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lunes 10 de julio de 2017

No escuchamos y, lo peor, tampoco sentimos

Es tan frecuente el dato de que la pobreza alcanza al 30% de la población argentina que cada vez nos resulta más intrascendente

En inglés y en castellano. Con perfume francés. Igual no escuchamos y lo peor, tampoco sentimos.

Decía Borges con su cáustico humor que si nos contaran todas las advertencias que enuncian las elegantes señoritas de la tripulación de cualquier vuelo, antes de subirnos a la nave, en vez de cuando ya no tenemos posibilidades de arrepentirnos, probablemente desistiríamos de tal propósito.

Preferiríamos desplazarnos por otro medio que no sonara tan amenazante o acaso elegiríamos quedarnos quietos adonde estamos.

Solemos pensar que con tantos datos, dichos de modo inexpresivo y con gestos tan mecánicos, difícilmente nos serán de utilidad ante una catástrofe.

Las salidas de emergencia cobran aspecto de pura utilería, y -aunque no conscientemente- consideramos que tanta señalización está concebida para otros, no para nosotros.

Tal vez ante un episodio de turbulencia, tratamos de recuperar de nuestra memoria las indicaciones, pero eso no dura mucho más que el tiempo que usa el piloto para poner en práctica su dominio y consigue volver a estabilizar el avión. Más de una vez supuse que eso ocurría porque no llevaban a bordo café o la suficiente bebida.

Las estadísticas nos consuelan durante algunos momentos y una vez en tierra, nos olvidamos que estuvimos varios kilómetros por encima de los techos de los edificios y que atravesamos nubes sin necesidad de anular la respiración

Ya en casa o en el destino, descubrimos que entre tantas consideraciones y recomendaciones, omitimos una: olvidamos "los efectos personales" arriba de la aeronave. Por caso, el libro en el buche del asiento de adelante, ese que se reclina demasiado cuando pretendemos mirar algo en la pantalla o estirar las piernas.

Resulta inquietante, después de haber llegado hasta la página 342 de la novela policial, especular cuál será el desenlace final, apenas faltaban 5 páginas. Y esto por soslayar el mensaje de la ayudante de abordo.

Nos explica Marvin Minsky en su libro "La máquina de los sentimientos", que efectivamente, el sonido reiterado, de ritmo constante, al poco tiempo se convierte en imperceptible. Ejemplo cotidiano podemos observar con el sonido que produce activar la luz de giro o la de la baliza del auto. La intermitencia que en principio puede fastidiar, a escasos minutos se oculta bajo el caudal de ruidos urbanos, y continuamos en línea recta pero engañando al resto de los transeúntes y todo, sin el menor propósito.

Esto también se inscribe en lo que tan bien nos explica Facundo Manes en "Usar el cerebro".

Tenemos la presunción de ser animales supra conscientes, sin embargo, la mayoría de nuestros actos cotidianos, están inscriptos en nuestra memoria rutinaria y perderíamos la cordura si reflexionáramos sobre cada movimiento que producimos durante la vigilia.

El complejo mecanismo que nos permite pensar y nos otorga la vitalidad motriz requiere de una función esencial para continuar: desconocerlo.

Esto que podría significar una ambigüedad o peor, una contradicción, es lo que nos permite vivir: Omitir el sofisticado mecanismo que nos constituye.

Y sí, vivir significa también despojarnos de nosotros mismos para tomar contacto con el ambiente y con el otro.

Escuchamos con tanta frecuencia y tan carente de dramatismo genuino eso de que la pobreza en la Argentina alcanza al 30 por ciento de la población, que empieza a resultarnos tan intrascendente como cuando la aeromoza nos pregunta si con azúcar o con edulcorante.

No todos, claro. Hay quienes se sensibilizan y con honestidad trabajan para revertir o al menos para ayudar a paliar esta dura situación. Pero son demasiados los que no. Muchos los que con desparpajo y deshonrando el lugar que ocupan, no lo ocupan.

Mientras el calendario nos ubica en medio de recordaciones independentistas, de fechas cargadas de sentido histórico para la humanidad, parece difumarse la igualdad, la libertad se concentra en beneficio de pocos y la fraternidad está en nuestro gesto cotidiano, pero la llevamos en modo avión.

Mientras las turbinas giran y el ruido se hace insoportable, se me ocurre especular que aquellos que hace 201 años aportaron su pensamiento y algunos su vida por nuestro presente, si les hubiesen advertido cómo íbamos a tratarnos entre nosotros, hubiesen desistido del viaje. Porque con el treinta por ciento en lista de espera, se hace imposible despegar.

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