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domingo 17 de julio de 2016

Mauricio y Alfredo no saben mentir ni al truco

¿Mérito o ingenuidad política? El primer cacerolazo por el gas exige al Gobierno ajustar sus puntos de contacto con la sociedad

Nos cuesta, a los periodistas de estas latitudes, abocarnos a las menudencias cotidianas teniendo como telón de fondo las calamidades planetarias.

La matanza de Niza y la cruenta asonada de Turquía definen un estado de cosas en este tramo del siglo.

Argentina, aunque suene a paréntesis burlesco, también viene siendo noticia en el ámbito internacional.

El país asombra, pero por otras razones, más bochornosas.

Se ha vuelto una tierra de fantasía. Una cueva de Alí Babá donde aparecen, día tras días, bolsones repletos de dinero en una cantidad y en una variedad insólitas de recovecos que no hubiera podido imaginar ni la más loca película de piratas.

En conventos, valijas diplomáticas, repisas de baño, cajas de seguridad, pasillos de bancos, piezas de hoteles... afloran ladrillos de billetes, por lo general, termosellados, lo cual le da otro estatus al acopio brumoso.

Están filmados, fotografiados. Un simple razonamiento lógico permite deducir que debe de haber una cantidad infinitamente mayor discurriendo por canales subterráneos.

Por las cloacas más oscuras de la Argentina perpetuamente en crisis.

"Si los políticos dejamos de robar durante dos años, se arregla la crisis", dijo el filósofo Luis Barrionuevo.

Fue hace 17 años. En vano.

Los políticos siempre mienten
"Por qué mienten tanto" se titula un artículo firmado por Miguel Ángel Quintana Paz, profesor de Ética y Filosofía Política, aludiendo a los políticos, en El País de Madrid.

Comienza diciendo: "Los políticos siempre han mentido. Y, lo que quizá es más curioso, los filósofos casi siempre han aceptado que no podía ser de otro modo".

La cosa se complica si, además, tenemos en cuenta, con Quintana Paz, que "en democracia todos somos un poco políticos y por ello no nos llevaremos las manos a la cabeza si se ha extendido un tanto por doquier el hábito de mentir".

¿Cómo sembrar en ese humus?

Ni truco ni vender humo
El presidente Mauricio Macri llegó al poder con una consigna lapidaria, un lema de hierro: Cambiemos.

Propone algo nuevo. Por ejemplo, unir el país. Combatir denodadamente la corrupción. Y no mentir.
Lo acuñó, de manera folclórica, en su discurso del Bicentenario: "Hay un juego de cartas que a mí me gusta mucho: el truco. Pero no se aplica a la vida. Uno no puede andar día a día cantando falta envido sin nada, no puede hacer señales falsas".

Cumple. Hoy el INDEC mide la inflación por encima de las consultoras privadas. De ciencia ficción.
El gobernador Alfredo Cornejo, a su vez, uno de sus principales socios políticos desde hora temprana, participa del mismo espíritu. En diversas ocasiones, para referirse a su antecesor peronista, deploró el llamado "populismo vendehumo".

Lo dice con indisimulada repulsa.

Cornejo, más que Macri, se comunica con sinceridad brutal.

No promete un caramelo, siquiera, si no lo guarda en la mano.

¿No se les habrá ido la mano?

Mauricio y el gas
La principal objeción a Macri surge hoy por su manejo del asunto tarifario. Con foco en las boletas de gas.

Existen pocas dudas acerca de la necesidad imperiosa que tiene el país de sincerar sus precios internos. Entre otra cuestión, para reanimar su producción y volver a tener, en algunos años, soberanía energética.

Pero la crueldad con que se inició el proceso puso al Gobierno de cara a la sociedad en un santiamén.

Sufrió su primer cacerolazo en apenas medio año de gestión. Y no fue por agitación de La Cámpora (cada vez más igual a la patética Armada Brancaleone) ni a los grupos de izquierda, que han hallado un nicho donde moverse con comodidad.

Obedeció a una comprensible angustia de la gente que, hasta el momento, había sido bastante comprensiva con el Gobierno ajustándose calladamente el cinturón.

El ministro de Energía, Juan José Aranguren, queda como el villano de la película. Y está bien. Operó al enfermo con serrucho, pico y pala, cuando debió haber utilizado los finos instrumentos y la mano de seda de un neurocirujano.

Resulta cómodo ponerlo ahí. Pero Aranguren no es el culpable.

Culpable básico es el Gobierno por su nula cintura política. Por su tremenda torpeza para leer la temperatura social.

Alfredo a cara de perro
Cornejo, mientras tanto, confirmó su crudo diagnóstico: no reabrirá la discusión paritaria con los estatales y, de paso, vendió, en un foro nacional, las bondades del ítem aula.

Es su carta de presentación. Su cara de perro. Su firmeza para mantener el timón sin que se hunda el bote.

Algunos correligionarios a veces se saltan la tapia. Como la vicegobernadora Montero proponiendo construir una nueva Legislatura a un costo de 4 millones de dólares.

No es el momento. Justo cuando se le está pidiendo un enorme esfuerzo a toda la sociedad.

Ahora bien: ¿qué rédito puede darles a Macri y Cornejo su franqueza sin anestesia? ¿Suma o resta?
Graciela Romer, en agosto de 2015, señalaba: "Lo que verdaderamente asombra en nuestro país es que la mentira y la elusión se han hecho parte del paisaje y la capacidad de reacción frente a ella es casi nula".
¿Habrá llegado el momento, verdadero, de cambiarlo?
Otra pregunta del millón.

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