A Fondo - Vendimia Vendimia
martes 14 de marzo de 2017

No es mala leche, es ricota

La enorme coincidencia de volver a equivocarnos.

Durante demasiados años quiso asociarse la palabra "indio" a la negación de un Dios.

También la similitud entre las palabras "indio" e "indígena" sirvió de excusa para confundir y a la vez, agrupar a todos aquellos que eran distintos. Un caprichoso resumen antropológico y semántico. Algo de anfibología viene bien.

De esa manera, el sojuzgamiento -y tampoco el genocidio- necesitó distinguir entre los nacidos por aquí y los que habían nacido en un lugar distinto a Europa. Paradoja: los hijos de la civilización cometieron atrocidades típicas de la barbarie, sin discriminar entre indígenas e indios. Mímesis perversa.

Aunque todo parezca un gran enredo, estoy seguro que igual nos vamos a entender

En pocas ocasiones la palabra "ídolo" cobra tanta contundencia como ocurre en Argentina con Carlos "el Indio" Solari.

Esa deidad fantasmal, ese reflejo, ese anverso del Dios de la religión, se corporiza en una figura que en nada se emparenta con el modelo. Y hay que hacer ingentes esfuerzos para encontrarle algún rasgo que justifique llamarlo indio.

Podríamos confundirlo más bien con un obrero o un mecánico en su día de descanso. Por lo impecable de su mameluco y el movimiento para nada osco de sus manos.

Su aspecto de hombre común contrasta con el de cualquier estrella de rock.

El músico se las ha ingeniado para construir un personaje inabordable, inalcanzable y tan hábil que hasta supo despojarse de la banda que lo catapultara.

Enigmático. De infrecuente aparición pública. Calvo, delgado y sin ningún instrumento en el que sujetarse, hechiza a la multitud. Impresionante. Sólo él puede convocar a tantos.

Pudo ser peor. El lugar no era apto. Demasiado barata la sacaron. Menos mal que no se portan mal los que sabe cómo hacerlo.

Por qué y para qué van a esa misa, es la pregunta recurrente que nos hacemos los carentes de fe ricotera.

Los que sólo hemos asistido a esa misa en calidad de curiosos analfabetos, no podemos atisbar qué sensación provoca.

Cómo exorciza al crimen burgués, con un sonido tan deficiente. Cómo cautiva las miradas y las sujeta, si acaso sólo se intuye a través de pantallas de escasa definición.

Y cómo puede mantener el perfil de rebelde anti sistema, cobrando oneroso valor a miles de entradas, aunque luego se sepa que permitirá, como en la universidad estatal, ingreso irrestricto y gratis

Una precariedad gigante de limosna millonaria.

Los que no alcanzamos a comprender lo que provoca ese dios, dios que habita el cielo navegando un jet privado, dejamos de ver a los más de doscientos mil coreutas para concentrarnos en sólo dos, en apenas dos, en la ausencia de dos.

Pudo ser peor.

El desdén y la desidia; la irresponsabilidad y la indolencia organizativa; La ausencia de un plan de contingencia riguroso. La hipócrita rebeldía inconducente; Todo indica que sí, fue un milagro que sólo dos dejaran de escuchar al Indio y su moral ambigua, antes de que terminara el recital. Tan evitable como imperdonable.

Pudo ser peor. Siempre cabe la posibilidad de que todo sea aún más doloroso y trágico, pero también pudo ser un buen concierto, repleto de poesía tejida en un sonido espléndido.

Pudo no haber fuego en Cromagnon; ni techos agitados de escenarios en vendimia; ni grúas precipitándose en el teatro. Pero hubo.

Y que la muerte apareciera en Olavarría, no es un designio divino.

Hay un ladrón en esa cruz. Actúa en la eternidad y al pie estás vos tan ciego
jugando al mercader. (*)

No es una denuncia. Es una descontextualizada estrofa de una canción del Indio, una de las muchas que apenas dos personas de entre cientos de miles, no volverán a escuchar jamás.

Una verdadera pena. Una pena de muerte.

(*) fragmento de: NO ES DIOS TODO LO QUE RELUCE

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