A Fondo A Fondo
martes 10 de octubre de 2017

El país más grande del mundo

Así como venimos marrándole al arco, tenemos una certera puntería para fabricar historias teñidas de fantasía y con decorado trágico.

La maldición de ser los mejores del mundo. El imperdonable talento que se traduce en envidia universal. Es tanta la carga de energía adversa que conspira contra nuestro inevitable destino de gloria. Destino que, obviamente, se posterga con tanta maléfica acción de los otros. Otros que no necesariamente son foráneos ni extranjeros. Porque de la misma manera que tenemos el escalón más elevado en el podio reservado siempre para nosotros, el más profundo hueco del averno, nos pertenece también.

Si Dios es argentino, sepamos que el demonio, aunque ande blandiendo otras banderas, también es de por acá.

Árbitros malditos. Pócimas envenenadas. Balones más chicos. Arcos propios amplísimos y áreas rivales esquivas.

La presión. La de la altura, la de los hectopascales. La de los metros sobre el nivel del mar. La que provoca el exceso de sal. Bah. La presión. Siempre en contra. O sea, siempre nociva a los propósitos nacionales. Presión que es buena cuando la padecen rivales, para los rivales; y pésima si nos apropiamos nosotros y la padecemos. Impresionante el tema de la presión. O al menos, es la impresión que solemos dejar de nosotros mismos.

Hoy. Tenía que ser hoy la fecha de definición. Y ¿qué tiene de extraño, hoy?. Extraño nada, al contrario. Fecha propicia para alimentar eso que nos envuelve y nos constituye. Día perfecto para demostrar que somos la más débil y vulnerable víctima, pero que amenaza con transformarse en el héroe sobrenatural y temerario capaz de firmar un documento antes de haber inventado la birome.

Se juega el pasaporte a Rusia. Exactamente mientras se conmemora el centenario del Oktubre rojo. Día de la revolución rusa.

Ya con Lenin postrado en el recuerdo y con Stalin alcanzando la cúspide de los líderes perversos, una Rusia en plena recuperación de su estirpe imperial, podrá ser hospedaje de nuestras genialidades inigualables, o deberá sufrir hasta un próximo mundial la ausencia de lo más granado de la humanidad, o sea, de nosotros, los argentinos.

Si Crimea sí o Crimea no , será una anécdota intrascendente. Si colaboraron en poner un Trump en la Casa Blanca, acaso un dato insustancial.

Lo verdaderamente preocupante para Putín y todo el Kremlin, pero además, para la oposición, para los nostálgicos comunistas, para los nuevos ricos, para los devotos de Chejov y los detractores de la perestroika, para los seguidores de aquél líder de cabeza con mapa incluido Gorbachov, lo importante es lo que pueda ocurrir hoy.

Sí, hoy a cien años de aquél proceso diluido tras la caída del muro, poco importa la hoz, el martillo y el ajedrez. Lo que les quitará el sueño a ellos y al resto del mundo es el resultado de la selección Argentina.

Oíd mortales. Justo hoy ¿creen que es casual?. La selección se juega su pasaje a tierras del autor de El Jugador, y para sumar otro trebejo al tablero, hoy es el aniversario del paso a la inmortalidad de Vicente López y Planes. Cosa de quebrarnos completamente cuando suene nuestro himno. ¿realmente creés que puede ser casual?

Nos tocan todas, dice la señora. Exactamente al revés de lo que suele decir el diez de la selección. No le tocan ni una.

Hay que revisar y explorar. El temor no es infundado y el miedo a que nos hagan pito catalán asusta.

Hay quienes elucubran que la cuestión del plebiscito es nada más que para perturbar la parsimonia del único ser en el mundo que se llama Lionel y le dicen Leo. Paradoja total. Si hay algo difícil es leer lo que va a hacer Leo.

Y hablando de leer, para que vayamos confirmando toda sospecha, hoy, 10 de octubre se recuerda la muerte del escritor más celebrado y quizá menos leído de Mendoza. Hace 31 años fallecía Antonio Di Benedetto. Di Benedetto, con Di separado del resto. Como Di María. Di Benedetto, nada que ver con algún futbolista, aunque sí haya sido autor de Aballay y su personaje más conspicuo lleve por nombre Diego, pero en este caso, de Zama.

He visto gente rezando. Suplicando. He escuchado a periodistas comparando la frustración del cero a cero contra Perú con el desmembramiento de Atahualpa. O sea, nadie se priva de pronunciar su propia insensatez, pero siempre con una dosis argumental que al menos te pone a sospechar de cabeza.

Esta tarde se dirime. No podría haber sido en Uruguay. Tampoco en River y mucho menos en Boca. De ninguna manera emboca en los pronósticos el profeta futbolero, no por falta de idoneidad sino porque hasta el albur es nuestro acérrimo enemigo. La definición también debe tener perfume a exilio.

En el punto geográfico del planeta adonde se divide el Sur y el Norte, la selección argentina busca encontrar su norte, con esa característica porción de cosa dramática, un poco Unamuno un tanto tanguera.

Última oportunidad para lograr un lugar en el mundial de fútbol que se disputará adonde Tolstoi escribió la monumental Guerra y Paz.

Hoy el Ecuador va a indicar el equinoccio del fútbol mundial y tendrá la ocasión de interpretar al cosmos.

Los astros argentinos, los más brillantes y cotizados. Los que emiten más luz que cualquiera, van no en busca del Dorado sino pretendiendo una visa para Rusia

Estrellas, hay. La cuestión es si el resto del universo les permitirá alinearse o no se alienen ante el primer gesto.

Es hoy. Ni mañana ni ayer. En Octubre. El 10. Si, el diez de este mes, sí.

Ya se gastaron los matices, nadie exigirá sutilezas. Todo se resume a la geometría y al tiempo. Rectángulo erecto en el que debe penetrar la esfera empujada intencionalmente por los del conjunto adonde, teóricamente, están los mejores del mundo.

Definición épica. Posibilidad binaria. Pero para no perder la insana costumbre de sentirnos argentinos, quien puede arruinar la pasión es, sí, otro argentino. El hasta hace días olvidado Célico tiene el voucher para nuestra selección.

Célico, que en poesía reemplaza al adjetivo perfecto. Perfecta ocasión la de hoy para saber a qué jugamos.

Sólo hay dos opciones. Regreso al país más grande del mundo, más grande según lo que dicta nuestro debatido ego, o escalón para que el país más grande del mundo, en términos reales de frontera, tenga la fortuna de contemplar la magia que sólo despliega nuestro fútbol.

Qué importa que Brasil, Alemania e Italia tengan más trofeos del mundo. Y qué con que Uruguay empate en torneos. Nosotros somos argentinos, los mejores peores en cualquier momento.

Así es nuestra travesía cotidiana y por qué no el fútbol. Si pierde la selección, juicio y paredón a esos "pecho fríos millonarios y decadentes". Y el consabido "viste, yo te dije".

Pero si la metemos, estoy seguro que ganamos y vamos a ser campeones del mundo. Y no tendremos ningún empacho en decir: Bien los pibes, bien. Pero cómo nos hacen sufrir.

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