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miércoles 29 de junio de 2016

Filosofía de fútbol. Fracaso, frustración y al final, la fe en la FIFA

El movimiento se demuestra andando.

Es comprensible que muchos argentinos, tele espectadores con algunos años, le adjudiquen la autoría de esa máxima a un cliché humorístico de su ídolo Carlos Salim Balaá, pero no.

Esa sentencia, que por lo tautológica resulta cómica, no fue inaugurada por Carlitos Balaá. Es atribuida a Diógenes el Cínico.

Diógenes de Laercio, aquél otro Diógenes, historiador del siglo III de la era contemporánea, en uno de sus diez tomos de "Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres" cuenta que mientras Zenón de Elea, uno de los clásicos presocráticos exponía y explicaba la teoría sobre la unicidad del hombre y el universo, y sobre la inexistencia de la movilidad, el rebelde e irreverente Diógenes se puso de pie, en actitud desafiante e irónica se desplazó y pronunció aquello de que "el movimiento se demuestra andando" para desbaratar el pensamiento de la escuela eleática, y –cómo no- para burlarse de la academia. (#)

No es caprichoso comparar a Diógenes, aquél que vivía en un barril y que se dio el arrogante gusto de ignorar y ningunear al mismísimo Alejandro Magno, con nuestro filósofo popular Maradona –aunque Diego jamás haya adherido al despojo de lo superfluo; y no es ocioso equiparar a Zenón de Elea, profundo intelectual, de enorme coraje, de quien se dice que arrancó su propia lengua a mordiscones antes de delatar a insurrectos contra un tirano; con Messi, aunque Zenón siempre honró sus tributos.

Uno irreverente, irrespetuoso, soberbio y agresivo, pero genial. Otro: brillante, virtuoso, elogiado por sus colegas y también por sus propios adversarios, pero dócil y de buen gesto. Tímido y huidizo en toda la dimensión del término. Dos modelos. Dos historias. Dos visiones. Ninguna verdad absoluta.

A pesar de las enormes y quizá insalvables diferencias, ambos comparten varios aspectos. Ser los mejores de su época en el fútbol mundial y de manera inapelable. Los dos nacidos en Argentina, pero con el mayor lucimiento de sus carreras en Europa. Uno campeón del Mundo y el otro, aún no. Un líder y un ídolo.

Discutir la responsabilidad de cualquiera de los dos sobre nuestras frustraciones, sobre las expectativas incumplidas, y abanderar al más joven con el traje del fracaso es peor que injusto. Pero esto no lo exime –tampoco a Maradona- de ser la síntesis de lo que nos ocurre como sociedad.

En lo individual, muy por encima de cualquier promedio. Aplaudidos y admirados en todo el globo. Fuera de nuestro ámbito, lejos de nuestro territorio, y compartiendo con otros, y en instituciones extra nacionales, funcionamiento excelso.

Cuando se trata de integrar un equipo adonde la nación es lo que representan, defeccionan. Defeccionamos. Cuando lo que importa es el todo por sobre la parte, algo falla. Un arbitraje injusto. Un tobillo hinchado. Una actitud mezquina. Una pifia ajena ó marrar su más importante tiro al arco.

La respuesta no la vamos a encontrar ni en lo esotérico, ni el desgarrado llanto innecesario de un chico filmado. Se trata de que cada cual ocupe el rol que se le ha asignado y para el cual está preparado.

Como una mueca irónica de nuestra historia umbilical, nosotros, los argentinos, los que inventamos el colectivo, tenemos serios problemas con lo colectivo. Cuando nos subimos no podemos acordar ni si quiera quien es el que debe conducir y en qué parada nos vamos a detener, y ante la primera curva pronunciada y sin tocar el timbre nos bajamos en la esquina equivocada, sin avisarle al resto del pasaje.

Para conseguir un campeonato y para que el mejor del mundo se consagre, necesariamente debemos aprovechar el enorme espejo retrovisor del ómnibus, reconocernos, acomodarnos y ocupar cada uno el lugar que nos corresponde, sin ocupar el asiento de los ancianos ni simular ser turistas cuando sube una mujer embarazada.

Tenemos con nosotros mismos una deuda colectiva, y tanto en el fútbol como en la vida citadina y rural, tenemos la obligación de circular sin tanta deliberación, hacia una misma dirección. Porque el camino ya está trazado y –efectivamente- el movimiento se demuestra andando.

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