A Fondo - Daniel Carniello Daniel Carniello
viernes 06 de mayo de 2016

El acto fallido en el Jury

El ciudadano común se sorprende con los casos judiciales que retratan los medios masivos de comunicación. No termina de entender las detenciones, las demoras en proceder, el reparto de absoluciones por duda y la cantidad de años de condena. Nuestros procesos judiciales y magistrados no contribuyen a clarificar la confusión de la opinión pública; tampoco nosotros, los abogados.

Los primeros porque honran cada día al viejo Gutenberg, con procesos penales que avanzan "de la mano" de la palabra escrita, artesanalmente cosida para que no se escape, como fetiche que retiene la justicia. En ese mamotreto (llamado así por culpa del tiempo de la escritura) la oralidad fue relegada a tartamudeo por etapa procesal. ¡Y pensar que hubo un tiempo que Mendoza intentó técnicas de oralidad y ensayó un jurado popular para quitar algo de confusión!

Los actores de ese teatro (tarta) mudo, se siguen refugiando -a veces explícitamente- en el viejo aforismo napoleónico: sólo hablamos a través de la sentencia, otro modo de culto al papel y al jeroglífico, inconsciente del suicidio institucional que la máxima entraña, sintomáticamente disparada por un poder imperial que deseaba la sumisión de los jueces.

Nosotros, los abogados, hablamos todo el día como aquellos incautos que salen a la calle o caminan varias cuadras convencidos de que la movilidad, por sí sola, es sinónimo de praxis social o política.

La novedad ahora es el Jury, un tribunal de enjuiciamiento formado por 21 miembros, divididos en forma proporcional entre supremos, diputados y senadores. Una catarata de estos especiales tribunales de enjuiciamiento ha acaparado la atención de los medios de comunicación, pero el ciudadano común sigue tan o más confundido que antes.

El jueves 5 de mayo, al mediodía, un miembro político del Jury apareció por un canal de televisión explicando las decisiones que se acababan de tomar en los casos del Fiscal Daniel Carniello y las juezas Adriana Rodríguez y María Lizán. Como integrante del bloque partidario que se había opuesto a la decisión mayoritaria de desestimar la acusación, el vocero incurrió en un acto fallido o lapsus linguae.

Al comenzar a hablar dijo Perdi... (mos) pero advertido de la traición de su inconsciente, interrumpió la palabra y la cambió por Pedimos, en lugar de la primigenia Perdimos.

Desde la Psicopatología de la vida cotidiana de Freud y pasando cinco décadas después por Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis de Lacan, se vienen realizando profundos estudios en Europa y Estados Unidos sobre la falsedad o inconsistencia de las declaraciones a partir de actos fallidos como el aquí cometido. Hay acuerdo en considerar estos deslices verbales no como meros tropiezos de la lengua o producto del cansancio sino, antes bien, como un discurso logrado.

El Perdimos en boca de un juez integrante del Tribunal de Enjuiciamiento revela el sentir de un enfrentamiento, ajeno por completo a la función imparcial y desapasionada de administrar justicia. El sentido de ese lapsus se torna más evidente cuando proviene de un miembro de un bloque partidario que, sintomáticamente, se comportó de manera mimética, frente al comportamiento unánime del partido opositor. En este escenario, el acto fallido del vocero es una "verdadera significación" (Freud), un síntoma inequívoco del "partido" que se jugó durante la deliberación.

La Suprema Corte de Justicia no falló por unanimidad. Por este hecho y por tratarse de técnicos acostumbrados a descifrar mamotretos, incluso en cataratas como impone la moda del Jury, el ciudadano común puede intuir que triunfó la racionalidad en la discusión.

Triunfo de la razón, a pesar del pre-juicio colectivo que develó el acto fallido.

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