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domingo 10 de julio de 2016

La angustia y sus consecuencias

Bernardo Stamateas
bernardoresponde@gmail.com

A todos nos ha ocurrido alguna vez estar angustiados y ver todo negro. La angustia es una emoción tóxica que actúa como un aislante; no nos deja sentir ni experimentar la puerta de salida que se halla detrás de cada dificultad.

La angustia cambia la manera en que escuchamos. Cuando estamos angustiados, nos cuesta ver una solución a nuestros problemas, tenemos miedo y nos sentimos totalmente abatidos.

En esos momentos, cualquier situación adversa basta para que la angustia que tenemos adentro cobre mayor dimensión de la que en verdad tiene. Cuando hay angustia, nos sentimos desanimados a cada paso y sobredimensionamos lo que nos ocurre.

Estos son algunos de los disparadores de angustia más comunes:

*Recibir una mala contestación de un familiar o un compañero de trabajo nos hace sentir que nadie nos valora.

*Perder un colectivo por segundos, o un taxi porque alguien se subió primero, nos hace cree que todo lo malo nos pasa a nosotros.

*Llegar a casa después de un largo día de trabajo y descubrir que no hay luz nos hace sentir que nadie nos ayuda.

*Enterarnos de que ese ascenso que tanto esperábamos se lo dieron a otro nos hace sentir que somos incompetentes.

La angustia afecta nuestra manera de hablar. Por lo general, alguien lleno de tristeza se expresará de forma negativa y demostrará un nivel alto de resignación.

"Esto es lo que me tocó vivir, qué le voy a hacer, yo no tengo suerte". La persona se alimenta de sus palabras y su angustia crece, por lo que no es capaz de darse cuenta del daño que se causa a sí misma.

En realidad tiene dos opciones: creer que "los demás se comen lo mejor de la torta"; o comenzar a pensar que lo mejor está por venir y todas las cosas que ha atravesado la ayudan para bien.

La angustia compromete nuestro futuro. ¿Por qué? Porque dejamos de creer en que nuestras circunstancias pueden transformarse y ya no le damos crédito a nada de lo que tenemos por delante.

Lo cierto es que el desánimo nos paraliza, ya que se mezcla con el temor al mañana y nos vacía de fuerza interior. Por eso, tomamos decisiones en base a lo que sentimos: "Hoy me siento bien, lo hago. Mañana me siento mal, no lo hago".

La persona angustiada siente que no hay futuro, que las dificultades la superan. Pero, cuando esto sucede, necesitamos enfocarnos en lo bueno del presente, sin olvidar que "lo mejor está adelante".

De todas nuestras experiencias, incluso las más dolorosas, podemos extraer siempre una enseñanza positiva.

La angustia afecta también nuestras relaciones interpersonales. No solo hace que nos boicoteemos y lastimemos a nosotros mismos, sino que, cuando perdura en el tiempo puede convertirse en ira hacia los demás que tarde o temprano sale a la superficie.

El dolor puede conducirnos a herir a otros. Nuestras frustraciones, fruto de experiencias negativas, nos limitan a la hora de relacionarnos; por eso, debemos hacer todo lo posible por sanar las heridas emocionales que nos producen angustia.

Por lo general, una persona que sufre y siente una profunda tristeza se alejará de la gente. Muchas veces, terminará por resignarse y no hará nada por cambiar su situación. No se da cuenta de que la angustia siempre es un lugar equivocado donde elegir quedarse a vivir.

La angustia se manifiesta en el cuerpo. Por eso, nunca la esquives ni la tapes con algo más. Escuchala y expresala en el lugar correcto y con la persona correcta, porque largo camino te queda por recorrer y tenés que hacerlo con perfecta salud, tanto
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