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domingo 19 de junio de 2016

Manuel Belgrano, el estratega crucial detrás del Congreso de Tucumán

José de San Martín, con quien fueron amigos, lo definió como el hombre más metódico de América, "un agitador de nuevas ideas". Ambos próceres lograron intercambiar experiencias

Gustavo Capone, historiador
Especial para UNO

Que verdad aquella frase que sostiene que las buenas relaciones son como la fosforescencia: resplandecen mejor cuando parece que todo se ha oscurecido. Probablemente esta circunstancia haya sido un síntoma de la enorme consideración que José de San Martín y Manuel Belgrano sentían mutuamente. La coyuntura histórica quiso que sus caminos se cruzaran cuando la Patria más lo necesitaba y cuando cada uno de ellos más lo esperaba.

¿Cómo se conocieron? ¿Dónde se conocieron? Con seguridad será complejo precisar cuál fue la primera acción que los vinculó. Históricamente la primera carta que se conserva está fechada en Lagunillas (Alto Perú), el 25 de setiembre de 1813, respondiendo probablemente a una de San Martín en la que lo elogiaba y le recomienda el uso de la lanza y le envía un modelo.

Lo que sí debe haber sido seguro, es que desde el mismo primer momento en que San Martín llegó al río de Plata, marzo de 1812, a bordo de la fragata británica George Canning proveniente de Londres, Manuel Belgrano se interesó por conocerlo.

La iconográfica imagen del abrazo de Belgrano y San Martín en la Posta de Yatasto, tradicional paraje del viejo "camino real", cerca de San José de Metán (Salta), inmortalizados en la pintura de Augusto Ballerini, fue el primer encuentro personal entre los patriotas, aunque ya existía entre ellos una fluida comunicación epistolar anterior, nacida de la relación de José Mila de la Roca, amigo de ambos y directo colaborador de Belgrano en la expedición al Paraguay. Aunque también es oportuno comentar, digresión al margen, que aquel seguro encuentro de 1814 en Salta, podría haberse realizado, según las investigaciones de Alfredo Gargaro y de Julio Arturo Benencia, no en Yatasto sino en la Posta de Algarrobos, 70km más al norte.

Pero lo importante y trascendental es que San Martín redactó para Belgrano unos cuadernillos de estrategia militar, compilando notas y comentarios de ilustres militares y relatos de referenciales combates de la historia universal. Estos cuadernillos se los envió en vísperas de la Batalla de Vilcapugio (1 de octubre de 1813, combate con derrota, librada en el marco de la "Segunda Expedición Auxiliadora al Alto Perú") y, que tras ese gesto, y posterior al triste desenlace hasta el momento de la campaña libertadora al norte, se encontraron personalmente.

"No siempre puede uno lo que quiere, ni con las mejores medidas se alcanza lo que se desea: he sido completamente batido en las pampas de Ayohuma (14 de noviembre de 1813) cuando más creía conseguir la victoria, pero hay constancia y fortaleza para sobrellevar los contrastes y nada me arredrará para servir; aunque sea en la clase de soldado, para la libertad e independencia de la Patria... lo pedí a usted desde Tucumán, no quisieron enviármelo; algún día sentirán esta negativa", sostenía Belgrano previo al encuentro directo con San Martín.

Finalmente las ansias de Belgrano se cumplieron y celebraba en las cartas del 17 y 25 de diciembre de 1813, respectivamente la cercanía de su, ya para entonces, "entrañable amigo", escribiendo: " (...) No sé decir a usted cuánto me alegro de la disposición del gobierno para que venga de jefe... Vuele usted, si es posible; la Patria necesita de que se hagan esfuerzos singulares y no dudo que usted los ejecute según mis deseos, para que yo pueda respirar con alguna confianza y salir de los graves cuidados que me agitan... Crea usted que no tendré satisfacción mayor que el día que logre tener la satisfacción de estrecharlo entre mis brazos y hacerle ver lo que aprecio el mérito y honradez de los buenos patriotas como usted".

La humildad de San Martín hizo que se presentara ante Manuel Belgrano poniéndose a sus órdenes, negándose a remplazarlo como responsable máximo de la jefatura del ejército, aunque "la suerte, y la decisión desde Buenos Aires, ya estuviera echada". Belgrano lo recibió como su maestro y sucesor poniéndose a su entera disposición. A partir de ese momento, la simpatía nacida a través de cartas, se transformó en mutua admiración.

Compartieron la morada un tiempo en la Estancia Las Juntas, como camaradas del abatido Ejército del Norte, en la histórica casona de Manuel José Torrens. Tiempo suficiente para percibir por San Martín al brillante ilustrado y genial intelectual que fue Belgrano, convirtiéndolo en pieza clave en el posterior desenlace de la estrategia emancipadora, cumpliendo un rol sustancial en el inminente Congreso de la Independencia unos años después. Durante estos meses ambos líderes lograron intercambiar experiencias y conocimientos; transmitiendo, el uno, todo lo aprendido en una guerra sin recursos y una revolución altisonante, pero ininterrumpida desde el grito de Mayo en 1810 del que fue protagonista y artífice. El otro, todo su saber y profesionalismo obtenido luego de servir más de 20 años en los ejércitos europeos.

Pero antes al momento del conocimiento directo, en cartas que anticipaban el encuentro, un premonitorio Belgrano sostenía: "Porque estoy firmemente persuadido de que con usted se salvará la Patria y podrá el ejército tomar diferente aspecto: soy solo; esto es hablar con claridad y confianza: no tengo ni he tenido quién me ayude y he andado los países en que he hecho la guerra como un descubridor, pero no acompañado de hombres que tengan iguales sentimientos a los míos, de sacrificarse antes que sucumbir a la tiranía porque la América aún no estaba en disposición de recibir los grandes bienes de la libertad e independencia; en fin mi amigo, espero en usted un compañero que me ilumine, que me ayude y quien conozca en mí la sencillez de mi trato y la pureza de mis intenciones, que Dios sabe no se dirigen ni se han dirigido más que al bien general de la Patria y sacar a nuestros paisanos de la esclavitud en que vivían. En fin mi amigo, hablaría más si el tiempo me lo permitiera; empéñese usted en volar, si le es posible, con el auxilio, y en venir a ser no sólo mi amigo, sino maestro mío, mi compañero y mi jefe si quiere; persuádase que le hablo con mi corazón, como lo comprobaré con la experiencia constante que haga de la voluntad con que se dice suyo... Manuel Belgrano".
Y si bien la gloria del Padre de América es inconmensurable, como San Martín definía a Belgrano sintetiza una imagen cabal del creador de nuestra bandera. Fue el hombre de mayo, un "agitador de ideas nuevas", un avezado periodista, un "estadista", "un pionero defensor del americanismo", un indiscutido precursor de la educación, un tenaz defensor de la ecología, un iluminado economista fisiócrata, un comprometido cristiano.

En síntesis, un Belgrano íntegro y comprometido, adelantado en su época, quien recibiera el mayor elogio de la mano de su contemporáneo ilustre: "Belgrano es el más metódico de los que conozco en nuestra América..., lleno de integridad y talento natural..., créanme ustedes, es lo mejor que tenemos en América del Sur". Son palabras de San Martín, que observaba lo que muchos todavía no ven.

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