A Fondo A Fondo
lunes 09 de octubre de 2017

Demasiado parecidos

Aún se discute el linaje del navegante al que elegimos como punto de inflexión en nuestra historia continental.

Este último domingo, sobre una blanca pared y con aerosol rojo vibrante, pintaron una leyenda que dice "no vamos a tolerar el odio". No fue en Guaymallén, ni en la Matanza. El muro está en una avenida de la bella y moderna Manhattan, Nueva York, adonde cada año se congregan más de 30 mil personas que desfilan, cada grupo, exhibiendo sus coloridas banderas de los distintos países americanos. Del centro y del sur, también.

La contramarcha. Ciudadanos de la hermosa San Francisco, de la hollywoodense Los Ángeles, pero también de Texas, de Ohio tanto como los de por acá, de Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay y en ocasiones también de Argentina y Chile, se manifiestan para que ese festejo adquiera un sentido distinto. Celebrar la vida, sí, pero también la de los que pudieron zafar de la esclavitud y del genocidio, según esta visión.

Sé que fastidia a muchos. Y no haremos ningún esfuerzo para alterar eso. Referirnos a ese suceso histórico como descubrimiento es al menos sesgado.

Para descubrir debió haber algún velo que ocultaba algo. Algo cubierto, tapado. Incierto. Noticioso. Y lo hubo, pero para quienes hablaban la lengua que hablamos hoy, aquí. Las Antillas, el Caribe, se interpusieron en su giro hacia el Asia.

Los que habitaban Guanaháni seguramente descubrieron que unas modernas y extrañas naves a velas llegaban a perturbar su orden. A modificar sus creencias. A imponer su sexo. A imprimir con violencia su adn. Y eso, más allá de los perjuicios, de los daños, de las muertes, es la argamasa que constituye nuestra cultura. Aunque nos pese, aunque duela. Como suele ocurrir cada vez que nos aproximamos al fulgor que ofrece la verdad. Encandila hasta que se atenúa el impacto lumínico y comienza a alumbrar.

Viernes, 12 de octubre. Cristóbal Colón y parte de su tripulación pisan tierras en las actuales Bahamas. Ya pasaron 525 años de aquél avistamiento y posterior aterrizaje.

Quinientos veinticinco. Capicúa. Palíndromo numérico que ni siquiera nos permite confirmar si Cristóbal era el almirante obsesivo o acaso Cristóforo el Judío , que cumplía deseos imperiales ante Fernando e Isabel, aquellos católicos reyes de la inquisición, pareja que no se destacó precisamente como auspiciantes de los desobedientes. Y que expulsaba a aquellos que no se convertían.

Probablemente la distancia temporal es lo que le otorgue glamour a la historia. O la posibilidad de contar con muchas versiones. Y elegir de entre esas versiones es lo que nos aproxima a revivirlas, a interpretarlas, a sumergirnos en esas vivencias, desde la quietud imperturbable del presente.

Pero como lo que más ocupa es el presente, por su cercanía con el amenazante futuro, es que debemos concentrarnos en el aquí.

En estas latitudes australes, se celebrarán, diez días después del recordatorio del ex día de la raza y actual día del encuentro de culturas, elecciones legislativas. Intrascendentes o no dependerá de nosotros y de los intérpretes de la historia.

Pronóstico de hitos, cero. Aportes de osadía, escasos. Propaganda y publicidad, abundante. De acceso gratuito en algunos casos, pagos en la mayoría y compulsivos para cualquiera que no habite encerrado en un cuarto oscurecido, insonorizado, y sin ningún, ningún contacto con la tecnología, con los medios ni con esa rutilante proliferación de redes. Ah. Y con puerta de acceso que no dé a la calle de un barrio cualquiera, para que le filtren por la hendija una papeleta repleta de fotos inermes.

La oferta política telúrica es tan previsible y repetitiva como nuestra propia observación y crítica. Escucho con frecuencia decir: "siempre lo mismo", con tono de queja y crítica severa. Como si fuésemos adversarios de que las rutinas o –peor- como si tuviésemos una intensa vocación de incidir en lo público. Y nos implicáramos con fruición en cada exposición y participáramos de cada debate

Una investigación que aseguran fue bien urdida y es muestra representativa de las expectativas de los argentinos, pone en cifras nuestras frustraciones frente a los poderes y las instituciones. No se salva nadie

Sindicatos, Justicia, Congreso, poder ejecutivo. Organismos de control. Fuerzas de seguridad. Pero también la iglesia y –cuando no- los medios.

Ni bien giramos la página del informe y nos inmiscuimos en algún muro o en alguna cuenta de algunas de las muchas redes sociales, advertimos de inmediato por donde pasa lo que pasa.

Denuncias de asuntos que nunca ocurrieron. Pedidos de sangre de pacientes que jamás la necesitaron, porque no siquiera estuvieron hospitalizados. Cadenas de petitorios para bebés que precisan de complejas operaciones, carísimos medicamentos o prolongados tratamientos, que cuando nos dedicamos a verificar o profundizar al respecto, detectamos ahí, al instante, que es falso el pedido, que no hay bebé, ni patología, ni pedido.

Tampoco es nuevo confundir periodismo e información con literatura, con invención elucubrada. Ni estamos re-editando la historia universal de la infamia. Pero transitamos por un momento y un lugar que se torna tan riesgoso actuar por reflejo como seguir jugando a la pelota en medio de la calle adonde cada vez hay más vehículos, y ya menos pibes dicen rápido y con énfasis :"yo soy Messi"

Sonará reiterativo. Y convengamos que lo reiterativo no es necesariamente incómodo. Tenemos la ocasión de pensar en elegir y de elegir pensar. Pensar debería ser un ejercicio agradable y podría otorgarnos algún atisbo de certidumbre, mientras Colón continúa su viaje póstumo montado en su propia estatua, y la fauna autóctona desplaza a las figuras de nuestra historia política en el frente de nuestra moneda.

A escasos días de elegir, tirar la moneda nunca ha sido la mejor opción. Por más devaluada que juzguemos la propuesta de los partidos, más partidos que reunidos, hoy nos representan.

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