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domingo 26 de junio de 2016

Pequeño esbozo de las 7 vidas del peronismo

Tras la urticante gestión del kirchnerismo, y ante los casos de corrupción que le explotan, ¿habrá plafond para una octava vida?

El kirchnerismo es el experimento político más potente, urticante y discutible de los que se han registrado en la Argentina luego de que el peronismo primigenio, el del '45, diera vuelta a la Argentina como si el país fuera una media.

El peronismo de Perón y Evita, para bien y para mal, dejó inoculado al país con sus sustancias.
Así lo comprobamos todo el resto del siglo 20 y lo que va del 21, aunque ahora el kirchnerismo ha entregado ese corpus a la terapia intensiva, corroído por la corrupción.

Los anticuerpos de la sociedad fueron los que se encargaron de desplazar a un proyecto que bajo la idea de "vamos por todo" hizo de la impunidad un estilo de gobernar.

Circa los '60
Tras el golpe militar de 1955, devino, junto con la resistencia militante, lo que es en realidad el segundo peronismo, que dura hasta la caída del dictador Onganía en 1970.

Ese peronismo no tuvo poder real pero sí poder conceptual.

Fue la etapa donde el peronismo se reconstruyó desde el llano como mito político, con el dato saliente de que fue asumido por millones de jóvenes de la clase media y por intelectuales subyugados.

Fue la etapa en que el líder depuesto, pero siempre presente, atrapó con su imán político –por izquierda– a buena parte de la juventud, catalogada como "maravillosa".

Fue también el preciso momento en que empezó a jugar con la violencia como forma para volver al poder.

También, claro, fueron los años en que Perón preparó, ladinamente, la contraparte. Esto es, una derecha peronista armada y violenta.

Y fue asimismo el momento en que José López Rega, un personaje rastrero, ridículo, con ínfulas de brujo y que oficiaba de secretario privado, entornó a la mujer del líder, Isabel Martínez
A unos y otros usó Perón, según las circunstancias.

La cría de los contreras
La gran virtud del primer peronismo (1945-55) fue poner a la clase trabajadora como participante de peso en la agenda política.

Lo saliente del segundo peronismo (1955-70) fue que los hijos de "la contra", aquella que había sido perseguida y encarcelada, releyeron la historia y crearon el ambiente para que aquel líder que había sido defenestrado y vilipendiado tuviera su revival.

Con el inicio de los '70 se comenzó a percibir que la izquierda y la derecha peronista iban a dirimir su supremacía indefectiblemente. Y de la peor manera.

Perón los había dejado crecer con la idea aparente de que la vuelta al poder los iba a obligar a estar todos con los pies en el plato peronista.

El resultado fue un aquelarre maldito y violento del que todavía estamos pagando las consecuencias.
Al borde de la muerte, Perón supo que había abierto las puertas del infierno. Cuando quiso cerrarlas ("para un argentino no hay nada mejor que otro argentino") ya era tarde.

"Mi único heredero es el pueblo", dijo en el cenit, cuando en realidad la heredera real era su esposa, Isabel, una pobre mujer incapacitada para entender la complejidad del momento político.

¿Me entendés?
La dictadura militar que sobrevino llevó al paroxismo ese esbozo de guerra civil que había sido el tercer peronismo (1970-1976) y el país descendió, como pocas veces antes, al averno más temido.
El cuarto peronismo (1980-90) empezó de la peor manera.

Llegó a las elecciones de 1983 sin haber entendido que había otro país. Y que más que por candidatos, los comicios pasaban por nuevas concepciones. Y sobre todo por las ansias de vivir bajo el imperio de la ley y sin violencia.

El triunfo del radical Alfonsín fue el resultado de una lectura correctísima de la realidad que hizo el pueblo. El peronismo aún no había hecho su mea culpa.

El quinto
Así como en lo político Alfonsín fue un digno representante de su tiempo (el juicio a las Juntas fue aplaudido en el mundo), en lo económico terminó preso de ciertas incapacidades de su partido para ocuparse con éxito de la economía.

Una interesante renovación se empezó a vivir entonces en el PJ y el pueblo se dispuso a probar nuevamente el elixir peronista.

Pero hete aquí que el presidenciable terminó siendo uno de los personajes más pintorescos y a la vez macabros de la política argentina: Carlos Saúl Menem. Con él comenzó el quinto peronismo (1989-1999).

Menem fue un pragmático vivillo, un tipo de arrollador carisma, alguien que cautivó a todos por igual.
Al establishment, porque se puso a tono con los vientos liberales que soplaban en el mundo.
A los peronistas clásicos, porque jugaba con la idea de nacionalidad caudillesca.

Y al resto porque tras las hiperinflaciones del ocaso alfonsinista cualquier audaz con buena labia que nos ofreciera cierta estabilidad, baja inflación y posibilidad de comprar a cuotas, tenía el cielo ganado.
Muy pocos hubieran votado a alguien que ofreciera "sangre, sudor y lágrimas" para sacar adelante el país.

Menem tuvo la habilidad de husmear para dónde iba el mundo (privatizaciones, menos Estado, menos regulaciones) pero lo hizo de manera guaranga y sin escrúpulos republicanos.

Era imposible seguir manteniendo empresas estatales tan mal manejadas (desde YPF hasta los ferrocarriles), pero de ahí a rifar el país con cero visión social, no controlar a nadie y hacer la vista gorda con una corte de los milagros de variados corruptos había largo trecho.

Contá hasta seis
El sexto peronismo fue una mezcla. En un primer acto trabajó en las sombras para embarrar a la Alianza. Pero no tuvo mucho trabajo. De la Rúa se hizo implosionar solito.

El segundo acto lo protagonizó el barón del conurbano Eduardo Duhalde, quien mal que nos pese, en un año y medio logró tranquilizar al país y a los mercados y poner la piedra basal de una reactivación económica a caballo del "viento de cola" que ya empezaba a soplar por la notable revalorización del precio de los granos y alimentos que se vivió en el mundo.

El séptimo vástago
Así es como llegamos a Néstor Kirchner, puesto a dedo por Duhalde (al que luego negó como Pedro a Cristo), y al que eligió sólo el 22% de los argentinos.

El 25 de mayo de 2003 comenzó con Néstor una dinastía singular, a la manera de sus gobiernos en Santa Cruz. Tuvo la habilidad de poner a Roberto Lavagna en Economía, quien le ordenó los números, favorecido por los formidables rendimientos de los commodities.

Su esposa y senadora, Cristina Fernández, la más leída de los dos, fue la encargada de armar el mito, el relato. Ellos, hijos de los '70, venían a constituirse en la etapa superior del peronismo. Para ello había que olvidarse del pejotismo y crear algo transversal con los restos del radicalismo y con la izquierda, a la que cooptaron "porque nos da fueros".

Mientras Néstor, como hábil almacenero, llevaba en un cuaderno la cuenta de cuanto peso entraba a diario al Estado, comenzó una tarea de amedrentamiento con legisladores, gobernadores e intendentes.

Si estás conmigo y cerrás el pico, vas a tener plata. Si nos criticás, por mínimo que sea, sos boleta. Las leyes de coparticipación no importan. En realidad la ley somos nosotros.

Las áreas específicas donde estaba la plata grande para las obras fueron concentradas bajo el ala de Julio De Vido y el hoy famoso López. La coima fue el pan diario. Lázaro Báez y Cristóbal López entre muchos beneficiarios nos eximen de agregados.

Jugosos negocios particulares. Cuentas y bienes que crecían de manera escandalosa. Nada de eso pareció asustar ni a muchos militantes ni a las ONG de derechos humanos que rifaron su prestigio al asociarse grotescamente con el kirchnerismo.

Así, el octavo peronismo no está ni siquiera llegando al horizonte.
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