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domingo 29 de mayo de 2016

El Principito y la Argentina

Macri cree que el lanzamiento del pago a jubilados y el blanqueo de capitales decidirán quiénes lo acompañan y quiénes se oponen

Mauricio Macri está convencido de que ahora empieza el tiempo del ajuste. No se refiere a las tarifas o la devaluación de los precios, que ya han recibido un sacudón lo suficientemente notorio como para que cualquiera de sus ministros más ortodoxos se despida de la idea de nuevos incrementos. Se habla de la política. El presidente cree que el lanzamiento del proyecto de pago a los jubilados (una muy buena medida de justicia social como lo fue la incorporación de monotributistas a las asignaciones) y el blanqueo de capitales, sumado a los proyectos de reducción del IVA y la esperada baja de la inflación decidirán quién en serio acompaña a Cambiemos y quién es la oposición dogmática o preocupada por las elecciones de 2016. Macri cree que el "segundo semestre" ahora empezó.

"Del peronismo duro no esperamos nada. Nos alcanza con que sigan apareciendo sus voces más impresentables como Guillermo Moreno o Aníbal (Fernández) para que nos hagan de memoria emotiva de lo que se votó en contra", dice en reserva uno de los secretarios de estado que diariamente conversa con el titular del ejecutivo. "Ahora queremos ver qué piensa en serio Sergio Massa y el resto de los partidos atomizados como el socialismo santafesino, Stolbizer o los partidos provinciales", agrega.

Macri está muy molesto con el líder del Frente Renovador. "Padece de imprevisibilidad peronista", le habría dicho esta semana al ministro sin cartera Ernesto Sanz. De paso, el mendocino parece que deberá alistarse para asumir en algún cargo en el caso que el 10 de diciembre Macri decida remozar su gabinete. ¿Habrá cambios? En los pasillos de la Rosada, desde el primer día de gobierno, se habla de ministros fusibles. O porque fueron solo pensados para cumplir la tarea ingrata del ajuste o porque sus resultados no fueron los esperados. En el primer lote aparece Juan José Aranguren, el padre del aumento de un saque de las tarifas públicas y el vocero de la más estricta ortodoxia que fue capaz de explicar el incremento de la nafta proponiendo que si se resulta cara, se consuma menos. Ahora bien, entendámonos: el ex Shell piensa eso, es cierto. Pero el que respalda su mirada es el propio Presidente.

Patricia Bullrich sumó una nueva interna a su zarandeado ministerio. El 25 de mayo que pasó le dijo a este cronista que se había detenido a un grupo de presuntos "desestabilizadores" del día patrio munidos de bombas molotov. Sus subordinaros de la policía federal la desmintieron y el propio gobierno de Horacio Rodríguez Larreta dijo que la versión era absurda. ¿Se animaría el ex jefe de gabinete de Macri a semejante idea sin saber que la permanencia de la ex peronista está siendo cuestionada? En el verano la ministra dijo que los tres evadidos de la efedrina estaban recapturados y luego el presidente debió corregirse. ¿Padece de desprecio de las fuerzas uniformadas en forma sistemática? Si a eso se le suma el creciente índice de delitos que golpea la zonas urbanas, con especial énfasis en la provincia de Buenos Aires, el panorama de Bullrich se complica. Rosario está azotada por la delincuencia y los gobiernos socialistas siguen haciendo de cronistas antes que de funcionarios que abordan el tema. Pero al menos se cuentan las estadísticas con bastante verdad. Si se compara con el malsano dibujo que se hace en la provincia gobernada antes por Daniel Scioli (en realidad, debió haberse escrito devastada) y ahora por María Eugenia Vidal se entiende la estigmatización social que se ha hecho sobre la más importante ciudad santafesina.


Ayer y hoy
El actual presidente y su elenco de ministros criticó, con justicia, el blanqueo de capitales lanzado por el gobierno K que hizo nacer los Cedines. ¿Puede ahora con ligereza proponer otro blanqueo bajo la excusa de que servirá para pagarles una deuda histórica a los jubilados? ¿El fin justifica los medios? Elisa Carrió, su aliada en forma de oráculo, ya dijo que no le gustaba y empezó a poner la lupa a los posibles funcionarios que podrían ingresar en esta moratoria. Es que no se puede creer que alguien que aspira a ser administrador público de la legalidad ahora se aproveche de un atajo normativo para confesar que sacó plata argentina al exterior sin declararla.

En idéntica situación se encuentra la declaración de bienes hecha por el presidente Macri que confiesa haber duplicado su patrimonio en 12 meses, tener créditos con uno de los habituales concesionarios de la obra pública y exhibir una cuenta en las Bahamas por 18 millones de pesos. Soslayemos el primer aspecto que siempre tendrá un taparrabos legal basado en la ingeniera financiera que parió tanta bicicleta y atajo especulativo. La pregunta es si se alguien que tiene un verdadero pasado de emprendedor privado con resultados millonarios puede seguir teniendo un activo en un paraíso fiscal cuando ya lleva más de una década como servidor público. ¿Puede pedirle a un jubilado que cobrará su retroactivo que pague impuestos a las ganancias (y deberá hacerlo, se aclara, en un porcentaje cercano al 30) y sostener plata de su patrimonio en las Bahamas? ¿No confía en su propia administración?

Si la respuesta a esto va a ser que los Kirchner se enriquecieron impúdicamente con el poder, que la abogada exitosa de la que no se conocer ni un escrito en una mera información sumaria fue monotributista por mucho tiempo, que la ruta del dinero K estaba asfaltada como no las que se financiaron con los impuestos de todos y tantos y tantos y tantos otros argumentos que demuestran que buena parte del gobierno que pasó fue el de más corrupción de la democracia argentina, Macri estará en problemas. Todo lo que ocurrió en los últimos 12 años tuvo una respuesta clara. La mayoría de los argentinos le dijo no en las elecciones pasadas y derrotó al oficialismo, con lo difícil que eso es habitualmente. Ahora hay que poner en testimonio concreto lo que motivó que muchos votaran a Cambiemos más por descarte que por amor enloquecido.

No es Jaime Durán Barba el modo de explicar lo que sucede. Ya se le parece mucho a Fernando Braga Menéndez, el publicista K que estaba dispuesto a firmar que la lluvia y el viento eran invenciones de Néstor y Cristina. Irrita negando el hambre, acusando a Federico Pinedo de senil o chicaneando al Papa. Parece la continuidad de la soberbia y no el cambio del poder hacer las cosas de otra manera. El ecuatoriano representa a muchos que, inesperadamente, se subieron a las veleidades del poder y creen que son sus dueños y no sus inquilinos transitorios.

Mientras tanto, una parte de la sociedad política juega en este terreno del antagonismo dogmático analizando los gestos del argentino de más trascendencia en el planeta. El presidente sabe que el Papa Francisco no lo tiene entre sus afectos. Es más: le ha dicho a un conjunto reservado de diplomáticos, sin rodeos, "el Papa no me quiere". Su santidad, de inmensa y generosa mirada planetaria, obra en la Argentina con la pequeñez que nos caracteriza como nación. Nombra como funcionaria cercana a sí a la esposa de Guillermo Moreno, conversa con sus compañeros de partido peronista, gesticula bendiciendo a los más acérrimos opositores macristas y sostiene un silencio y una semisonrisa cómplice cuando Hebe de Bonafini le dice en una audiencia, 4 veces más larga que con el presidente actual, que Cambiemos es como la Revolución Libertadora del 55. No estaría de más recordar que darles tanto peso a algunas palabras en una república laica es un retroceso cultural y que, como dijo Saint Exupéry, algunas cosas esenciales son invisibles a los ojos. De todos, incluidos algunos que se presume tienen mirada celestial.
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