pasan los años, se suceden las gestiones del área de Salud que prometen modernizar el servicio y, sin embargo, en cada invierno, cuando los periodistas van al Notti llamados por pacientes que deben esperar una eternidad para ser atendidos, se constata lo mismo.

El efecto McDonald's no existe allí.

Momento límite
¿Qué puede hacer una madre de escasos recursos económicos cuando al arribar al Notti comprueba que tiene 120 turnos antes que ella?

Simple: resignarse y rogar para que a su bebé no se le escape la fiebre a 40 grados.

O ponerse a protestar como una descosida para que el gobernador, el ministro de Salud o el director de Hospitales se enteren de lo que está pasando.

No, gracias, paso
Los gobernadores y los ministros no suelen enterarse de estos problemas porque ellos están disociados de la salud pública.

Ojo: no digo que no la conozcan. La conocen, tienen muchos datos y algunos son expertos teóricos.
Pero ni ellos ni sus familiares, salvo honrosas excepciones, se hacen atender en los hospitales públicos o en los centros de salud.

No padecen los resultados de una mala gestión política. Ellos tienen una buena prepaga.

Es como los ministros, secretarios o subsecretarios de transporte que jamás andan en micro y que sin embargo ensayan unas elucubraciones geniales acerca de cómo hay que hacer los recorridos y por cuáles barrios deben pasar.

O que conocen al dedillo cómo se mejoró el transporte en Medellín o Barcelona.

Si nuestros políticos no se quieren internar ni hacer consultas en los centros estatales, deberían por lo menos hacer un culto de las visitas sorpresas a los hospitales.

Así se enterarían de primera mano cuando faltan remedios, cuando no hay ropa de cama o cuando los responsables de centros sanitarios se mandan macanas.
Malditos plantones
Solamente un marciano puede mantenerse con la cabeza fría cuando un niño vuela de fiebre, sobre todo si éste es un bebé que no puede expresarse.

Los médicos sostienen que una fiebre no es una urgencia y que sólo deben ir al Notti cuando lo del niño sea grave.

¿Cómo puede saber la gravedad de lo que le ocurre a su bebé una madre primeriza?
¿Cómo una madre puede quedarse esperando sin chistar siendo que primero ha ido al centro de salud y lo encontró cerrado y cuando pudo arribar al Notti se desayunó que tiene a otras 120 madres adelante y que debe esperar por lo menos 7 horas?

Prueba y error
En los '90, los gobiernos justicialistas de El Equipo de los Mendocinos creyeron encontrar una solución a los problemas de gestión en la salud estatal.

Entendían que no se estaban tomando las decisiones políticas adecuadas debido a la excesiva concentración de las decisiones en manos del ministro de Salud.

Fue así que lograron aprobar una ley que dispuso la descentralización en el manejo de los hospitales y de los centros de salud.

Se crearon entonces los directorios descentralizados en los hospitales públicos, cuya función iba a ser la de tomar decisiones rápidas y sin tanta burocracia.

Sí, pero no
La puesta en práctica arrancó con aciertos, pero al mediano plazo ocurrió algo que es común en el Estado: los directorios descentralizados no fueron debidamente controlados.

Es que una cosa son las buenas ideas y otra muy distinta su ejecución en la práctica y, sobre todo, su seguimiento.

Los hospitales se llenaron de cargos muy bien rentados en los directorios.

Los gastos empezaron a carecer de la efectividad que se había buscado y, como es de cajón cuando la politiquería suplanta a la eficiencia, la contratación de personal se les fue de las manos.

Conclusión: Cornejo se encontró con este desaguisado y tuvo que volver –por ley votada en estos días– a concentrar las decisiones en el ministro de Salud.

Si las lumbreras políticas no logran dar pie con bola, mucho menos están en condiciones de amonestar a los ciudadanos cuando éstos, asustados por los 40 grados de fiebre de sus hijos, llegan al Notti y allí los retan por no saber diferenciar una fiebre de una urgencia.
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