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domingo 14 de agosto de 2016

El terror radiactivo de Hiroshima y Nagasaki

Los devastadores bombardeos atómicos espantaron al mundo, pero 71 años después, un artículo científico defiende que las consecuencias de la radiación a largo plazo fueron exageradas a lo largo de la historia.

El 6 de agosto de 1945 una bomba atómica de uranio enriquecido explotó a una altura de 600 metros sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. La explosión, equivalente a 16.000 toneladas de TNT, creó una onda de calor de unos 300.000 grados centígrados, una potente onda de choque y un estallido de radiación gamma. Los edificios de madera de la ciudad entraron en combustión, y casi todas las personas que estaban dentro de un radio de un kilómetro y medio del centro de la explosión (el hipocentro) murieron inmediatamente. Los potentes incendios que devoraron la ciudad crearon corrientes de aire caliente que elevaron a la atmósfera algunos de los 200 isótopos radiactivos que creó la detonación. El resultado fue una lluvia radiactiva que esparció la contaminación: la llamada «lluvia negra». Con aquella explosión, se cree que murieron unas 100.000 personas. Otras 10.000 lo harían en los dos años siguientes.

Solo tres días después de la explosión de Hiroshima, el 9 de agosto, los Estados Unidos de América detonaron una bomba aún más potente. El blanco primario era la ciudad de Kokura, pero el humo creado por bombardeos anteriores hizo que el avión volara hacia Nagasaki. La segunda bomba, basada en el plutonio, estalló a 500 metros de altura con una potencia equivalente a la de 21.000 toneladas de TNT. En aquella explosión las cifras de víctimas fueron similares. Unas 100.000 en el momento y otras 10.000 en los años posteriores.

En realidad, las cifras de muerte y devastación alcanzadas en Hiroshima y Nagasaki fueron comparables a las de sucesos ocurridos meses antes. Los Aliados, encabezados por Estados Unidos y Gran Bretaña, ya arrasaron ciudades alemanas, causando decenas de miles de muertes (Dresde y Hamburgo) en un solo ataque. Y en Japón, cuando Alemania ya estaba a punto de caer, los bombardeos indiscriminados fueron aún más intensos. Empleándose a fondo en el uso de bombas explosivas e incendiarias, y enviando al cielo cientos de aparatos en cada oleada, los estadounidenses golpearon las principales ciudades japonesas. Por ejemplo, el 9 de marzo un bombardeo de más de tres horas causó 100.000 muertos y un millón de heridos en Tokio. Los días siguientes, las bombas arrasaron Nagoya (11 de marzo), Osaka (13 de marzo) y Kobe (16 de marzo), matando a otros 150.000 ciudadanos y causando un número incalculable de heridos y mutilados.

Pero las bombas convencionales no lograron lo que consiguió el terror nuclear. El 15 de agosto de 1945, tras la explosión de las dos bombas atómicas y mientras Estados Unidos preparaba sus próximos bombardeos nucleares, el Emperador Hiro-Hito anunció la rendición incondicional de Japón, citando el poder destructivo de la bomba atómica: «El enemigo ha lanzado una nueva y cruel bomba, que ha matado a muchos ciudadanos inocentes y cuya capacidad de perjuicio es realmente incalculable. Por eso, si continuamos esta situación la guerra al final no sólo supondrá la aniquilación de la nación japonesa, sino también la destrucción total de la propia civilización humana. Y si esto fuese así, ¿cómo podría proteger a mis súbditos, mis hijos, y cómo podría solicitar el perdón ante los sagrados espíritus de mis antepasados imperiales? Esta es la razón por la que he hecho al gobierno del Imperio aceptar la (rendición)».
La odisea de los supervivientes

Para los supervivientes de las explosiones atómicas, la rendición no hizo más que marcar el comienzo de una nueva odisea. Los muertos fueron víctimas de la onda de choque, de la explosión de calor y de la radiación liberada en el momento de la detonación, que les causó el llamado síndrome de irradiación aguda (ARS). Pero los supervivientes hicieron frente a otras amenazas: aparte de quedar huérfanos, heridos, mutilados y sin hogar, muchos quedaron afectados por la radiación. En primer lugar fueron marcados y rechazados porque se pensaba que la radiación podía ser contagiosa (se les llamaba los Hibakusha), y también se decía que habían quedado condenados a tener una descendencia con malformaciones.

Entre los incontables problemas de salud de los supervivientes, se registró, por ejemplo, un incremento del riesgo de padecer cáncer del 44 por ciento, entre 1958 y 1998, entre aquellos que estuvieron expuestos a unas dosis más altas de radiación (del orden de 1 Gray, 1.000 veces por encima de los límites máximos de seguridad permitidos hoy en día).

¿Pero las consecuencias sobre la salud a largo plazo de la radiación fueron tan graves como se suele pensar? Para Bertrand R. Jordan, investigador en la Universidad Aix-Marsella, no está tan claro: «Hay un enorme salto entre las consecuencias que se cree que hubo y lo que realmente ha sido descubierto por los investigadores».

En un estudio presentado recientemente en la revista «Genetics», una publicación de la Sociedad de Genética de América, el investigador ha resumido 60 años de investigación médica y 100 artículos científicos basados en los análisis hechos a los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki. Un total de 120.000 supervivientes y 77.000 de sus hijos han sido estudiados en estas investigaciones.

«La percepción general es que los supervivientes quedaron gravemente afectados por varios tipos de cáncer, y que su vida se acortó. Es cierto que el cáncer se incrementó en casi un 50 por ciento en las personas que recibieron mayores dosis de radiación, pero también es cierto que la mayoría de los supervivientes no desarrolló cáncer y que su esperanza de vida solo se redujo en meses, como mucho un año», ha escrito el investigador en el estudio.

«Los peores efectos definitivamente fueron un incremento de la tasa de cáncer, superior al 42 por ciento, y una pérdida de esperanza de vida de un año, pero esto solo afectó a la minoría que recibió las dosis más altas de radiación», ha explicado Betrand R. Jordan a ABC.

«También se piensa que hubo nacimientos anormales, malformaciones y extensas mutaciones entre los hijos de los supervivientes irradiados, pero en realidad el seguimiento de 77.000 de estos niños no es capaz de aportar evidencias de este tipo de efectos», prosigue la investigación.

En este sentido, Jordan ha sugerido que esta falta de evidencias justifica la necesidad de hacer análisis genéticos más detallados, y también para pensar que, de haber consecuencias para la salud, los riesgos asociados deben de ser pequeños.

Pero, tal como ha proseguido, esto no es motivo para dejarse llevar por la complacencia sobre los efectos de los accidentes nucleares, ni mucho menos sobre las consecuencias de una guerra nuclear. Tan solo indica, tal como ha dicho, que «hay un gran salto entre los resultados de los estudios científicos y la percepción del público».
Miedo a lo desconocido

«Descubrí que las ideas equivocadas sobre Hiroshima y Nagasaki eran frecuentes incluso entre científicos y genetistas, así que decidí escribir un artículo resumiendo los resultados del RERF», ha recordado el investigador a ABC. Este organismo que menciona, la Fundación para la Investigación de los Efectos de la Radiación, fue fundada por Japón y Estados Unidos en 1975, y desde el principio se basó en los descubrimientos ya hechos por la Comisión de Víctimas de la Bomba Atómica (ABCC), gestionada conjuntamente por Estados Unidos y Japón, y que analizó los daños sobre las víctimas de los ataques nucleares desde 1947. Antes de aquello, el Ejército de los Estados Unidos ya hizo pruebas con las víctimas entre 1945 y 1947, pero los resultados recopilados permanecen clasificados hoy en día.






Fuente: abc.es

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