A Fondo A Fondo
domingo 16 de octubre de 2016

Papa dependencia

Hay cierto paroxismo sobre la influencia de los gestos y actitudes de Francisco en el devenir político de la Argentina

El papa Francisco es un faro privilegiado que ilumina a todo el mundo con inteligencia, solidaridad e interpelaciones morales. En la Argentina, sigue siendo un actor de política local demasiado zarandeado en cuestiones muy domésticas. La responsabilidad de esta distorsión, ¿es del Pontífice, de los dirigentes políticos vernáculos, de los dos?

Hasta horas antes del encuentro de ayer en el Vaticano, ministros, secretarios y protagonistas de peso del Gobierno nacional conversaban en reserva con periodistas con una suerte de tensión quinceañera, mezclada con ansiedad y sobreactuación para demostrar que estaba "todo bien". La, otra vez, impecable tarea de Susana Malcorra les auguraba un encuentro extenso (la línea de meta estaba marcada por los 22 minutos de la anterior reunión) y con caras cordiales ("tengan en cuenta que el Papa sólo sonríe en contacto con la gente común", explicó un periodista avezado que vive en Roma).

La cancillería aconsejó puntillosamente al Presidente sobre los modos gestuales y verbales para utilizar con el Papa y le aseguró un plafón de cordialidad garantizada por sus colegas diplomáticos del mini Estado europeo. Llamó la atención la decisión de Marcos Peña de no viajar, aduciendo un encuentro familiar.

El resultado del mitin fue bueno. Una hora de charla, la familia ampliada de Macri presente, un Pontífice más afable. Los exégetas vaticanos dicen que hay que hacer hincapié en el elogio de Su Santidad hacia María Eugenia Vidal y Carolina Stanley, gobernadora y ministra de Desarrollo. "El Papa destacó a los que están en la cuestión social. No a ningún Ceo", dijo una fuente desde Roma.

La pregunta de cierre del encuentro, la que el Presidente le hizo como esperando una suerte de bendición laica a la gestión, se resolvió con un "fuerza y adelante" de Bergoglio. De pura forma. Un dato: la Santa Sede no emitió comunicado alguno del encuentro. La foto final, debajo de un cuadro algo extraño que simboliza el amor cósmico de dos hombres como motor de la reconciliación. Eso dicen los que conocen los palacios principescos.

¿Por qué importa tanto que el Papa le sonría al Presidente? ¿Vivimos en un estado laico con predominio, es cierto, de una población católica, pero laico al fin? Si el Pontífice no hubiera semisonreído, ¿cambiaba el índice de pobreza o la incertidumbre por la inflación? El paroxismo de esta dependencia religiosa tuvo su clímax con declaraciones de un hombre cercano al líder pontificio desde sus tiempos porteños: "El Papa ayudará a que Mauricio Macri termine su mandato en 2019", dijo a un diario español Gustavo Vera, legislador capitalino y líder de la Alameda. Nadie, ni desde el Gobierno ni desde la oposición, hizo un solo comentario rechazando semejante disparate verbal.
Porque pensar que un Papa es el garante del estado de derecho argentino es un disparate. Nadie tampoco desde el Vaticano salió a desautorizar esa posición. ¿Eso se piensa allí?

No se puede discutir la valentía papal en los conflictos y temas centrales del mundo. Allí se lo vio a este argentino enrostrando a los líderes de la superpotencia su insolidaridad con los refugiados o pisando tierras minadas por las guerras sin importarle su seguridad personal. Pero en la Argentina, Francisco pulsa la tecla de la tensión política para, por dar dos ejemplos de los cientos que hay, no dejar de exhibir sus encuentros con intendentes o referentes peronistas bonaerenses o sugiriendo nombres para la Corte Suprema que, aún fracasados, respondían a una mirada sesudo garantista. ¿No es mucho?

Ya se sabe que la culpa del peso de las influencias recae más en el que se las carga al hombro que de quien la pretende ejercer. Eso supone el giro psicoanalítico de desprenderse de aquella culpa, reconocer que la conciencia de uno es la que evalúa moralmente un acto propio y no la mirada de los otros, aunque sea de enorme respeto para el resto.

Empresarios
La reunión número 52 del empresariado argentino que asistió al coloquio de Idea dejó la sensación de que los responsables y dueños de las compañías nacionales están contentos con el gobierno de Mauricio Macri pero que también tienen sus límites. "Hay esperanzas y optimismo. Hay también moderación en nuestro sentir", le dijo a este cronista uno de los hombres de mayor peso en los negocios privados. El Presidente sigue refunfuñando puertas adentro porque no se siente acompañado con quienes hasta hace poco eran sus pares.

La ovación de pie a María Eugenia Vidal fue llamativa si se la contrasta con los aplausos, cálidos, es cierto, que recibió el Presidente. La gobernadora de Buenos Aires goza de un prestigio que hasta a ella misma sorprende. Cabe recordar que llegó a la Ciudad Feliz a horas de haberse conocido una nueva amenaza del narcotráfico a su persona. No deja, sin embargo, de ser llamativo y saludable que en un ámbito como ese se salude con tanta vehemencia a alguien que expresa más principios morales que cambios efectivos en la gestión.

En el panel interactivo de Mar del Plata se propuso a los asistentes que votaran de manera anónima cuáles debían ser los roles del Estado, de las empresas y de la transparencia institucional como motor de cambio. Allí hubo casi coincidencia en destacar a un proyecto que garantice la seguridad jurídica y que promueve las actividades empresariales. "Para los que dicen que volvimos a los '90, les pido que miren dónde quedó el concepto de privatismo", expresó el responsable de una de las automotrices más grandes. Casi nadie pensó en un Estado desprendiéndose de sus funciones esenciales en materia de servicios públicos.

Sin embargo, el momento de más interés fue el que abordó la corrupción. Cuando se superaron los lugares comunes de la discusión ("hay que comprometerse todos con este tema", "la corrupción nos inmoviliza") Miguel Arrigoni, de una consultora muy conocida, soltó ante los verdaderos dueños de la riqueza argentina: "Nos hemos acostumbrado tanto a la corrupción en la Argentina que ya ni sabemos en dónde queda. ¿Cómo hacemos para explicarles a nuestros hijos que hemos cometido un acto de corrupción? Llegamos a casa y no hablamos de eso. Y los empresarios miramos para otro lado porque, si no, te hacen de goma. Una de las cosas que promete este Gobierno es encarar la corrupción como un tema global". Pocas veces se escuchó un silencio tan atronador.

La corrupción es un tema cultural, concluyeron los empresarios. Pero se dieron por incluidos en esa cultura en donde, a decir de Cristiano Ratazzi, "muchos ceden ante quien te garantiza que consigue un trámite en dos días que de hacerlo por el canal que corresponde puede demorar meses". No obstante, difirieron en la forma en que se debe atacar la corrupción. La mayoría apuntó a la educación, a las costumbres. Otros, los más directos, dijeron que mientras que no haya sustento de mejoría económico, lo social, lo político y lo educativo quedarán como prioridades retrasadas.

Como con el Papa, el problema de la corrupción no es sobre si te acepta o no. Es sobre si la mirada ajena preocupa. Olvidando que en cuestiones de moral y transgresión de la ley el perjuicio se causa cuando se los transgrede y no cuando se es descubierto.
Fuente:

Dejanos tu comentario

Más Leídas