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domingo 03 de julio de 2016

El escultor argentino que llevó obras de adictos en recuperación al Vaticano

El descarte industrial se hizo escultura. Desechos de metal de Argentina convertidos en esculturas reposan en el Vaticano gracias una decena de jóvenes adictos

El descarte industrial se hizo escultura. Desechos de metal de Argentina convertidos en esculturas reposan en el Vaticano gracias una decena de jóvenes adictos en recuperación guiados por el escultor Alejandro Marmo, quien hoy continúa su labor desde un taller rodeado de fábricas.

Cuando aquellos jóvenes, que jamás habían puesto un pie fuera de la periferia de la ciudad de Buenos Aires, llegaron a Roma, nunca imaginaron que sería el papa Francisco en persona quien bendijera un Cristo Obrero y una Virgen de Luján -patrona de Argentina- de cuatro metros y medio que construyeron con sus propias manos y que desde 2014 se encuentran en los jardines de los Museos Vaticanos.

En cambio, para Marmo, cuyo arte ya había dejado su impronta por lugares como el MuseumsQuartier de Viena y la Universidad Autónoma de Madrid, la sensación fue la de la alegría de reencontrarse con un viejo conocido.

Cuando el Sumo Pontífice todavía era Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, recibía al artista en su despacho para tener largas charlas acerca del "arte, la belleza, la poesía y la fe".

"Todo comenzó como una relación entre un trabajador del arte y un cura distinto. Buscábamos intuitivamente lo mismo: él tenía una imaginación corporizada de lo que era la belleza desde la fe, y yo desde el arte. Fusionamos esas fuerzas e intentamos componer una suerte de evangelización entre las dos partes", explicó en diálogo con Efe.

Los primeros pasos fueron con la construcción de un Cristo Obrero, emplazado en Villa Soldati, un barrio al sur de la ciudad Buenos Aires, que recibió un 1 de mayo un Jesús de materiales fabriles crucificado en dos tablas de madera rústica.

"Él (Bergoglio) visitaba el taller y hablaba con los trabajadores (que hicieron ese Jesús) que participaban del proyecto. En ese entonces coincidíamos en lo importante que era construir un polo opuesto a la cultura de descarte del mundo moderno", rememoró.

La génesis de aquella fascinación por utilizar material de desecho, asegura el escultor, se encuentra en sus orígenes: su padre, un inmigrante italiano, se ganó la vida como obrero en el nuevo mundo.

En la Argentina de los 90, impregnada de neoliberalismo, él se sentía parte de un colectivo de "rezagados sociales".

"La asimetría de ese momento también generaba desigualdad económica y espiritual. Pensé en unir toda esa diversidad con trabajos donde participaran distintos sectores en una construcción de esperanza, de un sentido común", explicó.

Desde entonces, en sus proyectos participan las manos de obreros, jubilados y hasta niños.

El cenit de esa búsqueda de intersecciones entre la periferia y el centro tuvo lugar el 1 de mayo de este año, cuando inauguró el Centro Cultural Arte en las Fábricas, emplazado en el Parque Industrial de Pilar (a unos 60 kilómetros de Buenos Aires), rodeado de 194 factorías.

Lo estético y lo fabril se entremezclan en capacitaciones a obreros y vecinos de la zona.

A su vez, Marmo se apropia del rezago de las fábricas: "Lo tomo como energía histórica, porque esos materiales pasaron por las manos de los trabajadores. Todo eso queda impregnado y para mí es importante", detalla.

Los rastros del artista también se pueden hallar en el centro de la capital argentina: sus representaciones de la ex primera dama Eva Perón y de Carlos Mugica, uno de los referentes del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, se lucen en edificios y en la vereda de la avenida 9 de Julio de Buenos Aires.

Sus obras expuestas en el "centro" del mundo, desde el Vaticano hasta Tokio, le dieron el reconocimiento internacional que ansían tantos artistas.

Pero el "escultor de los trabajadores" asegura que si hay algo que aprendió de Francisco es a no perder la humildad y a volver a sus orígenes.

"El Vaticano es un espacio muy visible, pero no el más importante", afirma, convencido de que su meta final no se encuentra en los museos sino en regresar a trabajar con los excluidos de aquel sistema contra el que una vez quiso protestar.

"Encontré que allí uno tiene un guión que le indica cómo sentir y cómo ordenar lo que ve. En cambio, en la periferia, el arte es sanguíneo", concluye, y continúa con la imaginación del próximo icono obrero de la fe.
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