A Fondo A Fondo
domingo 31 de julio de 2016

La frase del porteño en esa jornada polaca

Ni todos los chorros son negros y pobres ni todos los ricos son unos desalmados. El prejuicio como una de las peores artes

El papa Francisco, nuestro peronista universal, ha lanzado por estos días una frase que, dicha por cualquier otro poligriyo político, podría ser una soberana obviedad, pero que puesta en su boca –y nada menos que desde Polonia– adquiere una potente sonoridad.

Como en un ruego, el porteño Bergoglio ha pedido: "Hay que escuchar a los que son de otras culturas".

¿Vio que a primera vista pareciera que dijera "todos tenemos que ser buena gente", es decir un homenaje a Perogrullo.

Pero es mucho más que eso.

Pasame un elemento
La frase de Francisco hace alusión a una lacra humana que ha estado presente en buena parte de las desgracias masivas que registra la historia desde Matusalén.

Hablo, claro, del prejuicio.

El prejuicio es uno de los caminos directos hacia la intolerancia. Y hacia abismos como el racismo.
Prejuiciar es prejuzgar. Es decir, formarse una opinión de algo o de alguien que conocemos poco o mal, y sin tener mayores evidencias de lo que decimos.

¿Qué se cree esa?
¿A quién no le ha pasado tener una mala opinión de alguien (un compañero de trabajo, un pariente, un artista, o la quiosquera de la otra cuadra) porque sí, porque no nos gusta el tono con que habla, o cómo se viste, o porque creemos que es medio pesado?

Después resulta que por hache o por be lo empezamos a tratar y de a poco entendemos que estábamos equivocados. Que es gente con sus piojos y con sus virtudes. Como cualquiera.

Con el resto de la gente podemos tener mayor o menor feeling, discrepar en esto y lo otro, en gustos o en opiniones políticas. Y está bien.

Lo que no está tan bien es la generalización: ni todos los chorros son morochos y pobres, ni todos los ricos son desalmados hijos de su madre, ni todos los periodistas inventan notas, ni todas las rubias son tontas. Ni gauchitas todas las menos favorecidas.

No se trata de hacerse el pavo buenudo. Porque, a decir verdad, ¿quién no es rompebolas, incluso con la gente que quiere?

Cross a la razón
Lo que quiero decir es que tenemos la obligación de estar un poco en guardia para que cuando nos agarre el ataque prejuicioso sepamos pararlo a tiempo.

Si uno se ocupa de no ser tan prejuicioso en las cosas cotidianas ayudará, quizás, a crear una amalgama social que frene esas tendencias que nos llevan a creer en determinados momentos que todos los musulmanes son fundamentalistas, que todos los judíos son unos comerciantes que seguramente nos van a garcar en nombre de la Torá, o que los Estados Unidos tienen la culpa de todos los males que han generado los gobiernos de Latinoamérica.

¡Grande, Clint!
Hay una película dirigida y actuada por Clint Eastwood que trata este tema de manera magistral.
Se llama Gran Torino (2008) y cuenta la historia de un militar norteamericano retirado que ha adquirido un fuerte encono contra vecinos asiáticos que han empezado a asentarse en su barrio de blancos.

Todo empieza a cambiar cuando por un hecho fortuito traba relación con uno de esos jóvenes asiáticos y empieza a comprobar que esos cochinos de piel amarillenta son seres humanos y no marcianos, que tienen sentimientos como él, que se ríen y sufren, como todos, y que la diferencia estriba en que hablan un idioma distinto, que tienen los ojos rasgados y, sobre todo, que provienen de una cultura diferente.

El muro
Francisco no ha dicho lo que dijo en Polonia porque sí.

Lo ha dicho, por ejemplo, cuando uno de los candidatos a presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, promete, por ejemplo, que va a levantar una muralla entre su país y México.

El Papa lo ha dicho cuando el extremismo musulmán tiene en vilo a la culta y republicana Europa, no sólo con sus atentados tradicionales sino con esa otra forma macabra de meter miedo que es la actuación de los "lobos solitarios", esos que arrojan camiones contra las multitudes o que atacan con cuchillos y machetes en los trenes nocturnos.

Lo ha dicho cuando los refugiados de guerras como la de Siria huyen por millones de sus países en busca de paz.

Dicho sea de paso: ¿por qué será que los que huyen de los bombardeos en Medio Oriente o de las hambrunas y dictaduras de África tienen la obsesión de llegar a Europa?

Simple: porque allí tienen garantía de libertad y de democracia. No huyen a Rusia o a China

El tontón
Donald Trump, que es la quintaesencia del político prejuicioso (en este caso de ultraderecha aunque también son malón los prejuiciosos de ultraizquierda), ha asegurado además que prohibirá la entrada a los EE.UU. de toda persona que sea musulmana. Y que negará la ciudadanía norteamericana a cualquier hijo de ilegales que nazca en los Estados Unidos.

Paradoja I: son esos hijos de indocumentados los que en el último siglo más han contribuido a sostener la idea urbe et orbi de que hay un país, allá en el Norte, donde se puede progresar porque hay riqueza, hay posibilidades y hay libertad.

Paradoja II: pese a todas las canalladas que los norteamericanos les han hecho a los negros en los dos siglos y medio de existencia de esa nación, esa gente no ha huido en masa de los EE.UU. Se ha quedado allí y, a su manera, ha hecho una revolución ghandiana que los ha establecido como parte indisoluble de la idiosincrasia norteamericana.

Las manchas
Está muy bien que Jorge Bergoglio pregone que hay escuchar a otras culturas.

Siempre, claro, que él no olvide que fueron los prejuicios los que llevaron a la Iglesia Católica a crear esa maquinaria de terror llamada la Santa Inquisición, donde se quemaba por brujas a las mujeres y por blasfemos a los científicos que afirmaban que la Tierra no era plana sino redonda, y también que fueron los prejuicios los que llevaron al Vaticano a ignorar las matanzas de judíos a manos del hitlerismo.
Fuente:

Dejanos tu comentario

Más Leídas