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domingo 18 de septiembre de 2016

Las cacerías particulares y el infierno tan temido

La más importante convención lograda por la humanidad desde que el hombre es hombre se resuelve en dos palabras: no matarás

"Ojalá pudiera volver el tiempo atrás", dice, desgarrado, y en un ruego fatalmente imposible, el carnicero Daniel Oyarzún, un ignoto argentino que saltó a la fama esta semana por haber atropellado y matado a un delincuente que previamente lo había asaltado en su negocio.

Víctima de un ataque de ira al sentirse desprotegido por el Estado, el carnicero salió en búsqueda del ladrón para cazarlo y hacerle pagar su delito sin esperar la actuación de la Justicia.

Lo halló, lo atropelló y lo mató con su auto. Por un instante creyó haber hecho lo correcto.

Macri dixit
¿Puede considerarse este acto como "matar en defensa propia" o "en legítima defensa"?

¿O es una flagrante degradación hacia el "ojo por ojo diente por diente" de los inicios de la civilización humana?

Ese fue el debate que se instaló de inmediato en los medios y en las redes sociales, al punto que hasta el propio presidente Macri se animó a dar una declaración muy polémica sobre el caso.
El mandatario se lanzó a aconsejarle a la Justicia que el carnicero no debía permanecer detenido sino que debía esperar en su casa el resultado de la investigación judicial.

Macri quiso ponerse del lado de una supuesta mayoría que defendía el accionar justiciero del carnicero.

Y se olvidó de que él no es un opinador cualquiera sino el primer mandatario, obligado a estar siempre del lado de la ley, a respetar la división de poderes y a exhibir en todo momento el don del buen criterio.

La primera
Jorge Luis Borges nos sugiere en uno de sus poemas del libro La Cifra lo siguiente:
Un ser humano puede matar a muchas personas, pero el castigo mayor que lo acompañará de por vida será el recurrente recuerdo de la primera de esas muertes.

Borges lo escribe al contar la historia de un hombre del montón, integrante marginal del ejército en épocas de la Campaña del Desierto, cuya principal función era degollar indios.

Con su sorprendente pluma, el autor de Ficciones nos cuenta que la única garganta que solía inquietar la mente de este hombre era la primera en la que él había hecho ingresar su cuchilla.

Era la garganta de un indio pampa del que, además, también rememoraba su mueca exagerada al momento de morir.

La mano propia
Daniel Oyarzún, el carnicero, ya está imputado por la muerte del ladrón, pero el viernes quedó libre hasta que se haga el juicio por homicidio.

Dice estar "destrozado y arrepentido".

Pero sabe, hoy más que nunca, que el tiempo no se puede volver atrás como maravillosamente ocurre en algunas películas inolvidables.

De la cabeza
Otro artista genial, el cineasta español Luis Buñuel, solía repetir esta frase inquietante: "La imaginación es inocente".

Hombre criado entre la España "de cerrado y sacristía" y la España de la república, "la de la rabia y de la idea", decía tal cosa para que la iglesia Católica no siguiera asustando gente con eso de que "se peca con el pensamiento" obligándonos a anquilosar nuestras neuronas.

Según aquella enseñanza católica, no podrían existir los escritores de policiales ni los grandes literatos que han versado sobre crímenes y ni siquiera los desconocidos que escribieron La Biblia, ese maravilloso y novelesco compendio de todas las negruras de la mente y el alma humanas.

Ese momento exacto
Buñuel explicaba que la mente de cada uno es un ámbito para ejercer la más absoluta libertad.
Uno puede pensar, por ejemplo, que mata a alguien, o que roba, porque eso nadie lo puede penar. No hay juez que entre en tu cabeza

Mientras eso quede en tu cerebro, sugería Buñuel, y no lo lleves a la práctica, no hay problemas.
El problema comienza cuando uno asesina en serio, en la vida real.

En ese caso se rompe con una de las convenciones más importantes que ha logrado consensuar la humanidad desde que el mundo es mundo: no matarás.

Ese es el mandato que nos diferencia de la barbarie.

En principio ese mandamiento se lo apropiaron las iglesias, pero fueron las primeras en incumplirlo.

Baste recordar las tropelías cometidas –en nombre de Dios– contra los "infieles" en las Cruzadas o a través de esa infernal Gestapo católica llamada La Santa Inquisición, donde se quemaba vivos a los científicos, a los agnósticos, a las brujas, y a todo el que pensara.

La madeja
Una cosa es quejarse por el estado de inseguridad, reclamar soluciones más concretas, exigir que las víctimas no queden en una situación de desprotección como ahora, y otra muy distinta es aplaudir acríticamente a los justicieros.

Una cosa es tirotearse con un ladrón que ingresó con violencia a tu casa y que amenaza con matar a tus hijos, a tu mujer o a tus nietos.

Y si así ocurriere, si uno actuara bajo el paraguas de lo que la propia justicia llama "en defensa propia", te la debo tener que vivir con la cruz de haber matado a una persona.

Pero otra cosa es ser víctima de un ladrón, tener algún tiempo para pensar y así y todo salir tras los asaltantes a cazarlos.

Ahí me expongo. Ahí tomo la represión en mis manos.

Me puede salir bien si logro detenerlo y entregarlo a la Justicia sin hacerle daño. Pero es muy raro.
Lo habitual es que estas cacerías particulares terminen mal.

"Sólo quiero seguir siendo una buena persona", decía Daniel Oyarzún, entre sollozos y ante las cámaras de TV que se agolpaban frente a su casa.

El infierno tan temido adquiere las formas más inesperadas.
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