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domingo 28 de febrero de 2016

Lleva por el mundo su objetivo de contar historias que ilusionen y emocionen

Los titiriteros, hermanados con los circenses, son los artistas más nómades que existen

"Sólo quiero contar lindas historias que ilusionen y emocionen".

Para comenzar a contar esta historia, conviene ubicarse en el tiempo y en el espacio: ciudad de Mendoza, finales de los '70. Época oscura si las hubo en el país. Sin embargo, en Argentina, también había quienes le complicaban la tarea al demonio. Por ejemplo, un estudiante de Filosofía de apenas 18 años, que un día y porque sí, por el placer de escuchar la risa de los chicos, que golpea como una estampida contra las paredes del dolor, y las desarma, decidió ir a visitar a los niños internados en un hospital pediátrico cercano a su casa.

El hospital era el Emilio Civit, el lugar más lúgubre del mundo. Su construcción, típica de los centros sanitarios abiertos, guardaba el concepto de amplitud y aireación: pabellones aislados, separados por espacios verdes más o menos mantenidos. Era lo que se dice un lugar triste, oscuro y gris. Y la mezcla de niñez y enfermedad lo hacía aún más difícil de transitar.

Hasta allí llegó Pablo Fernando Vergne. Iba acompañado por uno de sus siete hermanos. Su intención era jugar o descubrir una vocación, que en ciertos casos, es una manera de decir exactamente la misma cosa.

"Íbamos con mi hermano Sergio como voluntarios una o dos veces por semana. Estábamos con los niños, primero del pabellón de leucemia y luego, de quemados. Jugábamos con ellos, hablábamos. Un día decidimos hacer algo especial y se nos ocurrió hacer una función de títeres. Así que hicimos los títeres, el teatrillo, ensayamos una obrita y la llevamos. Y ahí nació todo".

El hospital fue desde ese día un poco más soportable. Una gota de color y la alegría de los chicos mil veces repetida en los pasillos de la tristeza.

Pero el titiritero, casi recibido en la Facultad de Filosofía, tenía espíritu de trotamundos. Y se fue. Emigró como las golondrinas, buscando otras posibilidades creativas y ampliar un mundo que, al parecer, había comenzado a quedarle muy pequeño.

Saltimbanquis

"Llegué a España con dos personas más, Gisela López –falleció hace algunos años y es la mamá de su hija Alba– y un amigo, José Fontana.

"Llegué a España sin nada, con algunas pesetas en el bolsillo. Comenzamos a hacer funciones en la calle, pasábamos la gorra. Llevábamos las obras a escuelas, jardines y otros sitios para niños".

Los titiriteros, hermanados con los circenses, son los artistas más nómades que existen. Arman y desarman sus retablos, se llevan a sus títeres a viajar con ellos, a donde quiera que vayan. Cada pueblo es una oportunidad y cada auditorio, plaza o espacio abierto, donde los niños y niñas aguardan expectantes, una confirmación de haber tomado las decisiones correctas.

Sin embargo, el recuerdo de aquellos días de saltimbanquis echó raíces en el artista, a tal punto, que escribió una obra para homenajearlos.

"La obra se llama Giuseppe y Peppina, y hoy la interpreta mi hija", dice él –un doble homenaje, quizás–.

Perder la inocencia

Más tarde, el trabajo se profesionalizó.

Fue a partir de la obra Aventuras de Don Quijote, a mediados de los '90. En esos momentos, su trabajo comenzó a cambiar. Sin embargo, el verdadero vuelco sucedió con El gato Manchado y la golondrina Sinhá. La produjo en el 2000 y significó una explosión de premios y reconocimientos internacionales.

–¿Qué considerás que esta obra tiene de diferente, de especial...?

–Simplemente, emociona, sabe cómo hacerlo, y le llega mucho al público.

El gato y la golondrina... ganó cinco premios, algunos españoles y otros internacionales. Y le abrió muchas puertas a su creador.

Para Vergne, todo este panorama de éxito también le significó "la pérdida de la inocencia", de apartarse de esa experiencia tan vívida del contacto directo con los niños sentaditos en el piso de una calle, con los títeres al alcance de la mano y la emoción a flor de piel.

Por eso, decidió volver a pasar por esa vivencia teatral más directa, pero ahora por elección y no por necesidad.

"Tanto puedo trabajar en un escenario de algún reconocido teatro como en la calle. Tengo muy claro eso y me gusta. El contacto cercano con los niños me parece fundamental y lo disfruto".

Cuesta creerlo, pero a pesar de que su trabajo es valorado en casi toda Europa y en algunos países de Asia y América Latina, Vergne no es demasiado reconocido en Argentina. Él prefiere no hacer hincapié en esto. Sólo supone que las cosas son así y que en España ha podido crecer artísticamente de una forma que quizás aquí no.

Artista-caracol

Pablo ha viajado por muchísimos países –Francia, Italia, Portugal, Bélgica, Corea, Israel, China y cientos de lugares más–. Tiene el espíritu de un artista caracol: viaja con su casa de títeres a cuestas y sus personajes van con él.

–¿Pero aún te sentís, de alguna manera, argentino?

–Claro que sí. Me siento más argentino que español, pero prefiero vivir en España. A muchos argentinos que viven acá les pasa lo mismo.

–¿Por qué nunca regresaste a vivir a Argentina?

–No lo sé. España me dio muchas posibilidades de desarrollarme como artista, en lo que yo quería hacer. Quizás sea esa la respuesta. A veces querés volver, pero con el tiempo las ganas se te van diluyendo. Además, en aquel momento, la Argentina no invitaba mucho a volver, estaba Carlos Menem.

–Bueno, esa es una característica de la Argentina: siempre hay algún político que no invita a volver.

–De todas maneras, no creas que fue fácil y que no se sintió el desarraigo. Tardamos 15 años en que nos fuera bien. Hay que ser perseverante y tener paciencia. En este caso, dio buenos frutos.

–¿Tuviste ganas de dejar de ser titiritero en algún momento?

–Sí. ¡Por ejemplo, en estos días! Me pasa cuando estoy por estrenar una obra ante programadores y críticos, y todo mi trabajo depende de sus criterios

La obra en cuestión se llama Sirenita. Se trata de una adaptación del cuento infantil y la puesta es de Canica, una de sus compañías actorales.

–¿En momentos en los que te divertís menos, actúas más como un adulto?

–El hecho de profesionalizarse también es el perfeccionismo impuesto desde afuera. La gente espera de uno obras maestras.

–¿Hay algo que todavía querás hacer artísticamente, una asignatura pendiente?

–Si te digo la verdad, artísticamente, creo que di lo que ya tenía que dar. Como que en un punto ya hice lo mejor y no me puedo superar. El gato y la golondrina, Animales y El elefantito han sido tres espectáculos muy premiados, que abrieron camino a otra gente y a otra manera de hacer títeres, y eso no lo puedo superar.

–¿Y qué es lo que buscás producir en el público que ve tus obras?

–Sólo busco contar lindas historias, que emocionen e ilusionen.

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