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domingo 13 de noviembre de 2016

"Muéstrame a una persona sin ego y te mostraré a un don nadie"

La frase le pertenece y lo define tal cual es al presidente electo de Estados Unidos, un hombre tan obsesivo por el dinero como por colocar su nombre en los lugares más importantes y famosos

Cuentan que cuando estaba en segundo grado golpeó a su maestro de música y le dejó un ojo morado. A los 13, sus padres lo retiraron de la escuela por problemas de conducta y lo enviaron a la Academia Militar de Nueva York. Ese niño, que ahora tiene 70 años y asegura poseer una fortuna de U$S10.000 millones aunque las revistas especializadas dicen haber confirmado sólo U$S4.500 millones, es el presidente electo de Estados Unidos de América.

Donald John Trump ha tenido dos obsesiones en su vida: el dinero y poner su nombre en la mayor cantidad de lugares posibles y cuanto más grandilocuente sea el lugar donde lo inscriba, mucho mejor. "Muéstrame a una persona sin ego y te mostraré a un don nadie", dijo alguna vez, entendiendo el egocentrismo como una virtud y una cualidad indispensable para un hombre de éxito.

Esta semana Trump alcanzó su objetivo máximo. Le puso su nombre a la presidencia de Estados Unidos. Ya no le quedan más lugares en donde anotarlo con letras grandotas, ya que Papa no podrá ser (aunque quizás lo intente). "Dios existe y debo ser yo", habrá pensado seguramente, alguna vez. El poder y el dinero sólo son una herramienta para satisfacer su ego. Sólo ha querido ser Zeus. Estar junto al resto de la mitología no era suficiente para él.

Así como la mayoría de los multimillonarios prefieren figurar lo menos posible, por más que se sepa o intuya su influencia y que otros operen o pongan su cara representándolos, Trump ha hecho todo lo contrario. Siempre ha querido que su nombre y su cara sean las visibles, las únicas. Ego. Puro ego. Hasta prefiere el escándalo antes que la indiferencia. El odio antes que el desinterés. Y así ganó. Por eso será el presidente 45º de EE.UU., más allá de todos los análisis políticos y sociológicos que puedan hacerse.

Sin modestia
Donald Trump se califica de "la definición de una historia americana exitosa". El 16 de junio de 2015, cuando en la ciudad de Nueva York anunció que había decidido competir por la presidencia sin haber participado nunca en política, hizo una declaración que definiría toda su campaña y, posiblemente, también marque su mandato: "El gran problema de este país es ser tan políticamente correcto". Y en los siguientes 16 meses, hasta las elecciones del pasado martes, con definiciones polémicas y agresivas, logró que la atención del mundo estuviera especialmente depositada en él y que Hillary Clinton tratara de ser apenas su contracara.

"No lo he tenido fácil. Comencé en Brooklyn. Mi padre me hizo un pequeño préstamo de un millón de dólares para que pudiera empezar", dijo en alguna entrevista hace algunos años. La mayoría dice que Trump es el "niño al que le han dado todo hecho", pero él sostiene que su fortuna es fruto de su propio esfuerzo. "Un millón de dólares no es mucho comparado con lo que he creado", afirma.

Quizás no exagere. Aquel niño que recibió ese millón de dólares de Ted Trump, hijo de un inmigrante alemán y dedicado a los negocios inmobiliarios, multiplicó por cientos ese dinero.

A diferencia de su padre, que prefería pasar desapercibido, Donald es escandaloso al extremo, mediático y tiene la imperiosa necesidad de llamar la atención constantemente.

Como su padre, Trump basó sus negocios en el sector inmobiliario. Hoy es dueño de 15 rascacielos y hoteles, 17 canchas de golf (su deporte favorito), tres casinos y una mansión de 4.000 metros cuadrados cubiertos en Palm Beach, Miami, en donde vive. Además escribió (o hizo escribir a su nombre) 18 libros, la gran mayoría como guía para ser exitoso y millonario y gran parte ellos fueron best sellers.

Pero también tuvo quiebras millonarias en algunas de sus iniciativas, gracias a algunas maniobras financieras y algunos acuerdos con el Estado.
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