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domingo 14 de agosto de 2016

Los fraudes de la industria cosmética

Los expertos afirman que buena parte de los productos de belleza carecen de base científica.

La industria de la cosmética es una de las más potentes del mundo. Las grandes compañías destinan grandes sumas de dinero para dar a conocer sus productos, que incluyen todo tipo de componentes innovadores capaces de hacer frente a las más duras imperfecciones del cuerpo humano. La realidad, sin embargo, es que en muchas ocasiones estas mercancías no producen ningún efecto visible.

Uno de los productos «milagrosos» que se anuncian a menudo en televisión es la crema reductora de grasa. Imágenes en su mayoría retocadas con Photoshop que muestran vientres planos con piernas y glúteos completamente tersos y que prometen reducir la grasa en tiempos récord. Sin embargo, los expertos afirman que es imposible que una crema sea capaz de disminuir la silueta en la magnitud en la que se muestran en pantalla.

Para entender la explicación es muy importante diferenciar un cosmético de un medicamento. A diferencia del primero, un fármaco altera la función de un órgano. Por ello, la industria de la belleza se encuentra con la limitación de incluir sustancias químicas que no penetren mucho en la piel, ya que de hacerlo entrarían en la categoría de producto medicinal.

Así lo afirma Jorge Soto, presidente de la Fundación Piel Sana de la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV), que añade que es muy difícil que este tipo de cremas, como la anticelulítica, lleguen a tener resultados milagrosos: «Pueden tener un efecto reafirmante a corto plazo, pero nunca eliminan la celulitis por completo».
El efecto «after sun»

De la misma forma, los «after sun» funcionan igual que una crema normal. La diferencia es que además de hidratar la capa córnea, que es la que hay que cuidar después de una exposición al sol, incluye una «función subjetiva de bienestar» con efectos «refrescantes». Esto no quiere decir que no funcionen, pero su eficacia no es mayor a una crema hidratante normal. Su nombre ayuda a vender mejor una crema para los clientes que previamente han tomado el sol.

A la hora de hacerse con alguno de estos artículos de belleza, lo más importante es, según Soto, la «acción hidratante» que tenga sobre la capa córnea, la zona más superficial de la piel: «Si la hidratas, estás ejerciendo otros efectos positivos en capas más profundas». A su vez, añade que no conoce «ningún ensayo clínico serio» que haya demostrado que estas mercancías ofrezcan mejores resultados que, simplemente, humedecer la piel.

Otro ejemplo son las cremas antiestrías, que al igual que una hidratante, pueden prevenir estas líneas en la piel, especialmente en periodos de cambio de peso como embarazos. Sin embargo, una vez que se tienen «la única forma de eliminarlas es con láser». «La mayoría de cremas antiestrías han demostrado una eficacia no muy superior al de una hidratante normal», expresa Soto.
Un ingrediente secreto

La mayoría de los productos cosméticos suelen destacar un ingrediente activo en concreto, que puede ser nuevo y que sirve como reclamo comercial. A menudo son un compuesto natural, desde la llamativa baba de caracol hasta plantas más «sofisticadas» como la centella asiática. La pregunta clave es: ¿Es más eficaz el compuesto completo que la base? En otras palabras: ¿Es más efectiva una crema hidratante básica que otra que anuncia ser antiarrugas, antiestrías o anti cualquier otra cosa? «Te puedes llevar la sorpresa de que en un producto sea igual de eficaz la base, es decir, la parte hidratante, que con los componentes añadidos», afirma.

Para el especialista en dermatología Eduardo Fonseca «es complicado» definir hasta qué punto son útiles este tipo de cosméticos: «Está demostrado que la aplicación regular de un producto, sea antiarrugas o no, las puede hacer disminuir, pero a largo plazo no las quita», apunta.

Por otra parte, «no hay estudios suficientemente seguros para diferenciar entre una crema y otra», ni tampoco existen pruebas fehacientes que demuestren que un artículo de este tipo sea capaz de realizar determinadas acciones. «Por lo general, las cremas carecen de base científica», concluye.
La mentira de los «crecepelo»

Otro de los grandes mitos de los productos de belleza son los «crecepelo». La conclusión final de los expertos consultados por ABC es que ningún champú que afirme ser un aliado contra la alopecia funciona realmente. Para frenar la caída del cabello, apuntan, solo sirven algunos medicamentos que contengan fármacos como el minoxidil o la finasterida, que únicamente se pueden adquirir en farmacia.

«Si prometen que el pelo va a volver a crecer, mienten», asegura Fonseca, quien añade que cualquier artículo que contenga algún componente verdaderamente útil contra la calvicie incluiría medicinas, por lo que debería ser retirado del supermercado.

Un ejemplo de estos productos «milagro» para el pelo es el champú de caballo, que estuvo muy de moda entre las mujeres hace unos años y que, según los expertos, «no ha demostrado tener ningún efecto» contra la alopecia. «Le echan fantasía al producto –comenta Soto–. Al final este tipo de remedios son pasajeros y no duran en el mercado».

Este hecho no significa que otras lociones que se pueden adquirir en las tiendas no ayuden a mejorar algunos problemas del cuero cabelludo, como el exceso de caspa: «Dentro de la cosmética, hay champús anticaspa y otros muchos productos eficaces», señala Fonseca. Sí es cierto, sin embargo, que a lo largo del tiempo ha sido necesario cambiar «por motivos de seguridad» algunos de sus componentes que, de ser legales, han pasado a considerarse «prohibidos».
Fuente: abc.es

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