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martes 12 de abril de 2016

Cuestionar el acoso callejero es un piropo al alma

Las experiencias se multiplican por miles y, contadas en perspectiva, a modo de anécdota, hasta pueden provocar risa. Pero el acoso callejero que las mujeres sufrimos en la vía pública es un tema delicado, que se pone en valor para esta época del año porque abril ha sido elegido a nivel mundial como el mes en el que se aprovecha para crear conciencia sobre la problemática.

El hecho de que un hombre o grupo de hombres le susurre o vocifere a una o más mujeres palabras o frases de contenido sexual o eleven la afrenta al insulto, el contacto físico "de prepo", la persecución o el exhibicionismo son conductas que se naturalizaron durante años.

En "mi época", que un tipo te tocara la cola cuando estabas parada mirando una vidriera o se acercara hasta rozarte cuando ibas al colegio en colectivo eran situaciones cuasi cotidianas que se bancaban en silencio y hasta con vergüenza. Y si mientras paseabas te transformabas en el blanco de expresiones soeces sobre tu cuerpo, simplemente seguías tu camino esperando que nadie más hubiera escuchado el listado de barbaridades.

Obviamente, esto no ha dejado de pasar. Pero reconforta notar que de a poco empieza a germinar una especie de tolerancia cero frente a estas agresiones. Porque eso es lo que son, aunque algunos desinformados intenten catalogar al asunto como un "cepo al cortejo".

Los especialistas entienden que la línea entre un cumplido y un ataque es demasiado fina y otros, incluso, sostienen que no hay que aceptar ni uno ni otro, porque dependiendo del contexto, del emisor y de la receptora, pueden resultar igual de intimidatorios.

La coordinadora nacional de Mumala, Raquel Vivanco, alertó por estas horas de que, según una reciente encuesta realizada a 206 mujeres mayores de 16 años en la Ciudad de Buenos Aires, el 100% de las encuestadas manifestó haber sufrido algún tipo de acoso callejero. ¡Todas y cada una! Aunque también explicó que el bombardeo empieza mucho antes, desde los 9 años aproximadamente.

Imaginen por un momento a sus hijas, sobrinas, nietas o vecinas que en cuarto de la primaria –porque a ese grado asisten las nenas de 9– siendo las destinatarias de un bocinazo mientras cruzan la senda peatonal, de un mensaje sexual explícito proferido por parte de un señor de voz gruesa que, asomado a la ventanilla, pasa en su auto por la puerta de sus casas o de un manoseo mientras juegan en la plaza.

Es furia lo que desata la sola imagen. Multiplique esas hostiles escenas por los años venideros de esas féminas y entonces, sí, se logra comprender que como sociedad merecemos anunciar "hasta acá llegamos" o "Nada para celebrar, mucho para cambiar", que es el lema de la campaña mendocina lanzada por la Dirección de Género y Diversidad para luchar contra este tipo de violencia.

No festejemos ni aplaudamos, entonces. Pero insisto: el hecho de que se pueda debatir sobre el asunto desde una perspectiva de derechos y de relaciones de igualdad y respeto es un gran avance.

De niña, o de adolescente, jamás escuché palabras tranquilizadoras que le dieran un marco a lo que intuía, sólo intuía, era un avasallamiento. Que hoy, desde los medios de comunicación, en las escuelas, en los centros comunitarios o en las charlas informales, surjan cuestionamientos sólidos hacia los hombres que en la calle les dicen o les hacen lo que quieren a las mujeres, y que algunos países –incluido el nuestro– se estén debatiendo leyes para penar esa acción es un piropo para el alma.
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