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domingo 29 de mayo de 2016

"Quien entrega información también entrega poder"

Con 80 años recién cumplidos, el politólogo argentino Oscar Oszlak sigue estudiando las complejas relaciones que se producen entre Estado y sociedad

Con 80 años recién cumplidos, el politólogo argentino Oscar Oszlak sigue estudiando las complejas relaciones que se producen entre Estado y sociedad. Lo hace con su mirada de investigador en un país en el que este intercambio ha pasado por profundas crisis entre representantes y representados, las que tuvieron su punto crítico en el 2001. Crisis de la que, aseguró, la sociedad argentina no ha aprendido demasiado a cumplir su verdadero y preponderante rol.

En la actualidad, Oszlak se dedica a la temática de Estado abierto, transparencia institucional, publicación de datos y acceso a la información pública. Fue invitado por la UNCuyo a participar en unas jornadas al respecto de estos tópicos, y se hizo un espacio para dialogar con Diario UNO sobre el significado de un acceso a la información real y las condiciones que se precisan para que ésta sea una decisión auténtica de los Estados, y no una simple puesta en escena para generar legitimidad en el poder.

–¿Es suficiente con publicar los datos para hablar de gobierno transparente?
–Hay un pasaje que va del dato a la información y de la información al conocimiento, y cada pasaje requiere de un procesamiento. El dato solo no significa nada, es un atisbo apenas de la realidad. Cuando uno reúne datos y los combina, y los procesa, obtiene información, y cuando uno reúne informaciones obtiene conocimiento. La publicación de un dato no significa gran cosa, es un paso necesario pero no suficiente, es necesario interpretarlo, saber de qué se trata.

–¿Tener en cuenta su contexto?
–Por una parte sí. Por otra, hace falta que la persona que lee el dato lo comprenda. Si el gobierno publica un informe de gestión o una ejecución presupuestaria, la gente no es contadora y ni tiene por qué serlo. No lo puede interpretar. Es necesario un esfuerzo especial por parte de los gobiernos de hacer accesible la comprensión de ese dato.

–¿Qué se precisa para eso?
–Dos cosas: que los datos que publique un gobierno sean dados a conocer de forma tal que cualquier ciudadano pueda entenderlo y que el lenguaje público, que es un lenguaje cerrado y críptico, se haga comprensible. Hoy se están llevando a cabo proyectos que intentan hacer más legibles los datos. Se llaman "técnicas de visualización", que puedan transmitir lo que los datos pretenden. Es necesario que los gobiernos hablen con el lenguaje de la gente. Eso significa simplificar bastante ese lenguaje formal y cerrado de los gobiernos. Esto lo están haciendo los países escandinavos.

–¿Cómo es la situación argentina respecto de este concepto de gobierno abierto?
–En primer lugar nosotros hablamos de Estado abierto y no de gobierno, porque la transparencia es una responsabilidad de los tres poderes del Estado y de las instituciones que de uno u otro modo reciben financiamiento estatal. Por otro lado, Estado abierto no implica sólo transparencia. Implica, además, participación ciudadana, rendición de cuentas, colaboración pública y privada; en ese sentido no limitaría esta concepción a la idea de transparencia y de acceso a la información, éste es un aspecto, obviamente, fundamental, pero no el único.

–¿Por qué lo considera fundamental?
–Porque el ciudadano necesita conocer qué hace el Estado, y no solamente a través de la publicidad de gestión, sino que tiene que tener la posibilidad de buscar por sí mismo la información que requiere; si el Estado está produciendo resultados que lo favorecen, si le abre nuevas oportunidades, si se respetan sus derechos, si se lo protege, si aumenta su bienestar. No siempre es fácil saber cuál es la información que se requiere para saber en qué medida la actividad estatal nos afecta.

–¿Considera que no es suficiente el compromiso por parte de los ciudadanos?
–Hace falta una mayor disposición de la ciudadanía en participar; la participación ciudadana es muy débil y muy frágil y tiene que ser promovida por el Estado, es deseable pero no es la realidad. Es una pequeña fracción de la ciudadanía la que participa.

–¿No hay preocupación por informarse?
–No hay preocupación, por un lado, pero tampoco hay información disponible que realmente interese a los ciudadanos. Este es uno de los problemas que enfrentamos. Por un lado tenemos esta deficiencia por parte de la ciudadanía, y por otro, tenemos una deficiencia más grande por parte de un Estado que quiere seguir cerrado, más que abierto, porque la información es poder. Si uno entrega información, entrega poder, por lo menos en un sentido, yo en verdad creo que gana poder, en una forma que es la legitimidad.

–¿Puede ser que se haya quebrado la confianza después del manejo de datos como lo que ocurrió con el INDEC?
–Es probable, pero para eso los ciudadanos tienen que comenzar a exigir la entrega de datos fidedignos por parte del Estado. El problema es que las personas todavía no adquieren la conciencia de que en la relación con el Estado son la parte más importante. Hasta para un lenguaje administrativo, nosotros los ciudadanos somos los administrados, cuando en realidad el Estado es nuestro agente. Nosotros somos los mandantes, ellos son los mandatarios.

–Falta tomar conciencia de que es el ciudadano quien manda.
–El problema es que en la cabeza de las personas que forman parte de una sociedad, esta relación se invierte. Terminamos pensando como subordinados, cuando en verdad no lo somos.
–¿En qué cambió la relación Estado-sociedad con el proceso que se llevó adelante en el 2001, con el famoso "que se vayan todos"?
– No creo que haya sido un cambio sustancial, al menos en forma duradera. El "que se vayan todos" no fue una forma de tomar conciencia por parte de los ciudadanos y ocupar un lugar importante en esta relación de poder. Más bien fue una forma de decir, "Bueno, que se vayan éstos y que vengan otros".

–Con las asambleas barriales esto parecía haber cambiado.
–Hubo, sí, un pico de movilización social, la resurrección de la sociedad civil, pero para afrontar una situación crítica, pero no fue real. Es lo que suele ocurrir en momentos críticos. Sucede en las circunstancias en las que una sociedad tiene que afrontar una crisis, quizás la peor que tuvo que afrontar la sociedad argentina.

–Las crisis no les han servido a los argentinos para aprender y no repetir.
–El aprendizaje social no es acumulativo, pero, por otra parte, hay un reaprendizaje permanente. Las nuevas generaciones deben hacer su propia experiencia. No hay una acumulación.

–Da la sensación de que ha habido un cambio aunque no sustancial.
–Hay un crecimiento de la participación política, crecimiento de las organizaciones sociales. La preeminencia del Estado está cediendo parte a una presencia de las organizaciones de la sociedad civil. Algo está cambiando, pero no pensemos que es una revolución.

–No es precisamente la Revolución de Mayo lo que está ocurriendo...
–No, es apenas una intervención más activa de las organizaciones sociales en la solución de problemas, sobre todo en la reivindicación de derechos. La ciudadanía política fue creciendo históricamente desde el sufragio femenino, que permitió incorporar a más de la mitad de la población en la vida política. Pero hoy estamos asistiendo a una extensión de los derechos civiles, de la ciudadanía social y económica.

–¿No cree que muchas veces es una puesta en escena lo de la transparencia y apertura de los datos? Parecería que los políticos no se toman en serio el tema.
-Yo creo que sí, se lo toman tan en serio que por eso mienten; temen las consecuencias de transparentar esa información. El problema es que en el conflicto entre la legitimidad pública que puede producir ser transparente, y por otro lado revelar la verdad, el problema pasa por esa contradicción natural. Si alguien no puede explicar claramente cómo hizo su dinero, se las va a ver en figurillas por mostrarse como un funcionario probo, cuando no lo es. Por supuesto que mostrar es algo que vende políticamente, mostrar ciertos principios. Lo que sucede es que no se trata de mostrar cualquier información, sino la correcta. Si no, lo que se produce es una proliferación de datos que termina produciendo el efecto contrario al que se quiere lograr, desinforma.
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