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lunes 18 de septiembre de 2017

El hambre que envenena

La intensidad de la charla hizo que desapareciera, al menos de mi memoria, la explicación del porqué el nombre elegido.

Estuvo acá, quizá como anticipo de lo que será el desarrollo de la Asamblea Anual del Banco Interamericano de Desarrollo, Felipe Buitrago Restrepo, co-autor de ese fenómeno, ese libro virtual y físico, ese concepto llamado Economía Naranja.

La palabra naranja envuelve toda una peculiaridad. Según dicen es una de las pocas en las que el adjetivo es el que impone la denominación por sobre el sustantivo. Es por el color que así llamamos al fruto del árbol actualmente conocido como "naranjo".

Filólogos de un lado de la omnipresente grieta atribuyen la palabra "naranja" al sanscrito, y según explican, significa veneno para elefantes debido a una leyenda que indica que, debido a la atractiva forma, al llamativo color y a su sabrosa condición, una veintena de paquidermos consumieron estos cítricos en exceso y perecieron. Como sabemos, la muerte precoz siempre implica una tragedia.

Y si hablamos de naranja y tragedias, nos resulta inevitable evocar "El Banquete" de Aristófanes. De ahí proviene el concepto "media naranja". Y también nos obliga a revisar que la idea de los tres sexos no llegó junto al matrimonio igualitario sino bastante tiempo atrás.

Según cuenta, antes, éramos unas bonitas esferas, así como estos frutos. Dos rostros yuxtapuestos. Cuatro extremidades inferiores, cuatro superiores y dos sexos por cada unidad. En ocasiones varón-varón; en otras mujer-mujer y la tercera: mujer-varón.

La irreverente actitud desafiante que le presentaron a Zeus esos globos cárnicos, movidos y movidas por su indómita vanidad, provocaron el enojo del mandamás de los dioses del Olimpo. En castigo, hizo que se dividieran. Literalmente ordenó a que los partieran en dos.

Luego, al observar que morían de inanición, con una actitud indulgente y benévola, Zeus hizo que giraran sus rostros, enfrentaran sus sexos y de esa manera pudieran volver a completar esa unidad, juntando ambas partes, buscando, tal como indica el concepto "su otra mitad". Método que permitió además, en vez de la multiplicación de los peces y los panes, la réplica y descendencia de la naranja.

La mitología siempre tan útil. En este caso, el reencuentro de ambas partes permitió recuperar la redondez de nuestra historia. Una metáfora sobre el trauma que desnuda el significado de ombligo, momento en que arrojan a la intemperie al ser, tiempo en el que deberá procurarse su propio alimento.

Símbolo de la angustia existencial no solo por la finitud sino por el temor a la soledad. Una manera rotunda de explicar que para la sobrevivencia el requisito imprescindible es eso a lo que llamamos amor. Para quitarle sesgo afectivo, es la cabal demostración que constituir sociedades no es sólo para mitigar pulsiones, sino y principalmente, es la indispensable manera de lograr cualquier empresa.

Lo de la Economía Naranja explica con un poco menos de retórica, lo relevante que resulta lo abstracto y sus consecuencias materiales.

Dos grandes aspectos describen este concepto.

La construcción de ideas, con su debida protección de patentes y derechos intelectuales, en definitiva, los intangibles que le dan volumen a las industrias culturales; y el otro factor: el desarrollo del mundo digital, con todo el arsenal de objetos tecnológicos, plataformas, dispositivos y aparatos que le dan soporte al aporte ideario, y que fomentan la búsqueda por obtenerlos por parte de miles de millones de personas.

Se incluye en todo esto a la gestión cultural, a la invención de juegos electrónicos, al desarrollo de software, a los métodos novedosos de distribución, a la producción de los contenidos para todo tipo de medios y, cómo no, a todo lo concerniente a redes sociales, sus transacciones y a la big data

La insaciable demanda, esa que exige traducir toda forma y mecanismo analógico en bits, en ceros y unos, es lo que le pone el argumento a esta modalidad de la economía actual.

Aunque haya gobiernos y capitales que aún desdeñan la creatividad, que todavía no le otorgan crédito a la generación de cultura, y no advierten que el arte y la comunicación son bienes inherentes al desarrollo económico, es el factor de la economía de mayor crecimiento desde hace dos décadas.

Entender que no siempre pueden ser medidos en kilos y unidades lo que se fabrica es un buen principio. Invertir en fomento para la realización de contenidos propios, que sirvan para satisfacer nuestras propias expectativas y que además, puedan exportarse, es una manera que ya muchos Estados hacen para sacarle el jugo a la parte Naranja de la economía.

Más del seis por ciento del producido en todo el mundo, proviene de estos bienes y servicios, al menos en la economía formal.

Pensemos que seis por ciento es una porción en la actividad económica de nuestra región que supera lo que aportan actividades locales, esas que recurren cíclicamente al préstamo prebendario o al subsidio culposo del Estado.

En definitiva, la Economía Naranja es solvente, sí. Pero no hay que precipitarse junto a su exceso de optimismo. Es tan vital su desarrollo como su carácter complementario. Y acelerar a fondo, como bien lo explicaba Fangio, no garantiza llegar primero, para eso es requisito previo la inteligente planificación y la consideración de muchas variables, algunas de las cuales, estamos lejísimo de poder dominar.

Más de cinco mil millones de personas tienen acceso a tecnologías que usan y distribuyen bienes y servicios de esta naturaleza; por esto, por el crecimiento sostenido y la tendencia que suena irrefrenable, se atrevieron a decir que la posibilidad es infinita.

No sonaría a exageración si no fuese que el último informe de la FAO, el área de Naciones Unidas que se ocupa del tema de la agricultura y la alimentación, ese derecho tan primitivo y esencial, señala que después de más de una década de números favorables, hubo una retracción.

Nuevamente el 11% de la población del mundo, más de 800 millones de habitantes, no come lo suficiente para vivir. Y aunque quisiéramos que eso fuese un dato lejano, el número para los países de Latinoamérica y del Caribe, supera los 42 millones, o sea, un número muy parecido al de la población total de la Argentina.

Si acaso no por solidaridad, al menos por temor a promover un espíritu de "naranja mecánica grupal" sería oportuno que ya, sin dilaciones ni explicaciones bizantinas, los Estados en condición de hacerlo, presten auxilio alimenticio, de tal modo que no haya ni un solo humano desnutrido, ni una mujer ni un hombre con hambre. La capacidad en producción de alimentos, como sabemos, es superior a la posibilidad de nutrir a todos y cada uno de los animales que nos jactamos de racionales.

La impiedad y la indolencia, a esta altura de la historia, merecen una reversión inmediata, para lo cual además de la creatividad, es indispensable un gajo de sensibilidad.

Con repudiar no alcanza. Ya no se puede exprimir más la debilidad. Es un deber ético, una obligación moral

Por más entretenido y sabroso que resulte, el consumo en exceso y la conducta irracional, puede conducirnos al mismo destino que a aquellos elefantes.

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