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domingo 15 de mayo de 2016

Los casos extremos de naufragios en el mar

Estas son algunas de las historias más escalofriantes que se han dado en aguas del Oceáno Pacífico o el Mar Mediterráneo.

La inesperada aventura de Marta Miguel y David Hernández, que pasaron diez días a la deriva en las aguas de Malasia no es el único naufragio que se ha dado en alta mar.

En abril de 2015, la Guardia Costera de Estados Unidos difundió un vídeo del rescate de Louis Jordan, un náufrago norteamericano de 37 años que estuvo 66 días a la deriva en el Océano Atlántico. A su embarcación se le partió el mástil, y tuvieron que pasar dos meses hasta que un petrolero alemán encontró a este navegante en apuros a 200 millas de las costas de Carolina del Norte: su barco había volcado y estaba sentado en el casco. Sobrevivió a base de pescado y en su traslado a tierra firme confesó a los oficiales que «sus mejores aliados» habían sido la Biblia –que leyó varias veces– y una manta que utilizó para protegerse del sol.

También en 2015, una emigrante de origen camerunés protagonizó un rescate de vértigo mientras realizaba una travesía por el Mediterráneo huyendo de la violencia y el cautiverio de Boko Haram. En una balsa hinchable, y acompañada de 120 personas más, trataba de llegar a Italia desde Libia. Además, esta joven de 25 años estaba embarazada de nueve meses y tras ser rescatada por Médicos Sin Fronteras (MSF) se puso de parto a bordo del buque Dignity.

14 meses a la deriva

Más espectacular fue el naufragio de un pescadoren 2014. José Salvador Alvarenga, más conocido como «el naufrago del Pacífico» pasó un año a la deriva, y solo. Su embarcación salió de México en diciembre de 2012 pero una avería destrozó el motor de su lancha, una llamada de auxilio fue el último contacto con el pescador hasata que 14 meses despúes le rescataron en el arrecife Ebon, de las Islas Marshall, Micronesia. A 12.500 kilómetros de México.

Junto a él iba un joven llamado Ezequiel Córdoba, que murió cuatro meses después de su naufragio. El propio pescador le prometió a su compañero de viaje contarle a su madre sus últimas palabras antes de lanzar su cuerpo al mar: «No estoy muerto, solo dormido».

Alveranga, que sobrevivió a la soledad y las alucionaciones, llegó a beberse su propia orina. Tras ser rescatado explicó cómo ignoraba la falta de comida: «Estaba tan hambriento que me comía mis propias uñas, para tragármelas una a una». Su historia levantó tanta curiosidad que se llegó a escribir un libro sobre él titulado «438 días».

Fuente: abc.es

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