A Fondo - Stamateas Stamateas
domingo 06 de agosto de 2017

Las pérdidas

La columna de Bernardo Stamateas


Bernardo Stamateas
bernardoresponde@gmail.com

La muerte nunca le pone fin a una relación, sino que la transforma. Para la persona que queda es difícil porque ya no está la presencia externa de quien partió y ahora tiene que remplazarla por la presencia interna. El "vínculo eterno" con aquel que ya no está es el proceso que se conoce como duelo.

En algunos sobrevivientes aparece el autorreproche, sobre todo cuando hubo un accidente o una tragedia y murió un miembro de la familia.

El autorreproche es en realidad bronca contra uno mismo, que nace de la impotencia frente a algo que no podemos controlar, como la muerte. Por eso, siempre resulta terapéutico hablar de lo que sentimos ante una pérdida de tal magnitud.

Pero esto también aplica a las pérdidas menores. Tenemos que hablar, aun cuando se trate de la pérdida de una mascota que amamos. Es importante que nos demos permiso a lo largo de la vida para conectarnos con nuestras emociones.

Muchas veces, ante esas pequeñas pérdidas que vamos teniendo cuando nos mudamos, cuando perdemos un objeto valioso, cuando nos quedamos sin trabajo, por ejemplo, decimos: "Bueno, ya está, sigo adelante. Hay muchos peces en el mar para remplazar el que perdí".

Está bien seguir adelante pero también es sano permitir que esas situaciones que parecen poco importantes nos vayan preparando y nos ayuden a elaborar más adelante los grandes duelos.

Perder una mascota para algunos no es algo menor sino un dolor muy grande. En estos casos no se trata de remplazar un animalito por otro, como muchos creen, hay que darse permiso (y dárselo, en especial, a los hijos pequeños) para hacer el duelo.

Los padres podemos animar a nuestros hijos a que le escriban una poesía o le hagan algún regalo a esa mascota que amaban y ya no está presente físicamente.

Es decir, que hagan una especie de ceremonia sencilla que honre su memoria a modo de despedida. Todo acto para homenajear resulta terapéutico, tanto con personas como con animales.

El duelo nunca debería ser forzado (algunos le dicen a la persona: "Dale, tenés que llorar") ni evitado. Simplemente hay que dejar que transcurra normalmente y que la persona que partió se convierta en parte de nuestra historia interna.

En una familia siempre debería ser un tema normal, es decir, algo de lo que podemos hablar o sobre lo que podemos expresar nuestras emociones, sin ocultarlo ni reprimirlo. Esto es fundamental para nuestra salud porque todo lo que no decimos puede llevarnos a la enfermedad.

Uno de los temas que suelen ser tabú es el suicidio de un ser querido. Aquí aparece, por lo general, mucha culpa e ira.

La persona que queda se pregunta cómo es que no se dio cuenta pero, según los especialistas, no es sencillo detectar las señales que nos indiquen que alguien se va a quitar su propia vida.

Lo importante es "gastar el dolor", expresarlo en un contexto seguro, sin juicios de ningún tipo. Porque si el dolor no lo hablamos y lo compartimos, nos quedamos atascados en él sin permitir su libre curso.

Con el tiempo, ese duelo no cerrado se puede transformar en depresión.

Hacer el duelo por una pérdida no es egoísmo. Al contrario, es un proceso emocional sano que nos lleva a desapegarnos progresivamente de algo o de alguien con quien hicimos un vínculo afectivo.

Cuando muere alguien que no conocemos en persona obviamente no somos impactados como con la partida de alguien cercano que amamos.

En este último caso, el proceso de conmoción y dolor es inevitable y la espiritualidad puede resultar una herramienta muy útil para atravesarlo.
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