A Fondo - infidelidad infidelidad
domingo 30 de octubre de 2016

Poliamor: ¿Se puede querer a más de una persona?

El poliamor supone mantener más de una relación simultánea, estable y sexual con el consentimiento de todos los implicados.

El imaginario colectivo está construido sobre la idea de las relaciones monógamas, del amor en pareja, a pesar de que el deseo y los afectos funcionan en realidad de manera distinta. ¿Quién no ha sentido atracción por otras personas pese a estar emparejado o ha encontrado dificultades para elegir a una sola de las que le gustaban? Las estadísticas constatan que la monogamia estricta es minoritaria; de ahí surge la necesidad de entender la alternativa del enamoramiento múltiple desde un perspectiva científica.

Algo falla en la casi universalmente extendida cultura del Arca de Noé, basada en el emparejamiento, para que emerjan otras opciones, como el poliamor a poliamoría, nacido en EE. UU. en los años 60. Los seguidores de esta corriente, constituida en un verdadero movimiento con sus principios teóricos y sus líderes, creen que una relación compuesta por más de dos personas es normal, inherente a la naturaleza humana, tan respetable como la monogamia y que ha estado presente en muchas épocas, aunque casi siempre de forma oculta, porque las convenciones sociales la sancionaban. Pero aun así, ha habido personajes famosos y rebeldes, caso del poeta inglés Shelley, las escritoras Anaïs Nin y Simone de Beauvoir y el filósofo Bertrand Russell, que se atrevieron a optar abiertamente por una relación múltiple como opción de vida.

Pero ¿se puede querer a dos personas a la vez y no volverse loco? Según los poliamorosos, sí. Terisa Greenan, una de sus promotoras, vive con dos hombres, a su vez enamorados entre sí. Esta directora y actriz norteamericana es la autora del serial semiautobiográfico de veintiún episodios Family: the Web Series, donde explora la relación de un trío de personajes –dos hombres y una mujer– que viven en Seattle. Para Greenan, la clave para que este tipo de vínculo funcione "es que cada uno de los implicados tiene que saber de la existencia del otro –u otros–. Y no puede haber escalafones, esto es, nadie es el primero, ni nadie el segundo. Así no se producen rivalidades, porque ninguno se siente celoso del otro. Todos saben que aportan cosas diferentes a la relación".

Un fenómeno creciente

Otra conocida que ha declarado públicamente su militancia poliamorosa es la actriz y modelo inglesa Tilda Swinton, que comparte su cama y su corazón con dos hombres. Pero el movimiento no es solo cosa de famosos. Según las últimas investigaciones, al menos el 5 % de la población estadounidense está inmersa en algún tipo de relación amorosa no monógama; en España, las cifras podrían ser similares. Esto indica que la sociedad se abre progresivamente a enlaces y opciones de convivencia más allá de la pareja tradicional.

Pongamos el caso de dos sujetos reales que llamaremos Andrés y María, para no revelar su identidad. Hasta hace unos años, formaban una pareja convencional, como tantas otras. Hoy, después de muchas conversaciones y acuerdos, se definen como poliamorosos. María propuso abrir la relación cuando descubrió que también estaba enamorada de otra mujer. Andrés aceptó cambiar el marco en el que se desenvolvía la pareja y, poco después, empezó a salir con una compañera de oficina, amiga de María. Esta, por su parte, terminó la primera relación y ha establecido un nuevo vínculo con otro hombre.

Andrés y María conocen a los otros compañeros y, de hecho, la relación ha estado cerca de convertirse en un trío, pues han compartido vacaciones y se han llegado a plantear vivir así. Para María, el éxito de la fórmula es la comunicación: "El poliamor exige más palabras que la relación tradicional. Invertimos mucho tiempo en explicarnos, en contar a los otros nuestros sentimientos. Pero vale la pena. Ahora sé lo que está pasando en todo momento, mientras que antes, cuando estaba sola con Andrés, no estaba segura".

La sinceridad es clave para evitar el modus operandi de la pareja convencional, en el que la infidelidad puede existir, pero se oculta. De hecho, la monogamia, como ya se ha mencionado, no es tan habitual como se dice. Según una encuesta de Sondea hecha en 2001 en España, la tercera parte de los entrevistados, tanto hombres como mujeres, habían sido infieles alguna vez. Pero a la pregunta de si tendrían una aventura fuera de la pareja sabiendo con seguridad que no iban a ser descubiertos, el porcentaje de infieles potenciales subía al 50 %.

Dos versiones de la historia

Creemos que somos monógamos por la capacidad para autoengañarnos acerca de nuestra incoherencia. Los antropólogos materialistas lo explicaron con base en las discrepancias entre el punto de vista EMIC y el ETIC. Marvin Harris (1927-2001), profesor de Antropología en las universidades de Columbia y Florida y uno de los científicos de la corriente del materialismo cultural, pensaba que todo fenómeno social tiene dos versiones: la de los protagonistas (EMIC) y la de los observadores externos (ETIC). Obviamente, estos dos puntos de vista no tienen por qué coincidir. Los miembros de la sociedad pactan una forma de ver cada situación que no necesariamente ha de corresponderse con los datos reales.

En el tema de la infidelidad, un investigador que adopte el punto de vista ETIC recogerá cifras y llegará a la conclusión de que es una práctica extendida. Sin embargo, si lo enfoca desde un ángulo EMIC preguntará a los miembros de una determinada cultura y llegará a la conclusión de que la monogamia es lo normal y los encuentros sexuales fuera de la pareja son debidos a algún problema en la relación o en la conducta de la persona infiel.

¿Por qué mantenemos ambos puntos de vista aunque sean antagónicos? Según Harris, los dos se pueden explicar por razones adaptativas y de supervivencia cultural en un determinado momento histórico. Ciertas funciones de la pareja cerrada tradicional –asegurar la sexualidad, mantener la autoridad cuando los cónyuges se convierten en padres, aumentar la probabilidad de que la herencia se traspase a personas con las que se comparten genes...– tuvieron mucho sentido en el pasado. Pero cabe preguntarse si hoy siguen siendo importantes.

¿Y qué pasa en la naturaleza?

Por otra parte, en El mito de la monogamia, David Barash, psicólogo de la Universidad de Washington y experto en conducta animal, y Judith Eve Lipton, psiquiatra del Swedish Medical Center en Washington, cuestionan la idea de que la fidelidad sea algo más que una cuestión social. Ambos autores citan numerosos ejemplos que demuestran que en la naturaleza, la exclusividad sexual es casi inexistente. Pese a que el comportamiento aparente de ciertas especies ha dado pie a algunos biólogos para defender que la fidelidad existe, las pruebas de ADN dicen lo contrario. Hay animales, sobre todo aves, socialmente monógamos, pero ninguno mantiene plena fidelidad sexual. Incluso los más citados como especies que conviven en parejas estables, como los gansos y los cisnes, son realmente infieles, según probó un estudio de la Universidad de Melbourne. Es como si esa diferencia entre una conducta monógama a nivel EMIC y una realidad promiscua desde el punto de vista ETIC fuera una constante en toda la naturaleza.

Dicen Barash y Lipton que, en términos evolutivos, a los machos de cualquier especie les conviene esparcir al máximo sus espermatozoides para asegurar la transmisión de sus genes. Por eso, sus cuerpos –las hormonas y el cerebro, base del comportamiento– están diseñados para la promiscuidad y son fácilmente excitables por los estímulos novedosos. Y según ambos expertos, a las hembras de algunas especies les pasa algo parecido, por ejemplo, a las mujeres; si no, no serían explicables ciertos rasgos físicos que parecen destinados a que ellas tengan muchas parejas sexuales.

Entonces, ¿por qué es tan difícil sacar del armario esta tendencia biológica a la variedad erótica? La respuesta es simple: los celos sexuales. Para Barash y Lipton, "el instinto que lleva a ser promiscuo es natural, pero la tendencia a odiar que tu pareja haga exactamente lo mismo también lo es". Y ese es el principal argumento en contra de la posibilidad real del poliamor: la dificultad para controlar los celos.

Se hacen los suecos

En 2005, la empresa de telefonía móvil Halebop hizo una encuesta sobre el respeto a la intimidad de las comunicaciones entre parejas suecas. Los investigadores se sorprendieron al constatar que un 64 % leía a escondidas los SMS o espiaba los mensajes del buzón de su cónyuge cuando iba al baño, mientras dormía o si se dejaba olvidado el móvil, y casi siempre de noche. En suma, los enamorados suecos, a pesar de pertenecer a una cultura escrupulosamente respetuosa de la libertad, actúan como los de cualquier otro país y se dejan llevar por los celos. Además, con alevosía y nocturnidad, porque se supone que ese sentimiento no pertenece a su repertorio. De hecho, a la pregunta de por qué violaban la intimidad ajena, la respuesta más común era que lo hacían por simple curiosidad. Solo una cuarta parte confesaba que les movían los celos.

En el sur de Europa, el fenómeno se admite con más desparpajo. En una encuesta de la Universidad Complutense de Madrid dirigida por el profesor de Psicología Florencio Jiménez Burillo, el 40 % de los entrevistados confesaban sentir muchos celos; el 30 %, bastantes; un 20 % decía que algunos; y solo una de cada diez personas declaraba estar libre del pecado de la sospecha. En suma, este instinto posesivo es un obstáculo para la relación multiamorosa.

Otra dificultad para el poliamor es lo complicado que puede resultar gestionar la organización de la vida diaria. Si ya la convivencia entre dos es compleja –se dice que "una pareja son dos personas que se juntan para dedicarse todo el tiempo a resolver problemas que no tendrían si no estuvieran juntas"–, cuando se trata de tres, organizar agendas, distribuir responsabilidades –por ejemplo, el cuidado de los niños– o decidir qué hacer con el tiempo libre exige hacer encaje de bolillos.

Difícil pero no imposible

A pesar de todo, hay gente dispuesta a afrontar los obstáculos con el fin de sacar adelante la relación. Para controlar los celos, hacen falta grandes dosis de autocontrol, como sabemos por el filósofo inglés Bertrand Russell y la aristócrata Lady Ottoline Morrell, que formaron una de las parejas más interesantes de principios del siglo XX. Su relación fue siempre compleja y apasionada, y trataron de encontrar un equilibrio entre el instinto posesivo y sus convicciones racionales de libertad.

Morrell estaba casada y mantenía una intensa vida social con los artistas del llamado grupo de Bloomsbury, con Aldous Huxley, con Winston Churchill... Cuando empezó a salir con Russell, este le pidió que dejara el sexo con su marido, que se distanciara del escritor Lytton Strachey y que se involucrara en menos proyectos –era una mujer muy activa y dinámica– para no quitar tiempo y energía a su relación. Pero, poco a poco, el filósofo se percató de que sus celos entraban en contradicción con sus ideas. En Matrimonio y moral escribió: "Una vida no puede fundarse en el miedo, la prohibición y la mutua interferencia de la libertad. No hay duda de que los celos mutuos generan más infortunio en la pareja que la confianza en la fuerza última de un afecto profundo y permanente". Así que decidió usar la fuerza celotípica para convertirse en mejor persona. En sus cartas vemos que evitaba la comparación y en cambio trataba de acentuar las cualidades propias para hacerse cada vez más autónomo y creativo. Empleó los celos que sentía como fuerza impulsora para escribir y así convertirse en un ser irreemplazable para Morrell.

La correspondencia refleja que su instinto de posesión le impulsaba a ser más auténtico. Era su táctica para convertirse en alguien especial: cuanto más se sentía él mismo, más sabía que era único para la otra persona. Así trascendía el peligro de ser reemplazado por potenciales rivales. El sentimiento de alarma actuaba como estimulante para explorar su propia personalidad.

En cuanto al problema logístico que supone la vida cotidiana a tres o cuatro bandas, lo esencial es que los involucrados sean capaces de negociar y llegar a acuerdos. Hace falta capacidad para resolver conflictos de forma asertiva, es decir, comunicándose sin tratar de imponerse al otro, sin agresividad pero también evitando la sumisión.

Varios formatos

Partiendo de esa base de comunicación, hay quienes marcan días específicos para estar todos juntos y otros que se alternan para convivir en parejas de forma igualitaria. O lo dejan al azar pero sabiendo que el reparto será equitativo. Algunos comparten piso, otros viven en casas separadas y hay quienes solo se juntan para viajar.

Por supuesto, la gestión de los celos, el estrés de una logística más compleja y el marcaje de la sociedad siempre pesan, pero eso ocurre con los movimientos minoritarios. Los estudios del psicólogo francés Serge Moscovici, director del Laboratorio Europeo de Psicología Social, sobre las personas que defienden posiciones no mayoritarias demuestran que, si resisten el clima de presión hacia los diferentes, pueden convertir su opción en algo aceptado cuando esta parte de la coherencia y la confianza.


Fuente: Muy Interesante

Fuente:

Dejanos tu comentario

Más Leídas