A Fondo A Fondo
domingo 03 de julio de 2016

Nombrar o rebautizar la realidad con su nombre

Un singular debate cae sobre el espinel kirchnerista por haber dejado un reguero de bienes públicos con el nombre de Néstor

El culto al personalismo es un virus jodido que suele atacar al corpus democraticus, sobre todo en épocas de populismo.

En las dictaduras, o en gobiernos elegidos legalmente pero luego desbarrancados hacia el autoritarismo, como es el caso de Maduro en Venezuela, el personalismo es tan necesario como el aire para respirar

Los Kirchner llevaban ese virus personalista en la sangre.

Néstor lo licuaba con su picardía de cuño menemista.

Sus maldades –como las que le hacía a su vicepresidente Daniel Scioli, ninguneado y denigrado hasta la desesperación– podrían considerarse incluso como caricaturas, es decir bajezas políticas pero contadas al modo de la comedia italiana.

Cristina, en cambio, enfatizaba ese virus personalista y estaba orgullosa de ponerle a todo su sello y su figura. Porque ella es una mujer dramática.

Actriz exitosa
Adrián Suar dice (y jura que no es una crítica) que Cristina Fernández es una formidable artista y que a él le gustaría tenerla en alguna novela de su productora Pol-ka.

Antes, en los radioteatros, a esas mujeres bravas se les llamaba "actrices de carácter".

Cristina ha preferido en cambio autodefinirse como "una abogada exitosa", a pesar de que su historial por los pasillos tribunalicios es prácticamente nulo.

El desfile
Un singular debate ha comenzado a caer sobre el espinel K en estos días en que los Lázaro Báez, los José López y los Ricardo Jaime, entre otros, ya están en la cárcel.

Es una discusión que crece al mismo tiempo en que un team de funcionarios kirchneristas está siendo imputado y procesado en los juzgados federales por delitos vinculados a la corrupción.

Y que coincide, además, con la caída entre rejas de personajes filopolíticos, como Pérez Corradi, y de otros figurones cuyo historial de nuevos ricos coincide con la explosión del narcotráfico que se ha verificado en el país en la última década.

¿Me permite?
La discusión aludida podría sintetizarse en esta idea: ¿es sano para la democracia que el anterior gobierno se haya ido dejando designado por todo el país el nombre de Néstor Kirchner en barrios, escuelas, terminales de ómnibus, centros culturales, guarderías o avenidas?

¿Es prudente, además, que haya sido su propia esposa, Cristina Fernández, desde su cargo de presidenta de la Nación, la que haya impuesto –en muchos casos manu militari–esos nombres para luego premiar con fondos a los que aceptaban la denominación y sin fondos a quienes la cuestionaban?

Malditas formas
El reparo institucional de no ponerles nombres de funcionarios de reciente desempeño a calles o instituciones públicas tiene una potente lógica democrática.

Es para dejar que se aquieten las aguas que han rodeado al gobernante de turno y a sus principales colaboradores y para que decanten las polémicas o investigaciones que se puedan abrir en la Justicia, en los entes de control o en la prensa.

Dicho de otra manera: ese recato republicano es para evitar que pase lo que ahora está ocurriendo.

Pasame la lupa
La revisión que la Justicia penal está haciendo de las gestiones de Néstor y de Cristina, a partir de la catarata de denuncias que los jueces han empezado a activar (muchas de las cuales fueron presentadas hace 8 o 10 años en juzgados ganados por la cobardía), está sacando a la luz lo que la prensa independiente se cansó de contar durante el kirchnerismo.

Esto es: la connivencia del poder K con particulares para obtener, entre ambos y en un salvaje toma y daca, muy buenas tajadas de la multimillonaria caja de la obra pública.

El enriquecimiento de la ex presidenta y de su marido, que prácticamente desde el retorno a la democracia trabajaron solamente para el Estado, es tan alevoso e imposible de entender como el de gente como Lázaro Báez o Cristobal López, que de austeros cajeros de banco pasaron a ser multimillonarios empresarios debido a sus contactos con los Kirchner que los beneficiaban con la adjudicación amañada de obras.

Reguero nestorista
En realidad, la designación de sitios públicos con el nombre de Néstor Kirchner comenzó mucho antes de la muerte del ex presidente.

Pero se extendió de manera alarmante en las gestiones de Cristina Fernández.

A tal punto cundió esta movida que muchos municipios del país le pusieron Nestor Kirchner a sus centros de salud, a sus plazas, a sus terminales de ómnibus o a sus avenidas, con la única finalidad de asegurarse que desde la Casa Rosada les llegaran partidas.

Algunos intendentes lo hicieron con cierta vergüenza, pero otros no tuvieron empacho en exhibirse como aduladores de la peor calaña, remedando a aquellos funcionarios chupamedias de Carlos Menem que en los '90 pusieron de moda eso de autocalificarse de "recontra alcahuetes" del riojano.

Subió a los cielos
Cómo no recordar otros exabruptos de gestión, como la utilización de fondos públicos para la filmación de Nestor Kirchner, la película, de Paula de Luque, una exaltación del ex presidente que de tan grandilocuente y exagerada terminó convertida en un documental ñoño y ridículo, con Néstor poco menos que subiendo a los cielos como un nuevo Jesucito, santacruceño eso sí.

Previamente, ese documental le había sido encargado al cineasta Adrián Caetano, quien intentó presentar al personaje con sus luces y sombras, como hace cualquier artista que se precie.
Le sacaron tarjeta roja. Sólo hay lugar para las luces, le dijeron.

El revival de Roca
En medio de este debate que se ha abierto en el país con tanto bien público bautizado Néstor Kirchner, llama la atención la reaparición de algunos intelectuales de Carta Abierta.

Que nadie crea que esos pensadores han salido a la palestra con alguna autocrítica ante los hechos de corrupción K.

Por el contrario, esa nunca bien ponderada usina intelectual, cuya tarea ha sido la de alimentar el "relato" de los supuestos sucesos heroico de los 12 años K, se planta en sus trece y asegura que los hechos de corrupción de los López y de los Lázaro no manchan para nada todo lo bueno realizado por Néstor y Cristina.

Y, créase o no, Carta Abierta asevera que el macrismo y la Justicia están realizando contra el kirchnerismo una nueva versión de la Campaña del Desierto.

Con la diferencia de que ahora ya no hay Roca ni indios, sino un grupo de pitucos que "buscan neutralizar y apartar del territorio a quienes con su osadía" –los K– "se animaron a decir algo sobre los aparatos de verdad preexistentes tanto económicos y jurídicos como comunicacionales".
Del latrocinio de bienes públicos y de los millones de dólares revoleados al convento, ni hablar.
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