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domingo 11 de junio de 2017

Nada

NADA. Las palabras, los gestos verbales, la construcción semántica también obedece a una "época". A un tono de época. Responde a una atmósfera que nos cuesta definir pero no respirar.

Fue sobre el final del siglo, y cuando el milenio estaba desahuciado .Mientras discutíamos si terminaba en 1999 o en 2000 el tiempo de los tiempos, se degradaba todo, inevitablemente.

Lo cierto es que ahí, cuando la centuria se iba resbalando con vértigo en el tobogán del calendario, apareció como respuesta final; respuesta conclusiva, síntesis y resumen de todo; el resumen de todo quedaba atrapado en una palabra. El término: "nada".

¿Qué inventamos por entonces?. Nada. Gilles Lipovetsky ya en 1983 nos trajo adentro de su texto "La Era del Vacío" un adelanto de lo que íbamos a lograr si continuábamos por la senda que conduce a ninguna parte. Decía que imperaba el principio de seducción, sustituyendo al de convicción.

Nada reemplazó a etcétera. También subrogó al "vaya a saber qué pasa" y todo se redujo a la expresión "y...nada".

Sería conveniente investigar si fue un cliché del mundo de la farándula que se expandió hacia toda la sociedad, o acaso todos habían elegido ese modo que no se sabe muy bien si es exacerbar el existencialismo más nihil o acaso la postmodernidad se cobraba una víctima nueva con nuestro idioma.

Nada como pronombre indefinido. Nada como adverbio. Nada inclusive como sustantivo femenino. Tampoco es el verbo en tercera persona, singular, que indica desplazamiento en el agua. Nada de eso.

Y...nada.

La habitualidad. La frecuencia con la que se repite el mismo sonido lo convierte en imperceptible para la razón, o al menos para la reflexión.

Me sacudió intensamente cuando, entre la siempre buena prosa de Caparrós y en aquél tiempo en el que compartía cartel con Jaime Bayly, incorporó en sus artículos ese gesto que de lo oral pasaba a dibujarse en las letras: Nada.

Quizá describió el corolario de lo que terminó siendo aquella democracia de flexibilidad laboral y tarjeta de débito generosa para con los republicanos congresales. Nada. Algo así como aquél viejo "y qué querés que te diga", pero en clave económica.

Nada.

Stanley Kubrick había presagiado en celuloide aquella magnífica Odisea, planteada en el otrora futuro 2001. La pensó en el espacio, con dirección a Júpiter y con la noción de que la evolución es inexorable.

Pero la odisea (la nuestra) no fue un viaje, ni una transición, ni la desconexión de la insensibilidad. De ninguna manera evolución. Fue la quietud de la política y la reacción desesperada de corralitos, dólares ajenos y la más angustiante de todas las amenazas. La inmensidad de la nada.

Explorando el presente hay quienes no encuentran similitud entre el hoy y aquél tiempo de poner caricaturas adentro de las urnas. O peor, tiempo en el que había miles de sobres y adentro de cada sobre: nada.

Acabamos de chocar con los datos que arroja Unicef y que repetimos por todos lados como esos jingles que nos invaden la mente y los rememoramos involuntariamente.

Producimos alimentos para diez países como el nuestro, o tenemos la capacidad de hacerlo. Pero decidimos que no vamos a alimentar al 50 por ciento de los chicos de un solo país, del nuestro. ¿Y entonces?. Nada

Ha resucitado en las conversaciones ese gesto que asume el desdén y la ausencia de audacia en pensar diferente. Bueno. Nada.

La biblia del existencialismo sartreano ha sucumbido. No es la libertad,- y mucho menos el éxito presagiado por aquél interino mandatario- lo que nos espera con los brazos abiertos.

Ante tanta incertidumbre, sólo podemos estar perfectamente seguros de poco. Estamos condenados a NADA.

Algo deberíamos hacer ¿si?. Bueno. Nada.

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