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viernes 24 de junio de 2016

Olores y demás fobias que afectan a las personas mientras trabajan

La diversidad también está presente en cada persona que marca una diferencia en su percepción del mundo que lo rodea. Se trata de todo un desafío para RR.HH.

Suzanne Lucas es una columnista norteamericana de la revista Inc. que se dedica a sacar el polvo debajo de las alfombras de las empresas. Para ratificar su papel, en su cuenta en Twitter aparece algo así como "La Dama Diabólica de Recursos Humanos". No está mal. Es higiénico, porque pone al descubierto lo que no se ve. O no se huele, en esta ocasión, porque una lectora de su columna expuso un caso personal referido a las fragancias.

Se trata de una empleada a la que le afecta mucho oler los perfumes. Le producen dolores de cabeza y mareos si tiene alguien cerca que la invada con los aromas de las infusiones exquisitas que ha derramado por su cuerpo, luego del baño matinal. Su dolencia se manifiesta también con los desodorantes fuertes. Su jefe le permitió que pusiera un cartel: "Zona libre de fragancias", como suele hacerse con el olor a tabaco, pero no tuvo mucho éxito.

La empleada culmina su relato con una pregunta: "¿Qué hago?" Es un caso práctico, que invita a resolver el tema desde varios puntos de vista, imposibles a desarrollar aquí.

Lo que claramente indica, dando un paso atrás y mirando el conjunto, es que la variedad de una población laboral es infinita, en tanto se atienda a cada individuo en particular. La aceptación de la diversidad, felizmente en boga hoy día, no es una tarea simple, porque no se trata solamente de etnias, costumbres, personalidades o conductas, sino de características fisiológicas. Algo tan simple como tener una sensibilidad especial respecto de las fragancias puede convertir la vida en un infierno.

Lo mismo sucede con las fobias que, por lo general, tienen orígenes difíciles de detectar. De un modo u otro son personas que están en condiciones desfavorables, con incapacidades (o "capacidades diferentes") que les impiden ocupar algunos puestos. O ninguno, porque el uso de perfumes está tan bien visto en la sociedad que la empleada pasa a ser un "bicho raro". No se la entiende.

La masificación consiste en que todos deben estar en sintonía con lo que se debe hacer, y es precisamente este punto lo que atenta contra la aceptación de la diversidad. Véase que, por lo general, los olores están ausentes como preocupación en las organizaciones. Salvo en los casos donde se manifiesta lo notoriamente nauseabundo, el resto es parte de un paquete natural.
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Y en esta diversidad encontramos de todo, desde felicidades hasta infortunios. Existen quienes, al ingresar al taller de una fábrica, quedan fascinados por las emanaciones leves de aceite, algo así como la sangre que circula por la producción. Es muy habitual que sea un goce el olor a tinta de las imprentas, aun para los periodistas que habitualmente trabajan en oficinas pulcras. O los médicos con verdadera vocación de médicos, cuando recorren los pasillos de los hospitales. Lo que se huele confirma que se encuentran en su ambiente, su lugar y misión en el mundo.

Cuando esto no ocurre hay que poner en duda la relación con el trabajo, tal como le sucede a aquel que se despierta a la mañana, aspira la humedad del pasto o de los árboles y se conecta con la naturaleza. O la cocinera que disfruta de las ollas y sartenes en plena ebullición.

En la novela El perfume, de Patrick Süskind, un best seller de los años 80, el protagonista vive a través de un único sentido, el olfato. Su mayor problema es que él mismo carece de olor y por lo tanto es ignorado. Los perfumes, las fragancias, los olores, nunca son temas de los seminarios de management. Están desaparecidos. Pero existen, aunque sean invisibles.

Fuente: La Nación
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