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domingo 07 de agosto de 2016

"Después de tanta narrativa tuve la necesidad de volver a la poesía"

La autora mendocina Fernanda García Lao acaba de publicar Carnívora, su primer poemario, en el que mantiene como guía la revelación del lenguaje para "abandonar la calle principal y perderse con estrategia", dice

Carnívora, primer poemario de la autora mendocina Fernanda García Lao, está compuesto por una serie de poemas que se sumergen en el interior del cuerpo para viajar, con intensidad, hacia emociones violentas, formas de la sexualidad, sueños monstruosos y agudas reflexiones sostenidas por una voz que se mira a sí misma para ver un mundo en constante transformación.

"Abrir un libro de poemas de Fernanda García Lao es como meterse en un laboratorio de la lengua", dice el escritor Hernán Ronsino en el prólogo del poemario publicado por la Editorial de la Universidad de La Plata (Edulp). Y, luego, sostiene que en Carnívora el cuerpo "será entonces el territorio sobre el cual la lengua se desplace como un ejército sediento, voraz, animal".

García Lao (Mendoza, 1966), seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011 como uno de "los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana", es autora de las novelas Muerta de hambre, La perfecta otra cosa, La piel dura, Vagabundas y Fuera de la jaula, así como del libro de cuentos Cómo usar un cuchillo. Además escribió, junto con Guillermo Saccomanno, el libro Amor invertido.

En diálogo con la agencia Télam, la escritora habló sobre el origen, la forma y la construcción de su primer poemario.

"El cuerpo es el primer mapa que tenemos. A partir de ahí entendemos el mundo. No es un traje que llevamos puesto. El cerebro, como órgano de entendimiento, está sobrevalorado. Yo me relaciono físicamente con las ideas", considera.

–¿Cómo nació este poemario? ¿Hubo un proyecto de libro o los poemas le fueron dando la forma?
–La verdad es que los principios se me difuminan siempre. Creo recordar que el poema que dio origen a Carnívora fue uno que dice: "Ahí voy de nuevo/ a sumergirme en ese lago/en el que habita/ mi ser intermitente". Es el recuerdo de ese estado lo que tengo. Un estado con escafandra incluida. La escritura como inmersión. No puedo entender la poesía con la cabeza afuera. Después de tanta narrativa tuve la necesidad de volver a la poesía. Que es como volver a uno. Pero no le di entidad hasta que fueron varios poemas. Ya no eran disparos sueltos, se estaba armando una guerra. Yo pólvora, víctima y victimario. Otra cosa absurda que me pasó es que arranqué el libro sin comer carne. Cada tanto, abandono la masticación de mamíferos. Pero me agarró una anemia tremenda. Y tuve que comer. Hacerme cargo de que esas muertes me hacían bien. De que vivimos a costa de otros. Entonces, en un intento frustrado por justificarme, el libro pasó a llamarse "Carnívora por necesidad". Duró poco. Afortunadamente, Facundo Abalo, el editor de Edulp, me sugirió regresar al título original.

–A través de la lectura, el cuerpo se convierte en una especie de teatro del mundo: un escenario donde se suceden diversas batallas, desde las íntimas hasta las sociales, dando cuenta de la presencia o ausencia de un otro...
–El cuerpo es el primer mapa que tenemos. A partir de ahí entendemos el mundo. No es un traje que llevamos puesto. El cerebro, como órgano de entendimiento, está sobrevalorado. Yo me relaciono físicamente con las ideas. Aparecieron así para mí. Ya de muy chica me había llamado mucho la atención eso de que "el Verbo se hizo Carne". ¿Qué es eso? Me parecía una cosa inquietante y oscura. Recuerdo una de mis primeras visitas con el colegio al Museo del Prado. Quedarme paralizada frente a las pinturas negras de Goya. Sobre todo aquella de Saturno devorando a un hijo. Un hijo. Uno cualquiera. Una monstruosidad enmarcada que mis compañeros pasaban de largo. Mi cosmogonía está hecha de cuerpos. Las palabras también. Son como animales hambrientos.

–Hay una insistencia: la imagen de la cama como lugar sexual pero también onírico, reflexivo y de transformación continua...
–Claro. Desde el parto hasta el foso, es el lugar que más visitamos. Además tengo unos sueños muy brutales, llenos de bichos y experiencias perturbadoras, que sin embargo no considero pesadillas. No me asustan, me completan. Además, te digo, casi todos estos poemas me asaltaron en la cama. Antes o después de dormir. En la mesa de luz tengo mi libretita de atrocidades nocturnas.

–¿Abordás de manera diferente la escritura poética que la narrativa o es parte de un mismo proceso?
–Es sutilmente distinto. Yo puedo forzar a la narrativa con mucha naturalidad. Decido cuándo y cómo, puedo corregir varias cosas a la vez. Enseguida la voz de los demás, los ritmos que construyo, las tramas, se hacen tan potentes que casi no me necesitan. Con la poesía no puedo ir tan rápido. Siento que construyo una miniatura que necesita un pulmón, uno diminuto que requiere de todo mi entendimiento. Pero en ambos casos, lo que me guía es la revelación del lenguaje. Es lo que intento hacer, no sé si me sale. Voy contra lo que sé.

–¿Cuál fue tu primer contacto con la poesía? ¿Qué autores te marcaron?
–Mi primer contacto debe haber sido en la escuela, en Madrid (España). En la primaria. De la mano de Góngora y Quevedo. Y claro, mis primeros intentos, a eso de los 12, se debatían entre el exceso de retórica de uno y la irreverencia cómica del otro. O sea, un desastre. Cuando apareció Santa Teresa los desbancó a ambos. Su pulsión erótico-mística fue toda una revelación. De ahí salté a Apollinaire, a Baudelaire, a Rimbaud.

–¿Creés que se puede pensar en una función de la poesía?
–Sí, claro. Su función es el desvío. Abandonar la calle principal del lenguaje, tan gastada. Y perderse con estrategia.

–¿Qué es lo que te parece que hace a un poema valioso?
–Para mí, un poema es como una adivinación. Un acto en los límites del lenguaje. Pero además tiene que hablarme al oído. Es como una conversación nocturna, el tren en movimiento. Cada tanto ves la luz de las estaciones. Y volvés a la oscuridad.

–¿Qué autores destacás de la poesía contemporánea?
–Ted Hughes, Vasko Popa, Joyce Mansour, Mina Loy, Miguel Ángel Bustos. Sí, ya sé. Están muertos. Pero tan vivos, que asustan.
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