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martes 13 de septiembre de 2016

Decir el mundo

Un viaje tiene un antes, un durante y un después

Un viaje tiene un antes, un durante y un después. En Teoría del viaje el filósofo Michel Onfray se encarga de deconstruir cada una de esas etapas reflexionando con su experimentada mirada, siempre a favor del disfrute, qué implica abrir la puerta y salir al mundo. Y poner el cuerpo en tal periplo.

Para despegar, hace una necesaria división entre sedentarios y nómadas, para concluir que por lejos es preferible estar en movimiento y autoconocerse.

El autor de Tratado de ateología sostiene que "viajar supone rechazar el empleo del tiempo laborioso de la civilización en beneficio del ocio inventivo y feliz. El arte del viaje induce a una ética lúdica".

En ese degustar paso a paso el camino a seguir, Onfray plantea estaciones esenciales como "querer el viaje", "eligir un destino", "aumentar el deseo", "atrapar la memoria", "decir el mundo" y "plantearse una continuación".

"Viajar supone el desajuste de los sentidos, y luego su reactivación en el verbo", porque para este pensador al viaje hay que ponerlo en palabras, bajarlo a tierra.

Hay tal flujo de información en el trayecto que la memoria requiere de un plus de herramientas para almacenar en el "depósito mnemónico" una experiencia tan movilizante.

Desde el vamos queda claro, no es lo mismo el viajero que el turista: "El primero separa, el segundo compara. Se distinguen radicalmente, se oponen definitivamente".

Por el impacto y fuente de autoconocimiento que representa el desplazamiento, Onfray sostiene que "uno mismo es el gran asunto del viaje".

Para quien aún batalla contra su propio sedentarismo, el nómada Onfray le deja abierta la puerta principal: "Todos los destinos se han hecho posibles: cuestión de tiempo".


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