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miércoles 19 de octubre de 2016

Manual para mujeres de la limpieza: cómo descubrir a una escritora excepcional

Aquí una reseña de la vida y obra de la estadounidense Lucia Berlin (1936-2004), a propósito del éxito en las librerías de su nueva antología, tras años de injusto olvido editorial

Cuesta imaginar por qué ni siquiera habíamos oído hablar hasta hace poco de una escritora que puede empezar un cuento así: "Normalmente llevo bien envejecer. Hay cosas que me dan una panzada de nostalgia, como los patinadores". O así: "En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados". En esos comienzos eléctricos, categóricos, se agita ya la vibración de una voz clara y distinta, y una vaga promesa de lo que vendrá. Pero los hay todavía más atrevidos. Porque, ¿qué esperar después de Me encanta oír a Max decir hola o La soledad es un concepto anglosajón?

Sorprende que a la estadounidense Lucia Berlin (1936-2004) el reconocimiento le haya llegado tan tarde, un par de décadas después de sus tres últimas colecciones de cuentos, más de 10 años después de su muerte.

Pero sorprende más todavía que esa mezcla de transparencia distante, inteligencia y gracia que hoy deslumbra en la nueva antología Manual para mujeres de la limpieza latiera ya en sus primeros cuentos, publicados a principios de los años '70.

En Lavandería Ángel, que abre el libro, el encuentro ritual con un indio viejo en una lavandería de Albuquerque basta para desplegar el mundo de desclasados, rebeldes, borrachos, solitarios y transterrados que irán a poblar la mayoría de sus cuentos, al que es posible sumarse mirando las lavadoras, sentada en la misma hilera de sillas de plástico, hasta dejar que el otro oficie de espejo.

Indios de pueblo y mujeres chicanas se mezclan en la trama mínima, casi un apunte, con la misma vitalidad colorida del remolino de prendas que entre líneas evoca una falta: "Adolescentes chicanas recién casadas van a la lavandería de Ángel. Toallas, camisones rosas, braguitas que dicen 'Jueves'.
Sus maridos llevan monos de faena con nombres impresos en los bolsillos. Me gusta esperar hasta que aparecen en la imagen especular de las secadoras. 'Tina', 'Corky', 'Junior'". Sentado junto a la mujer blanca frente a las lavadoras, el indio le mira las manos por entre los carteles amarillentos pegados en el espejo, hasta que las miradas se cruzan.

En el extraordinario Manual para mujeres de la limpieza que da título al libro, la narradora es una empleada doméstica (otra vez la propia Berlin, apenas enmascarada) tomando notas durante los viajes en ómnibus por Oakland de una casa a otra, inventariando vistas de la ciudad mirada al sesgo, manías de las patronas, consejos para eludir sus sospechas: agregar unas monedas a las que dejaron en los ceniceros para poner a prueba a la empleada ("Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para los días de lluvia"); dejar los muebles mal colocados ("que sepan que trabajamos a conciencia"); aceptar agradecida todo lo que regalan ("Luego lo pueden dejar en el autobús, en el hueco del asiento"); procurar trabajar para judíos o negros ("Te dan de comer... y además no se avergüenzan en absoluto de pasarse el día entero sin hacer nada de nada. Para eso te pagan, ¿no?").

De a poco, sin alterar el tono zumbón y sin aviso, llegan indicios de por qué una mujer "instruida" que sube las escaleras "como Sísifo" trabaja como empleada doméstica ("He aprendido a contarles a las señoras desde el principio que mi marido alcohólico acaba de morir y me he quedado sola con mis cuatro hijos"), hebras dispersas de un monólogo-diálogo dolido ("Echo de menos a Ter y fumo"; "Estoy harta de bregar, Ter"), sofocado por la ironía jovial del recuento.

Los cuentos pueden ser muy breves como Mi jockey, poco más que la imagen de una enfermera en una sala de emergencias llevando en brazos a un jockey mexicano con varios huesos partidos ("un dios azteca en miniatura"); o Macadán, en el que el recuerdo de una hilera de presos apisonando el asfalto en Texas se faceta con la sonoridad de la palabra ("A mí me gustaba decir 'macadán' en voz alta, a solas, porque sonaba como el nombre para un amigo").

Pero los hay también más dilatados en el tiempo, con historias íntimas o tragedias de otros que suceden en Alaska, Chile, el Sudoeste americano, Nueva York o México.

Hay iniciaciones violentas, adicciones, amores impertinentes, soledad, desgracias, muertes; hay enfermeras sensibles, profesoras de español y operadoras curiosas de una centralita de teléfonos; hay hogares suntuosos y monoambientes caídos, cárceles y geriátricos, centros de desintoxicación y salas de emergencia, helados apartamentos neoyorquinos y casonas mexicanas.

Ni la ristra variada de paisajes, ni el desfile de mujeres curtidas en sus tareas que prestan su voz con distintos nombres, se alejan demasiado de las muchas vidas de la propia Berlin, que se crió en Alaska, Nuevo México y Chile, se casó con dos artistas y dos músicos de jazz en poco más de seis años, deslumbrante en las fotos como una Liz Taylor californiana, y crió cuatro hijos, alcohólica y soltera, alternando empleos hasta establecerse en Boulder como escritora visitante en la Universidad de Colorado.

Pero lo que cuenta es cómo la primera persona, la tercera, o incluso la alternancia de las dos en el mismo cuento, transforman la materia desmesurada y viscosa de la vida en relatos inverosímilmente transparentes y a la vez desapegados.

Para admitirla por fin en el panteón de los grandes cuentistas norteamericanos se la compara con Raymond Carver, con Grace Paley y hasta con Charles Bukowski.

Se dice que aunque no la hayan leído, profetiza a Lorrie Moore, a George Saunders, a Denis Johnson. La extrañeza de una sensibilidad femenina patente pero inapresable hace pensar en Hebe Uhart o Silvina Ocampo, a quienes también les llevó un tiempo hacerse un lugar entre sus pares varones. Pero, ¿a qué compararla si lo que acabamos de descubrir, precisamente, es una voz que nunca antes habíamos oído?

No todos los cuentos alcanzan las alturas de los más perfectos y la antología hubiese ganado con un recorte más afinado; también, con datos precisos de las ediciones originales para recomponer el arco completo.

En la mayoría, con todo, brillan la originalidad de los ataques, la feliz independencia de la preceptiva, la distancia clínica y a la vez conmiserada, el estoicismo jovial en la desgracia, el humor, las metáforas inspiradas: las buganvillas se derraman por las paredes "como los mantos de una mujer borracha"; las grullas llegan al campo brumoso, se posan y se acicalan en la orilla de un lago y después, de pronto, todo se vuelve negro, blanco y gris "como una película después de los créditos, girando en remolinos".

Brilla sobre todo la inteligencia, que aguza el foco, la observación y enciende la chispa de la frase: "A la gente le fascinan las bolsas de colostomía... ¿Y si nuestro cuerpo fuera transparente, como la puerta de una lavadora? Qué prodigio, observarnos por dentro. Los deportistas correrían con más ahínco, bombeando sangre a toda máquina. Los amantes harían más el amor. ¡Hostia! ¡Mira esa descarga de semen! Las dietas mejorarían: kiwi y fresas, remolacha cocida con crema agria".

No sorprende que a la mayoría de los reseñistas les cueste resistir la tentación de citarla. No es pereza crítica. Es una invitación, un don compartido, un arrebato de entusiasmo.
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