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martes 19 de abril de 2016

El eterno retorno de Adolfo Bioy Casares

Una nueva biografía sobre uno de los más celebrados autores de la literatura fantástica universal sale a la luz. Esta vez fue escrita por Silvia Renée Arias, quien aquí explica por qué el escritor no dejó nunca de ser Adolfito

En Bioygrafía. Vida y obra de Adolfo Bioy Casares, la escritora Silvia Renée Arias hilvana una multiplicidad de voces que ponen al descubierto a uno de los más destacados autores de la literatura fantástica universal, como su amistad con Borges, su amor por Silvina Ocampo, así como su manera de concebir la felicidad a través de la escritura.
"De acuerdo, nadie me quita lo bailado, pero ¿quién me lo devuelve?". La frase de Bioy que precede el texto muestra "el sentido del humor del escritor", con el cual Arias espera que "esta biografía le devuelva de cierta manera esa vida".
"Traté de darle una tensión novelística, la historia de un hombre que bien podría ser imaginario, el relato cronológico surgió por la necesidad de ordenar todo el material: el diario que llevó desde 1947, las entrevistas, los testimonios de sus amigos, los libros sobre él... sentí cómo se potenciaban muchos aspectos, de qué forma se confundía su vida con su obra", señala la autora de Bioy en privado y Los Bioy, además de esta nueva biografía publicada por Tusquets.

–¿Cuál es la primera imagen que tenés de Adolfo Bioy Casares?
–Siempre fue Adolfito, una persona que nació en una elevada posición social, que tuvo una educación muy rigurosa, cuya madre –Marta Casares Lynch– le habla de estoicismo. La madre fue una figura importantísima en su vida tanto como Silvina, no es casual que entre ellas fueran muy amigas. Jugaron las dos un papel importante. Con dos figuras tan fuertes no podés con muchas mujeres, sacando su vínculo amoroso con la mexicana Elena Garro las demás naturalmente se desdibujaron. La gran amiga de Bioy fue Vlady Kociancich, es una de las pocas personas que se salvan en su libro Borges. Vlady era intocable, se reían de las mismas cosas y disfrutaban mucho de sus charlas literarias.

–¿Qué podrías agregar a lo mucho que se ha dicho de la relación entre "Adolfito" y Silvina?
–Fue alguien muy especial, cuando la conoció él quedo fascinado con el mundo de creación en que vivía, se sentía atraído por su inteligencia. Compartieron juntos únicamente la escritura de Los que aman, odian. Hace poco pensaba que Silvina le ponía fantasía a la realidad, en cambio Bioy veía la realidad como una fantasía. En la novela Dormir al sol es donde mejor se refleja Silvina, el personaje de Diana es ella. No hay una descripción de Diana que no corresponda a su mujer en la vida real. Creo que por eso Bioy quería tanto ese libro.

–Sobre la amistad de Borges y de Bioy se dibuja en la biografía el peso que siente Bioy en determinados momentos, la mirada de los otros nunca está puesta en su obra, sino en la de su amigo...
–Exactamente, me parece que hay en Borges mucho más de la vida de Bioy que de la de Borges, podés ver todo: la mezquindad, la erudición, la inteligencia: sí lo querés ver a Adolfito desnudo cuando habla de su amigo, lo ves. Y en ese libro es donde aparecen los celos de Bioy, muy naturales, lo que no significaba que no lo quisiera muchísimo. Nunca se sintió menos que Borges, son dos obras diferentes, aunque coincidan en algunos puntos.

–Cuando describís el espejo veneciano de la madre, ¿marcás lo que será uno de los ejes centrales de su obra?
–Sí, el internarse en el espejo, los mundos paralelos, el doble, la repetición, las mujeres y sus réplicas: es La invención de Morel una historia de amor perfecta según apuntó Borges en el prólogo.

–Es interesante ver cómo se articula en su obra lo fantástico con los hechos cotidianos, la sencillez de su escritura...
–Con esa aparente sencillez con que se expresa Bioy, pero la llaneza en el escribir la obtiene después de batallar contra un torrente de textos que fueron sus primeros libros. Lo logra con La invención de Morel, a través de frases cortas, un estilo muy apreciado y que continuó en el tiempo. Lo utiliza con el inventor (La invención de Morel), sigue el narrador (El sueño de los héroes) y luego hay una etapa donde surge el escritor satírico y a partir de los '90 Bioy ya no pretende que el suceso fantástico sea creíble, todo lo contrario. Su costado satírico se ve muy bien en Bajo el agua, un cuento desopilante y muy divertido.

–Un aspecto que irrumpe en la biografía es la manera de vivir de Bioy, como una cierta ligereza, ¿tuviste esa percepción?
–Sí, eso está ligado a la conciencia que tiene de la brevedad de la vida, él dice que nunca alcanzó su madurez, a los 80 años seguía siendo en su interior un adolescente. Todo el tiempo manifestaba esa alegría de vivir. Nunca dejó de ser Adolfito, cuando escribió La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985) tenía más de 70 años y a pesar de la tristeza por los hechos que vivió en los últimos años no dejó de celebrar la vida, él quería ser inmortal.

–¿Qué te parece novedoso en este libro? ¿Descubriste algo más de Bioy?
–Lo que veo con claridad es su compulsión por escribir, por leer, el impulso por la aventura intelectual. Él solo quería tiempo para inventar historias y nada más.

Agencia Télam
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