A Fondo A Fondo
domingo 10 de julio de 2016

El samba y el tango

Semejanzas. Lo que sucede en Brasil con los casos de corrupción tiene un notable parecido con lo que pasa en nuestro país

La acusación a uno de los ex ministros es por haberse quedado con una coima que supera los 8 millones de dólares. La ex presidenta intenta convencer a los senadores que le eran leales para que la sigan apoyando pero no concita más que la atención de 6 o 7 legisladores. La inflación sigue siendo un problema y la pérdida del empleo está al tope de las preocupaciones de los ciudadanos. La autodenominada centro-izquierda dice que este gobierno vino a restaurar el ajuste neoliberal y que en poco tiempo se han perdido los derechos ganados en los últimos años.

Estas afirmaciones no corresponden a la Argentina. Aunque bien podrían serlo. Pisar Brasil implica leer titulares muy similares a los que se viven en nuestras pampas luego de la separación por 6 meses de Dilma Roussef y la llegada de su vicepresidente Michel Temer al palacio de Planalto.

Ayer mismo, el presidente de la Cámara de Diputados se vio forzado a renunciar luego de quedar atrapado en una maraña de hechos de corrupción fenomenal. Lo pintoresco es que Eduardo Cunha, un autodenominado evangélico a ultranza, fue el motor del apartamiento de Rousseff de la presidencia como modo de tratar ocultar que a él mismo le mostraban pruebas de haberse quedado con 5 millones de dólares en el caso "lava jato" que conmueve al Brasil. Uno de los editorialistas más leídos en el diario O Globo pedía que Cunha no sólo dejara la política sino que, en lo posible, abandonara el país. La corrupción está en boca de todos. Un taxista dice que el problema no es que roben sino que no se hayan puesto un límite para el latrocinio. Esta convicción, dicen las encuestas que se publican por todos lados, parece representar a las mayorías.

Río de Janeiro se prepara para recibir a millones de personas que asistirán a los Juegos Olímpicos en poco más de un mes. La ciudad pendula entre las obras de infraestructura que no se hicieron en los últimos 10 años cuando ya se sabía que los cariocas serían la sede de las competencias mundiales y el evidente parate de consumo y de movimiento provocado por la crisis. Algunos hablan de la maldición de esta competencia cada vez que se han celebrado en economías emergentes.
Atenas, es el más claro ejemplo. Otros recuerdan que Buenos Aires fue propuesta para dentro de algunos años.

En Río hay carteles que advierten sobre el zika y el dengue. Se proponen ropas claras, largas y se promueve el uso de repelentes que, claro, aumentaron de precio de manera inexplicable. Los locales, no lo toman demasiado en cuenta. "Ni tiempo para ocuparnos de los mosquitos. Acá la plaga son los grandes animales: los políticos corruptos", dice una diariera que se extraña que la gente siga comprando los periódicos: "Ahí se escribe de los mismos de siempre que están haciendo lo mismo de siempre, robar", explica.

Los extranjeros lucen asustados por la seguridad y la salud. Más allá de las enfermedades transmisibles por los insectos, ahora se ha difundido una información que asegura que algunos cursos de agua fluvial o lagunas están infectados por super bacterias resistentes a los antibióticos producto de la ausencia de cuidados sanitarios en los desagües y desechos hospitalarios. Los cariocas se sonríen ante esta data y prefieren ocuparse de ver cómo conservan su poder adquisitivo. El viernes el real volvió a depreciarse contra el dólar y una unidad americana sirve para quedarse con 3,30 reales. Alguna vez, no hace tanto, se soñaba con el uno a uno. Será por eso que las "avivadas" también suenan en ritmo de samba. Un taxi desde el aeropuerto debería costar unos 70 reales, unos 20 dólares. Dos noruegas cuentan que les cobraron 260 en moneda local y que el taxista les hizo precio.

¿Importan las denuncias de corrupción? La mayor encuestadora del país dice que sí, siempre y cuando esté asociada con la crisis económica. Como en el Río de la Plata, cuesta todavía ver que la ilegalidad en el ejercicio del poder trae necesariamente pobreza.

El relato: la suspensión de Dilma Rousseff generó un debate muy fuerte entre los que hacen crónica de la realidad y los hombres y mujeres de cultura. Bien podría hablarse de una grieta social que tiene semejanzas con la nuestra. Artistas de la talla de Gilberto Gil, Chico Buarque o Zelia Duncan no dejan de decir por donde pueden que Brasil sufrió un golpe de Estado y hasta difundieron un video con una canción que defiende a la heredera de Lula. De paso. El hombre indiscutido de la política por muchos años luce muy aislado y sin aquel apoyo que lo transformó de dirigente sindical en presidente del país. Del otro lado, intelectuales más conservadores sostienen que el populismo del partido de los trabajadores provocó esta crisis inédita en el Brasil.

Una diferencia: no hay 6,7,8 o algo que se le parezca. Claro que hay periodistas que defienden abiertamente al gobierno de Dilma o que lo critican por derecha con crudeza. Pero no parece que la militancia haya abolido el principio de poder sentarse a discutir con los que piensan distinto. Una colega de una radio carioca le pregunta a un conjunto de periodistas argentinos qué es eso de comunicadores que le hacen juicio al Estado por supuesta censura. Alguien intenta contar cómo fue el hecho de que trabajaban para el Estado haciendo propaganda para la gestión a y que dos días antes de terminar un gobierno les renovaron un contrato artístico para que lo heredase quien iba a asumir el 10 de diciembre. Otro intenta contar que durante los años de funciones en el gobierno K jamás se indignaron porque trabajaban "en negro" y nos les hacían los aportes que ahora reclaman. Por fin, alguien atina a decir que cuando el periodismo se confunde con la propaganda se pone en riesgo a la profesión que, claro, no es objetiva pero siempre debe ser rigurosa y respetuosa de los hechos.

Un viejo cronista de un diario de poca tirada pero de gran respeto cuenta, caipirinha de por medio, que luego de 50 años de profesión sólo aprendió un par de cosas. Los periodistas que se envanecen siempre pierden, explica. Los periodistas que se ponen obsecuentes sin racionalidad respecto de lo que cuentan, pierden, agrega. Y, al final asegura casi silabeando, los periodistas que se dicen leales con alguna causa, la traicionan siempre por otra que les rinde más dinero.

Brasil es un gigante al que nos parecemos mucho más de lo que creemos. La vieja aversión cultural, la del fútbol e incluso la diferencia sutil del idioma, no es capaz de esconder en cuánto nos asemejamos y en cuánto nos preanunciamos.
Fuente:

Más Leídas